Desear una derrota

Por Venezuela Real - 16 de Octubre, 2006, 10:06, Categoría: Política Internacional

Elías Pino Iturrieta
El Universal
14 de Octubre de 2006

No sé si brindaré con champaña, quizá no llegue a tal refinamiento, pero sentiré una gratísima sensación si Venezuela pierde la plaza por la que está pujando en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Es probable que la confesión origine la protesta de los buenos hijos de la patria que abundan en la comarca "bolivariana", un alud de acusaciones al uso que me conviertan en lacayo del imperio o en secuaz del denostado Mister Danger, pero me huele que no sea yo solo quien le esté apostando al descalabro. De allí que tal vez no ventile ahora un asunto de mi exclusiva incumbencia, o un pecado capital sobre el cual se murmura en sigilo, sino una conducta que debe contar con numerosos adherentes y cuyo comentario puede interesar a las páginas del periódico.

Pero el comentario no guarda relación con la política internacional, ni con los asuntos de envergadura que tratan los embajadores en Nueva York en representación de sus gobiernos y como heraldos de los intereses de sus pueblos. Ahora no pesan en el argumento los problemas susceptibles de tratamiento por esos funcionarios que se congregan en un imponente edificio de Manhattan con el propósito de evitar que el derecho de gentes se cambie por un repertorio de bombazos.
A los escribidores lugareños apenas nos queda esperar que los entuertos del universo se remienden a través de la participación de personas versadas en el difícil arte de pegar los retazos de un erizado capote, sin meter demasiado la nariz.

Ningún motivo relacionado con las pugnas del globo terráqueo ni con la forma de corregirlas, sirve de apoyo a mis ganas de que el comandante Arias Cárdenas salga cariacontecido del salón de reuniones después de que se cante el último sufragio, a llorar las malas nuevas con el comandante en jefe. Será un regocijo sin erudición el imaginar los balbuceos del improvisado embajador en el momento del fracaso, cuando deba explicar al mandón cómo la ingratitud de la galaxia y las malas artes del imperio torcieron el resultado que tanto necesitaban los que no tienen voz y ahora se quedan sin voto.

A lo mejor todo permanece en el reino de los deseos mientras una banderita tricolor de ocho estrellas se pone frente al anhelado asiento en el Consejo de Seguridad, pero vale la pena anticipar una derrota entendida como desagravio. ¿Desagravio de quién? De una sociedad sobre la cual se impone el capricho de un hombre quien no encuentra mejor camino para obtener sus propósitos personales que hacerla pasar por el bochorno de una representación inconsulta cuyo vehículo son los insultos en una tribuna de proyección mundial. De un pueblo que la desproporción de un individuo quiere mostrar como un coliseo portátil que apenas lo representa a él, a sus desenfrenadas pasiones, pero cuya sensibilidad colectiva puede ser interpretada por la opinión del extranjero como parte de la altanería de quien se asume como su portavoz. De un conjunto de seres humanos a quienes su Presidente maltrata de palabra y obra, mientras obsequia a sus pares del extranjero para que le complazcan la monomanía de un liderazgo universal que nadie le está solicitando y del cual no puede ser acreedor desde su palmaria medianía. De los hombres sencillos que se desgarran ante las alocuciones de un sujeto que los quiere meter en una guerra entre el bien y el mal que quizá solo exista en su enfebrecida imaginación, o en la imaginación de Mister Danger, y que, de existir, debe librarse entre los dioses y los demonios del interior antes de convertirse en cruzada ecuménica.

Venezuela no quiere un puesto en el Consejo de Seguridad. Lo quiere Hugo Chávez para su autocomplacencia. Lo quiere el comandante en jefe para refocilarse ante el micrófono usualmente monopolizado por los portavoces de las grandes potencias. Lo procura el teniente coronel para solazarse en la elevación de su estrella, pero también para intentar un cambio en el concierto internacional partiendo de una versión inconsistente y estrepitosa que apenas tiene noción del mapamundi en cuya topografía pretende introducirse en plan de reformador. Como no es el inofensivo Hugo Rafael que nos sorprende en una publicidad de última hora en la cual se proclama como campeón del amor o como cupido de la república, sino un hombre de presa a quien se le hizo corto el territorio nacional para llevar a cabo sus planes, la representación en la ONU es apenas un parapeto en el cual se oculta un proyecto personal que no tiene el derecho de camuflarse en los intereses del común. De allí que me atreva a solicitar a los delegados se sirvan depositar sus sufragios por el plácido principado de Andorra.





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