En el trono

Por Venezuela Real - 19 de Septiembre, 2006, 12:11, Categoría: Política Nacional

Ildemaro Torres
El Nacional - A/8
18 de Septiembre de 2006

No, no es Chávez, él ocupa el trono en tierra apenas en sus breves visitas al país, de resto está sentado en el que flota en el espacio mientras vuela entre nubes de petrodólares; entre nosotros es la muerte la verdaderamente entronizada, es ella la que nos preside, la que signa y determina nuestra realidad actual; el teniente coronel y sus secuaces oficiales son sus fieles y eficientes cortesanos.

Es el nuestro un territorio tomado por la violencia, en el que son incontables los homicidios impunes; los asesinatos, incluso de familias, que quedan sin ser investigados; se enmascaran los ensañamientos policiales, se dejan sin juzgar a asesinos identificados en el acto de disparar; se glorifica a pistoleros y hasta se le rinden homenajes póstumos, en los que se les reconocen como méritos falsas virtudes a algún funcionario de conducta delictiva; se constata la presencia en altos cargos vinculados, incluso a la seguridad personal y la protección de la vida, de funcionarios a quienes en su papel de golpistas se les vio matar a mansalva a personas inermes.

Y todo eso mientras el comandante barinés proclama desde cualquier tarima y en cadenas de televisión, que su revolución es armada y nos amenaza con tanques y bazucas a quienes no compartimos su megalomanía; a la vez que gasta millones de dólares en fusiles y otros instrumentos de guerra, entrena miles de hombres como fuerzas de choque bajo diversos nombres, y manipula con el invento de guerras e invasiones para justificar su desenfreno bélico. Su currículo militar y golpista registra una notable estela de muertes, y es manifiesto su gusto por el color rojo sangre, ¿más allá del atuendo? ¿Como expresión de un indolente deseo íntimo o un deseo cuartelero de ver ensangrentado a el país?

Fidel Castro explota la idolatría de su admirador venezolano, pero insistiéndole en que se cuide de un eventual magnicidio, lo que ha logrado es aterrarlo; su conocida cobardía ha aumentado, y trata de disimular ese miedo con supuestas medidas preventivas de seguridad y protección; anda así rodeado de incontables anillos de matones cubanos, de agentes que requisan los lugares donde va, que mantienen lejos a sus seguidores y cachean exhaustivamente a quienes se les permita acercársele, aunque sean oficiales de alto rango.

Pero para su acción pública el oficialismo no requiere claves ni contraseñas. Basta con el uniforme de tela de camuflaje que usan unos, con su armamento abundante, máscara, casco, bombas lacrimógenas, granadas, y un enorme escudo; y los otros, con sus franelas rojas, su mochila repleta de piedras, botellas y también bombas, montados en sus motos y con una pistola asomándoseles en el pantalón.

Basta, digo, para saber que unos son de alguna rama de la Fuerza Armada o de la policía, y los otros miembros de círculos bolivarianos, cómplices en la misión fascista de impedir mediante ataques salvajes, toda marcha o concentración de los opositores al régimen, en papel de agresores impunes los motorizados y como sus protectores los uniformados. Con anuencia presidencial, o al menos sin su condena, ya el candidato Rosales ha sido agredido por brigadistas de la revolución.

Abocado a un proceso electoral que se tiene por ejercicio civil, inherente a la alternabilidad democrática de la Presidencia de la República, el líder castrense sólo habla en el lenguaje que le es propio por oficio, da instrucciones con acento militar a su comando de campaña y llama a sus militantes a organizarse en "batallones, pelotones y escuadras", instándolos a "la acción, el ataque, la disciplina", para ganar "la batalla" de manera "aplastante"; en ello es coherente, pues no parece haber conocido nunca antes una forma de hacerlo distinta a la que ahora muestra.

Lo suyo es la violencia porque carece de una formación mínima que le permita mirar más allá; se siente bien hablando ante centenares de soldados alineados firmes en el patio de una dependencia militar, listos para obedecer sus órdenes; y él se empeña en percibirnos en términos de esa escena y esa dimensión de cuartel.

Por todo ello, es definitivamente nuestro deber unirnos, organizarnos y trabajar por la salida del poder de esta legión de asaltantes, y no sólo para darle un alto a la degradación de todo tipo que padece el país, internamente y ante los ojos del mundo, sino por una razón de existencia, nuestro derecho a la vida y a vivirla en paz dignamente.





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