Chávez anda de su cuenta

Por Venezuela Real - 24 de Septiembre, 2006, 17:10, Categoría: Política Nacional

Elías Pino Iturrieta
El Universal
23 de Septiembre de 2006

EL TENIENTE CORONEL ha labrado poco a poco su camino real, hasta el punto de hacer el itinerario que le conviene. Ningún mandatario venezolano ha tenido tantas libertades para procurar la meta que pretende, pero su rol de conductor que marca el rumbo según su capricho no obedece al triunfo de una voluntad que se impone después de mostrar las razones que ha tenido para marchar como marcha y de convencer a los demás, sino de la omisión de quienes lo han observado entre balbuceos mientras maneja a toda velocidad su fórmula uno hacia un destino que solamente él conoce a ciencia cierta.
 
Al principio no aceleró demasiado el vehículo, sino sólo cuando sintió que tenía la pista despejada, y ahora busca con frenesí una bandera a cuadros cuya agitación le indique que coronó por fin sus propósitos. Está a punto de lograrlo, tanto en las pistas domésticas como en las internacionales.

LA ESTRATEGIA de la carrera en el terreno internacional es ejemplo elocuente de cómo se la ha arreglado para andar por la libre. Arrancó como si fuera un aprendiz de la Escuela Rossini, inseguro ante los obstáculos que parecían insalvables, pero se dio cuenta de que los peligros no eran como para tomar precauciones excesivas y cada día se hizo más experto en el desconocimiento de las señales que le sugerían moderación. La primera comparecencia ante la ONU debió ser fundamental en el descubrimiento de cómo más parecían avisos inocuos que razones serias esos rótulos colocados de antemano en la orilla del trayecto para aconsejar un periplo respetuoso de las reglas. No sólo sintió entonces que podía tomarse más del tiempo establecido para las alocuciones, sino también el delicioso sabor de los aplausos en una de las escenas medulares del universo. En una segunda visita a la sede de Nueva York, no sólo habló hasta por los codos sino que igualmente se atrevió a denunciar la forma buscada por el Secretario General para la suscripción de un documento entre las delegaciones. El documento se ajustaba a los usos diplomáticos y había contado con aprobación general, pero lo objetó de la manera más peregrina sin que ninguna autoridad cumpliera con la obligación de sugerirle respeto y silencio. En adelante creyó que no estaba en una competencia distinguida por la atención de múltiples intereses ajenos, sino en una pugna habituada a las zancadillas en medio de las cuales podía hacer lo que le pareciera. La ausencia de controles por la Asamblea Nacional y la patética minusvalía de la Casa Amarilla para orientar los capítulos de una incursión en terrenos que suelen ser movedizos, aunque no demasiado hasta ahora en el caso que nos ocupa, han llevado al criollo Fittipaldi por rutas ásperas cuyo última estación ha sido la inmiscuencia en la decisión electoral de México. Sólo la impunidad de que ha gozado en el concierto internacional puede explicar esta grosera extralimitación en un asunto de envergadura que sólo concierne a los mexicanos. Como se ha metido en entierros anteriores que no lo requerían en el cortejo, sin que nadie le haya cobrado la tercería, ahora prueba con una injerencia descarada de la cual está seguro de salir sin rasguños.

LO MISMO ha hecho en el terreno doméstico. Se estrenó como un querubín, con apacible misa en una basílica y halagadoras promesas de cohabitación, pero se fue soltando mientras sentía que la sociedad daba pie a sus caprichos sin ofrecer resistencia. En la medida en que la sociedad se abstuvo de utilizar sus anticuerpos, la ha penetrado en un ensayo que al principio usó ocultamientos para desembocar en el avasallamiento descarnado que hoy se experimenta en todas las circunstancias de la vida. En una ocasión, cuando apenas se estrenaba en Miraflores, llegó a sugerir su disposición de abandonar el poder si el pueblo se mostraba descontento frente a su gestión. Sin embargo, luego de comprobar que nadie le ponía un obstáculo digno de atención a sus decisiones, ahora ni siquiera tiene el pudor de ocultar sus planes en torno a una presidencia vitalicia. De lo cual se colige que está en capacidad de hacer lo que le venga en gana porque los venezolanos lo hemos permitido por acción y por omisión.

Algo semejante a lo sucedido en el ámbito internacional, aunque quizás allá se muevan los hilos de una manera más sutil hasta el punto de sugerir el predominio de una pasividad que no existe de veras. Pero en el predicamento nacional ha campeado una permisividad capaz de conducir a la desbocada hegemonía personal que estamos padeciendo. ¿Hasta cuándo? Esa licencia que la irresponsabilidad colectiva le ha concedido no puede ni debe ser perdurable. Hartos de tanta prepotencia, pero también de nuestra lamentable forma de dejarlo hacer, podemos considerar que ha llegado el tiempo de pincharle los cauchos al bólido que corre con nuestra gasolina.





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