Un imaginario infantil

Por Venezuela Real - 18 de Octubre, 2006, 20:18, Categoría: Imagen gobierno / Chávez

Rafael Arráiz Lucca
El Nacional
16 de Octubre de 2006

Escuchar las simplificaciones históricas en las que incurre el presidente Chávez, supone una actitud estoica si uno se las toma en serio. Estremecimientos aparte, por lo que significa que un hombre de su talante gobierne el país, escucharlo en frío, haciendo abstracción de la tragedia que ha significado para nosotros, es una experiencia que puede resultar hilarante. La panoplia de lugares comunes que repite, en tono de autosuficiencia superlativo, es algo que termina siendo una suerte de parodia de las petrificaciones ideológicas en las que incurrió la izquierda en el pasado. Dicho de otro modo: lo que dice Chávez se decía antes y no sonaba tan risible como ahora, cuando ninguno de los presupuestos pretéritos tienen vigencia.

Dos ejemplos recientes. La carta de amor al pueblo venezolano que el presidente ha hecho publicar con motivo de su campaña electoral, con una camisa azul y mirada de tórtolo suplicante. Desde ya, creo que esta misiva pasará a la historia nacional como un monumento a la cursilería, a la zalamería ¿o al fingimiento? Cómo no advertir en el uso reiterativo del vocablo "amor" la profesión cotidiana del sentimiento contrario. Esta suerte de mala conciencia que se ha apoderado de Chávez en la búsqueda desesperada de votos, no revela otra cosa que su sombra: no ha sido amor, precisamente, lo que ha sembrado el teniente coronel en Venezuela. Difícil engañar a alguien con esta misiva, cuando llevamos ocho años escuchando destilar resentimiento, complejos de inferioridad, injusticias, insultos de toda ralea. ¿Qué suerte de extraña y velada confesión vienen en el sobre de esta carta pública? ¿Hay algo más elocuente que este acto fallido?

Además, trae consigo una tardía rectificación: el reconocimiento de que debe dirigirse a los electores, que no basta ofender la inteligencia de la nación haciéndole creer que la batalla electoral es con Bush, y que no existe contendor para su peso. Craso error: el desprecio del contrario fue uno de los mayores dislates de quienes se oponían a Chávez cuando su candidatura subía como la espuma en 1998, y ahora el gobierno incurre en el mismo desenfoque. Ya es tarde, y se ha sembrado una matriz de opinión difícil de modificar: los cambios que el país anhela los encarna el zuliano imperturbable, el que recorre tres ciudades a diario, habla poco y preciso, el que ofrece un programa de gobierno y, cosa insólita, el que ha revertido la carga de la prueba. Chávez da manotazos, desconcertado, contra las cuerdas. Todas las encuestas señalan dos tendencias: Chávez baja, Rosales sube.

Entre las infinitas simplificaciones en las que el imaginario infantil organiza el mundo, la de explicar la historia a través de sus batallas es una de las más ingenuas. Este imaginario suele acompañarse de otras dicotomías pueriles: fieles o traidores, buenos o malos, Dios o el Diablo. Así es como ha sido común escuchar la versión según la cual la epopeya bolivariana trae reminiscencias de la cristiana. Bolívar es un ser superior incomprendido, cuya palabra es atemporal, que fue traicionado por uno de sus seguidores, que negó su proyecto y tomó el camino equivocado: Páez, judas. Estas versiones elementales, que ya ni en los cuadros vivos de la escuela prima ria son sostenibles, tenemos que soportarlas de boca del primer magistrado. Pero lo peor es que sostiene estas tesis creyéndoselas, sin hacer la finta que revelaría que se propone engañar a alguien. Esto es lo que él cree. Es honesto, pero en su honestidad revela que interpreta la historia sin matices, sin complejidad, como un juego dicotómico elemental, donde la vida y la muerte se resuelven en una trama de fidelidades y traiciones, como en una película de ladrones y policías.

Una tercera y última expresión del imaginario infantil que reseño es la fijación antinorteamericana. Esta es vieja y muy estudiada. El que mejor lo hizo fue Carlos Rangel, quien diseccionó perfectamente el mecanismo según el cual los latinoamericanos culpábamos a los gringos de todos nuestros males, y no nos responsabilizábamos por ninguno, cuando en verdad éramos los primeros responsables de nuestras calamidades. Nada más infantil que este recurso. Lo asombroso es que se siga utilizando, y que no se haya procesado internamente que es el resentimiento el que conduce a este desenfoque: como no puedo tolerar el dolor que me produce mi propia e intransferible incapacidad, la extrapolo hacia otro, creyendo que así me libro de ella. Mentira: la incapacidad sigue allí, sin que yo haya hecho nada de fondo para superarla. ¿Este autoengaño a dónde conduce? A negar al que sabe más, a negar al que puede más porque ha trabajado para ello. En otras palabras: a la negación del otro en cuyo trabajo veo brillar lo que yo no he podido tener o ser. Veneno en estado puro.





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