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Por Venezuela Real - 18 de Octubre, 2006, 14:34, Categoría: Política Internacional

TULIO HERNÁNDEZ
El Nacional
15 de Octubre de 2006

Hace un poco más de una semana, los días 5 y 6 de octubre, el autor de estas líneas tuvo la oportunidad de participar como ponente en el 7º Foro de Biarritz, un encuentro de reflexión sobre el futuro de América Latina y sus relaciones con Europa, convocado por la alcaldía de la bella ciudad francesa y la Corporación Escenarios, una organización dirigida por el ex presidente colombiano Ernesto Samper.

Para alguien no acostumbrado a este tipo de reuniones, el grupo allí congregado resultaba la mar de atractivo. Compartir la mesa de debates con un ex presidente --además de Samper, allí estaban Soares de Portugal; Mesa y Paz Zamora de Bolivia; Aylwin de Chile; Carazo de Costa Rica; Borja de Ecuador; De la Calle de Uruguay, más los enviados personales de la chilena Bachelet y el mexicano Calderón--, o escuchar a destacados dirigentes políticos, predominantemente socialdemócratas y socialistas, entre quienes brilló la presencia del venezolano Teodoro Petkoff, junto a intelectuales y académicos de la Unión Europea y América Latina, es una experiencia absolutamente enriquecedora.

Con el aturdimiento y la excitación intelectual propia de quien ha escuchado un poco más de treinta intervenciones por día, me despedí de Biarritz con la contradictoria sensación de que si bien en el escenario latinoamericano no quedó duda alguna de que Venezuela se encuentra en la más compleja, polarizada y emocionalmente enrevesada de las situaciones políticas, una buena parte de los países restantes, con la notoria excepción de Chile, andan con su procesión por dentro nadando entre conflictos graves y represados que más temprano que tarde, todo depende del compromiso e inteligencia de sus liderazgos, podrían estallar con impredecibles consecuencias.

Una primera gran conclusión que podemos extraer del contenido y tono promedio de las intervenciones realizadas en el evento es que la región latinoamericana se encuentra en una muy paradójica situación. Porque mientras, de una parte, exhibe lo que se puede definir como un gran momento: el hecho de tener como nunca antes en todos sus países, con la excepción de Cuba, gobiernos electos democráticamente; de la otra, comienza a descubrir el surgimiento y crecimiento de regímenes y tendencias que encarnan una gran amenaza para la convivencia democrática. Con la particularidad de que las amenazas no provienen ya de las tradicionales dictaduras militares (aunque en Bolivia, para nuestra desgracia, dicen que hay ruido de sables) sino de mecanismos menos "rústicos" de ejercicio totalitario del poder que igual anuncian la presencia de prácticas autoritarias que nos regresan a tiempos que alguna vez se creyeron superados.

La región obviamente se halla en un momento de intensa transformación. En todas partes se hacen esfuerzos por recoger los platos rotos que por dos décadas dejaron los extremos gubernamentales que el ex presidente Samper calificó como "o neoliberales vergonzosos o populistas sinvergüenzas". Hay un retorno a la lucha política, una recuperación paulatina de los debates ideológicos y programáticos sobre el futuro de cada país, y una conciencia cada vez mayor de la imposibilidad de resolver los problemas nacionales si no se les piensa en un marco latinoamericano.

Pero estos "reencantamientos" no necesariamente significan un salto hacia adelante. La preocupación más notoria es por el evidente retorno de la lógica autoritaria a cuyo frente muchos de los ponentes ubicaron al Presidente venezolano y a su alianza con los gobiernos de Castro y Morales. Así lo hizo saber, sin eufemismos de ninguna clase, Benita Ferrero Walden, la comisaria europea de relaciones exteriores, quien además de fustigar el factor de perturbación que representa el gobierno venezolano en las relaciones diplomáticas de la región, hizo énfasis en la idea de que no basta con que un presidente haya sido electo democráticamente para que pueda decirse que un país es democrático.

"Las elecciones son sólo una parte, y no decisiva de la democracia" sostuvo la alta funcionaria conocida por sus fieras críticas al presidente de Bielorrusia, Alexander Lukashenko, considerado el último gobernante estalinista de Europa. Más tarde agregó la comisara lo que todos los demócratas más o menos sabemos pero el régimen bolivariano se empeña en desatender: que no hay democracia si no hay autonomía de poderes, alternancia de gobiernos, respeto a las minorías, pluralismo y consideración a la disidencia, y si se hace uso del sistema judicial para perseguir al opositor y criminalizar la protesta social o del aparato militar para coaccionar a los ciudadanos en función de un proyecto político determinado y no del interés de la nación en su conjunto.

Otras situaciones críticas de América Latina son vistas como malas señales. La mexicana, generada por el desconocimiento por parte de López Obrador de los resultados electorales en los recientes comicios presidenciales, porque podría conducir a un largo proceso de caos institucional y revela la pérdida de fe de los ciudadanos en el poder electoral. La brasileña, por el impacto de los casos de corrupción del PT en los resultados de la primera ronda de la elección presidencial del pasado domingo, que pone en la mesa el problema del financiamiento de los partidos, especialmente de los llamados "progresistas", en toda la región. Y, la boliviana, desatada por la apertura de demasiados frentes simultáneos de conflicto y por los gestos de apresuramiento, intolerancia y sectarismo del gobierno de Evo Morales, en triste calco de los Hugo Chávez, que puede terminar convirtiendo en tragedia lo que, en un marco de pluralismo y reconciliación nacional, se hubiese convertido en importante proceso de reivindicación del pueblo indígena ejemplar para el resto de la región.

Lo que va quedando claro en el escenario internacional es que en América Latina la lucha fundamental, que es básicamente contra la pobreza y la excusión social, ya no es entre derechas e izquierdas sino entre democracias y autoritarismos, entre discursos y prácticas plurales de convivencia y retóricas del odio y la supremacía moral, entre comprensión de la economía como hecho productivo con lógicas propias y su utilización como maniqueo instrumento proselitista manejable desde el Estado.

Y en la medida que el dilema va quedando claro, las acciones del presidente Chávez caen drásticamente en la bolsa de la política internacional. Fue notorio en este evento cuando luego de la intervención de Benita Ferrero, Pierre Moscovici, vicepresidente del Parlamento Europeo (ex ministro del partido socialista, no de la derecha francesa) no sólo denunció frente a Eusebio Leal --importante autoridad cultural cubana, sentado en ese momento en el presidium-la violación sistemática de los derechos humanos en Cuba, sino que arremetió --también sin eufemismos-contra "la amenaza antidemocrática" encarnada por Chávez.

Se está acabando la inocencia. La Europa de izquierda socialista comienza a descubrir el verdadero rostro del sacerdote del odio ahora travestido en profeta del amor. Porque los europeos, aunque no escuchen boleros, también lo saben: "Hay amores que matan".





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