El partido único

Por Venezuela Real - 11 de Septiembre, 2006, 12:34, Categoría: Política Nacional

Editorial
El Nacional
11 de Septiembre de 2006

S
i algo le faltaba a la revolución bolivariana para asumirse en la totalidad de su autoritarismo, era la formación de un partido único aglomerado alrededor de la figura del jefe máximo, como una secreción de sus ideas y de sus intenciones, y configurado según sus especificaciones tácticas y estratégicas. Como se esperaba desde su retorno de China, ayer el presidente de la República anunció esta "buena nueva" al país. No se trata de una muy original idea en Venezuela ni en el resto del planeta. Es la quintaesencia de deseado y que termina rotundamente en el culto a la personalidad, que tanta lata y desgracia ha supuesto para los pueblos del mundo.

Lo curioso del caso es que, luego de ocho años de revolución bolivariana, el jefe haya caído en cuenta de la necesidad estalinista de un partido único, cohesionado por su verbo y pensamiento, y dirigido y activado por sus más fieles seguidores. De esa manera, las purgas y los castigos serán no sólo más rápidos y eficaces, sino ejemplares para el resto de los militantes. Pero a la vez, eso supone que el sector bolivariano deberá acostumbrarse no ya a vestir la franela roja y a encasquetarse la boina del mismo color si quiere sobrevivir a la sombra del Estado: también deberá portar el carnet que lo acredite como militante activo.

Eso significa que al unificar a los bolivarianos en un solo partido también se dividirá a los partidarios del gobierno: un sector de mayor confianza y militancia leal tendrá carnet del partido; otro estará formado por simples simpatizantes del proceso y, como tal, no tendrán acceso a credenciales que les permitan privilegios y bondaden>. Como sucedía en la Unión Soviética, los miembros del partido constituirán una casta envidiada y odiada, germen de la rebelión inclemente que surgió y arrasó con el largo y tortuoso experimento comunista.

Los partidos únicos, tanto en el fascismo italiano como el nazismo alemán o en el comunismo soviético, nunca lograron acrecentar la influencia real o histórica de los planteamientos políticos o programáticos de sus líderes. Con el ajusticiamiento de Mussolini, el suicidio de Hitler o la muerte en su cama de Stalin todo cambió para sus seguidores, en una lenta degradación de sus planteamientos originales. A tal punto llegó el fracaso histórico que sus seguidores de segunda mano han sido tortuosos dictadores latinoamericanos o tiranuelos africanos y del Medio Oriente, que nada bueno han sembrado en sus atormentados países, como no sea la tortura sistemática, las desapariciones de sus enemigos y la represión cruel y despiadada.

En el caso del comunismo ha sido peor, porque con la cons titución de partidos únicos no sólo se enterraron los sueños igualitarios y fraternos de las revoluciones de izquierda, sino que jefe supremo, ideólogo y conductor político, un gran padre universal capaz de premiar y castigar a sus hijos, es decir, a sus militantes. El culto a la personalidad no sólo supuso una traición a la esencia rebelde de la revolución, sino que segó cualquier ánimo de polémica, de discusión y de enriquecimiento del pensamiento revolucionario.

Como es lógico suponer, todo partido único es excluyente por naturaleza. Con ello se oficializa la división social y de clases en un país, y se deposita en la trastienda cualquier afán democrático que hubiera tenido en sus comienzos la misma revolución. De manera que los primeros damnificados serán los más críticos y rebeldes entre sus propias filas. Al final prevalecerán los mediocres, los acomodaticios y los oportunistas, los especialistas en loas y cánticos al jefe supremo y, por tal condición, los traidores.

En fin, el domingo, al Presidente no le quedó otro remedio que anunciar su proyecto de partido único. Pero primero admitió que existen y persisten corrientes internas enfrentadas en el seno del movimiento oficialista, cosa que no era un secreto. Como es fácil adivinar, los conflictos públicos entre los principales voceros y dirigentes sus aliados. La manera como se reparte el botín petrolero es una de las causas principales, pero no la única.

La pugna entre los grupos civiles y militares, cada una cons tituida en facciones con poder político y económico, va más allá de controlar amplios sectores del gobierno, hoy abandonados a su suerte por el líder supremo en su afán internacional de sustituir a Fidel. Dios nos proteja.









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