La bandera azul y rojo

Por Venezuela Real - 17 de Octubre, 2006, 12:10, Categoría: Electorales

Editorial
El Nacional
12 de Octubre de 2006

Cuando la mitad del país imaginaba que la campaña para la reelección del presidente Chávez iba a ser una vuelta al ruedo y con el torero saliendo a hombros, las cosas parecen complicarse para el candi dato oficialista. Ha bastado una movilización extraordinariamente exitosa de los opositores caraqueños para convencer al Comando Miranda de la necesidad de reorientar sus pasos, y de adelantar el cambio de su estrategia de medios. En verdad, no es que tiemblen los cimientos del Gobierno pero sí se ha sentido la necesidad de rehabilitar los fundamentos programáticos, refrescar la imagen presidencial y explorar la captura de votos en otros escenarios.

No por casualidad se aumentó la publicidad oficial en los medios privados independientes, a los cuales se les negaba el pan y el agua como si los dineros públicos se hubiesen incorporado a las finanzas del partido para su reparto publicitario. De igual manera Pdvsa y la CVG, por nombrar a dos de las empresas del Estado más importantes, aplican el boicot de avisos a diestra y siniestra, a conveniencia de los intereses de los jefes y de sus familiares.

Pero ahora se encuentran en la ridícula encrucijada de reco nocer que Miraflores y el Presidente no tienen prejuicios en colocar su propaganda electoral en los medios que ellos boicotean: ¿Seguirán siendo más papistas que el Papa? Lo cierto es que la ofensiva publicitaria del oficialismo en los medios independientes privados indica a las claras que su estrategia electoral pasa por acercarse mucho más a los sectores de la clase media que alguna vez se sintieron representados en su vocación de cambio.

No obstante, lo de menos es el entorno: lo básico en este vira je parcial en la estrategia electoral del Presidente es el reconocimiento de su vulnerabilidad. En este caso lo que salta a la vista es su innegable desvalorización como líder de una multitud indiferenciada, y su ubicación real como conductor de una parcialidad específica de la sociedad venezolana. Esa es su debilidad y como cojea de ese lado, es necesario eliminar su imagen de diablo que asusta a los niños democráticos, hoy ya creciditos como para seguir temiéndole al coco.

Para conjurar esta rebelión que parece extenderse también por los sectores populares del país, el Comando Miranda ha decidido por plantear otra dicotomía, que ya no es entre escuálidos y bolivarianos, o patriotas y agentes del imperialismo, sino entre diablos y partidarios del amor. Entre los primeros priva el odio mientras que en los segundos sólo cabe una rama de olivo. Diablos son los seguidores de Bush (¡Viva la ONU como tribuna electoral!) y de ellos apenas cabe esperarse el fuego y la venganza.

Como contraposición sólo existe el llamado al amor, y un predicador que encarne este llamado con la pasión fundamentalista de todo redentor. En verdad, debemos reconocer que el estilo y el mensaje son de una simpleza que abruma, pero les ha funcionado en el pasado. También hemos olvidado que las propuestas bolivarianas se engarzan en lo más oscuro y oculto de nuestros procesos históricos, con ese idolatrismo militar que subyace en la población, y en ese ideal de autoridad que los uniformados proyectan entre los inconformes.

Esa errada idealización hace aparecer a los grupos boliva rianos como diferentes a los ojos del resto de la sociedad (como se lo ha propuesto la propaganda oficial), pero en verdad no son ni más ni menos que esa cuota de los venezolanos de siempre, con sus tics populistas, tan improvisadores y oportunistas como hace años atrás, pero tan normales y conservadores como el resto de la sociedad. Lo que les imprime una diferencia es la expresión pública y conjunta de su opción política, que ha terminado por naufragar en una vocación burocrática más, para agenciarse una vida material mejor.

En este apártate tú que me pongo yo tan bolivariano, también debería existir un programa político que encauzara esas tendencias reformistas (igualmente comunes a AD, Copei y MVR) y una ideología más o menos precisa para catequizar a los indecisos. Pero estas dos cosas están únicamente conjugadas en un líder, mejor decir, en una figura caudillista, que como propagandista es una personalidad singular y que como tal debe hablar, pensar y comportarse siempre en blanco y negro, sin matices porque ello no es su fuerte.

Sin embargo, como líder populista es previsible que su olfato le haya indicado que algo huele mal en su campaña. Y entonces le agrega flores a su discurso con el ánimo de darle fragancia al odio. Ya veremos.





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