Oposición de rodillas

Por Venezuela Real - 20 de Junio, 2006, 10:28, Categoría: Política Nacional

Ramón Piñango
El Nacional - Jueves 15 de Junio de 2006


De rodillas, por el desánimo, la desesperanza y un  sentimiento de derrota antes de comenzar la batalla... por cultivar, tanto o más que la propaganda oficial, el mito de que Chávez va a gobernar hasta cuando quiera... por atribuirle a la famosa sala situacional una capacidad de análisis informado, frío, preciso, con una racionalidad superior a la de los más afamados centros de análisis políticos del mundo... por creer, al mismo tiempo, que el magno líder revolucionario sabe usar con suma efectividad la magia negra, gracias al respaldo técnico del más avanzado vudú antillano…por atribuirle una fuerza prodigiosa al precio del petróleo para mantenerse en el poder... por estar convencida de que la ineficacia del Gobierno para atender las necesidades de la gente y cumplir lo prometido no le hace mella a la popularidad del régimen... por considerar que los escándalos de corrupción no le interesan a la gente...por despreciar el impacto que los desatinos de la política internacional del Gobierno puedan tener en su estabilidad... por  pensar que puede haber revolución sin un gran partido, sin el fervor  revolucionario de un pueblo dispuesto a movilizarse aunque no reciba pago alguno.

Pero, ante todo, la oposición está de rodillas porque unos cuantos de sus líderes sufren de grave disociación entre pensamiento realidad. Veamos algunas evidencias en tal sentido.

Hay líderes opositores convencidos de que el Gobierno puede ser ineficaz, violar las leyes y mentir; pero, aunque controle todos los poderes y trate de mantenerse en el poder a como dé lugar, es posible que lleve a cabo un proceso electoral capaz de desplazarlo. Esos líderes no aceptan la realidad de estar frente a un régimen cuya disposición hegemónica es tan extrema que nada le importan las apariencias, el qué dirán aquí o en el exterior. A quienes así ven las cosas no los estremece que las más prestigiosas instituciones académicas del país sean tratadas con desprecio y cinismo cuando proponen revisar, en forma abierta, clara y rigurosa, el registro electoral para devolverle al país algo de confianza en la democracia.

Hay quien ha dicho que una cosa son las universidades y otra su lucha política; como si la oferta de las universidades respondiese a una veleidad o a un deseo de notoriedad. Una de las tantas maneras en que se manifiesta la destrucción institucional de la nación, por  parte de los actores políticos, es el desprecio por las organizaciones que tienen una trayectoria de servicio y preocupación por la sociedad de la cual forman parte. De la misma manera, los candidatos presidenciales u organizaciones que adoptan como conducta la negociación con el Gobierno para que se cumpla algo de la ley, aunque sea un poquito de la ley, pero no plenamente lo que la legislación establece, están contribuyendo a la destrucción definitiva del Estado de Derecho.

En esa andan unas cuantas personas y organizaciones. La racionalización —la justificación, si se quiere— de tal actitud se teje con argumentos como los siguientes: "Tenemos que ser realistas", "El gobierno tiene el poder", "Hay que hacer política para no destruirnos", "No hay otra salida", "De repente el CNE no está tan controlado por el Gobierno"...

Si lo anterior preocupa, no menos debe preocuparnos que haya quienes insistan en criticar el llamado a la abstención, si no se cumplen las condiciones que garanticen la transparencia, como un acto de irresponsabilidad, como un salto al vacío, como un camino que no conduce a ningún lado. Tales comentarios demuestran, de nuevo, la negación de la realidad. No reconocen lo que es evidente: si no se dan esas condiciones, la gente no va a votar. No puede desconocerse este hecho, a menos que se crea que al electorado puede convencérsele para que asista a depositar su voto  simplemente para demostrar su fuerza; aunque su voto vaya a ser desconocido o, lo que es peor, aunque se viole el secreto del voto. Creer que los ciudadanos de oposición pueden ser convencidos de tal cosa es subestimar al venezolano, o sobrestimar la capacidad de arrastre del liderazgo político.

Ambas cosas, como se decía antiguamente, repugnan a la razón.

La oposición puede ponerse de pié con dignidad y eficacia, siempre y cuando se percate de la realidad en que se encuentra; siempre y cuando no confunda deseos con hechos. Si el liderazgo actual de la oposición no asume su realidad con sinceridad, sin proponerse lo imposible, pero con creatividad para explorar opciones de lucha más allá del electoralismo o el abstencionismo radicales, no podrá andar sino de rodillas, como pagando promesas.





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