Sin vela en el entierro

Por Venezuela Real - 8 de Agosto, 2006, 10:17, Categoría: Prensa Internacional

Raúl Rivero
El Mundo - España
2 de Agosto de 2006

Hugo Chávez se lamenta en Vietnam; Evo Morales saca del poncho sus pañuelos rojos; el presidente chino, Hu Jintao, pone en su ordenador un telegrama triste que le dicta Mao; hay fiestas, desfiles y discursos en Miami; opinan hombres y mujeres en México, Madrid y Buenos Aires. En Cuba nadie dice nada. Hay un silencio más grande que la noche y la televisión oficial saca a un niño que susurra esta frase: "Los médicos lo van a curar. Él es bueno".

Eso es todo. Ahora viene el jarabe tropical de triunfalismo y la canción de las eternidades. Hasta en estos momentos, o más que nunca en una circunstancia como ésta, se hacen evidentes los controles, los hierros, los candados que tienen secuestrado a ese país con sus 11 millones de cubanos.

El traspaso de poderes en la Isla y la repentina gravedad de Fidel Castro provocan reacciones en el mundo entero. Menos en el país que lo ha soportado medio siglo, menos en los hogares donde habitan los que quedan de la familia dividida, menos en los centros de trabajo a donde los trabajadores van por un salario de miseria, menos en las unidades militares donde muchos oficiales y soldados se meten en profundos pensamientos.

Es que el Gobierno es quien controla las velas y ese pueblo no tiene vela en este entierro. En ninguno. Como no tiene nada que ver con ninguna ceremonia social, con ningún acontecimiento, que se relacione con su presente, ni con su porvenir. El pueblo es una sombra que se saca a la calle para que se atemorice y se le ordena entrar después para que suba el miedo. Un bulto sin contornos al que se le miente para que dormite.

¿La oposición pacífica, la prensa independiente, los activistas de Derechos Humanos, los demócratas que han estado de frente, a cara limpia? Rodeados, vigilados, acosados en sus casas, con los teléfonos abiertos a las oficinas de la policía y una brigada paramilitar en guardia por si quieren aventurarse hasta la esquina.

No puede ser creíble tanta paz como no sea forzada. Tanto sosiego sino supiera la gente por haberlo vivido que detrás del discurso de amor a las personas, hay un tanque de guerra.

Como detrás de la obsesión por hacer médicos e inventar maestros en sólo dos semanas, hay un desprecio por la salud y por la educación y una bandera opaca que se enciende con luz artificial cuando se enseña al mundo.

Es cierto, todavía en estas horas han podido mantener el secretismo. Los misterios, las trampas, las manipulaciones posibles en una sociedad donde el 70% de los ciudadanos (nacidos después de 1959) no han vivido nunca en democracia, no conoce la libertad y vive atiborrado de propaganda.

Pero parece que ésta puede ser la última temporada del misterio, de los diques, de los antifaces porque las dictaduras personales son eso: dictaduras y personales. No se dividen como un fajo de billetes o como un botín entre una pandilla de piratas.

Escuchen bien los silencios finales del comunismo criollo porque ésos, ésos no volverán. Escúchenlos bien, allá, bajo el terror policial.

Porque se sabe que acaba de abrirse un camino y miles de hombres y mujeres se mueven ahora mismo en sus laberintos con esta filosofía pragmática de los viejos presidiarios: paso corto y vista larga.





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