Los ojos de Jung sobre Hitler y Stalin

Por Venezuela Real - 11 de Septiembre, 2006, 12:15, Categoría: Imagen gobierno / Chávez

Rafael Arráiz Lucca
El Nacional
11 de Septiembre de 2006

En un libro de tanta importancia como su protagonista, Encuentros con Jung (Editorial Trot ta, Madrid 2000), el lector se da el gusto de navegar por las aguas de 55 entrevistas sostenidas, por diversos periodistas y escritores, con el doctor Carl Gustav Jung entre 1912 y 1961. Son muchas, y muy variadas las observaciones jungianas que podrían comentarse, pero me circunscribo a dos reportajes vinculados con la naturaleza del dictador y la dictadura que, por razones obvias, a los venezolanos pueden interesarnos particularmente.

"Psicología de la dictadura" se publicó en el Observer en 1936. Allí, dice Jung: "Hay dos tipos de dictadores: el tipo cacique y el tipo chamán. Hitler pertenece a este último. Es un médium. La política alemana no se hace: se revela a través de Hitler. Es el portavoz de los dioses y de los ancianos. Dice la palabra que expresa el resentimiento de todos". Y ciertamente, con Hitler desapareció la política alemana y, como suele suceder cuando la política se ausenta, surgió el hacha de la guerra. El sueño de Hitler era mesiánico: conquistar el mundo, imponer la raza aria, desaparecer a los judíos de la faz de la tierra; la política era un asunto menor para un hombre predestinado como él, para un hombre que escuchaba la voz divina y la expresaba. Y su voz comenzó a ser escuchada porque expresaba el resentimiento, y éste halló un sujeto en quien descargar toda su frustración: el judío.

Jung lo caló perfecto: no era un ser humano, era el instrumento de un huracán. Dice el suizo en la entrevista "Diagnóstico de los dictadores" con el famosísimo H. R. Knickerbocker, en enero de 1939: "Y todos esos símbolos de un Tercer Reich guiado por su profeta, bajo la bandera del viento, la tormenta y los vórtices giratorios, apuntan a un movimiento de masas que va a barrer a los alemanes en un huracán de emociones irrazonables y en un destino que quizá solo el vidente, el profeta, el Führer mismo, puede prever --y quizá, ni siquiera él". Luego, el psiquiatra distingue entre Hitler, Mussolini y Stalin, todos entonces en ejercicio, y advierte en el italiano a un dictador, pero un ser humano que no se siente instrumento de una fuerza colectiva; y en Stalin tampoco advierte esto que sí señala en Hitler.

Refiriéndose a Stalin dice, al ser preguntado acerca de cómo es posible que habiendo luchado toda su vida contra el zar, él mismo haya devenido en algo aún más autoritario: "Se debe a que uno siempre se convierte en aquello contra lo que más lucha. ¿Qué socavó la fuerza armada de Roma? Fue el cristianismo, pues cuando los romanos conquistaron Oriente Próximo fueron conquistados por su religión... Luego, cuando uno ha echado al zar se transforma en zar, como un cazador de animales salvajes puede hacerse bestial...Stalin luchó tanto contra la sangrienta opresión del zar que ahora está haciendo exactamente lo mismo que el zar. En mi opinión, no hay diferencia en absoluto entre Stalin e Iván el Terrible".

Al regresar a Hitler, asevera Jung que cuando un paciente dice seguir los dictados de una voz inte rior, lo que puede hacer el terapeuta es intentar que no haga más daño del que inevitablemente infligirá siguiendo su destino. En otras palabras, la cura que puede intentarse con estos enfermos no es otra que hacer menos grave la fatalidad de su catástrofe final. Jung veía entonces, sorprendentemente en 1939, que la catástrofe final de Hitler era intentar invadir Rusia; y aunque era previsible que esa sería su perdición, Hitler no dejó de intentarlo.

Todas las observaciones de Jung sobre el tema del dictador nos recuerdan que tanto el nazismo como el stalinismo tuvieron como denominador común la negación de la democracia y los valores del liberalismo: el individuo, la tolerancia, las libertades políticas y económicas. Y ambos, Hitler y Stalin, frente a ese enemigo optaron por respuestas personalistas, militaristas y, en los dos casos, negadoras del ejercicio de la política, para que esta fuese suplantada por la guerra y el totalitarismo. Aunque hay matices entre uno y otro, el odio al enemigo común (la democracia liberal) acercó mucho más las posturas de ambos de lo que comúnmente se cree.

Uno, desde estas orillas caribeñas, intuye que una sociedad que claudica ante el militarismo, el mesianismo, la dictadura de un solo hombre aferrado al poder, el asfixiamiento de las libertades políticas y económicas, recogerá la cosecha de la desolación y la pobreza. Allí están el drama y el fracaso cubano para probarlo.





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