El cambio cambia

Por Venezuela Real - 20 de Octubre, 2006, 23:01, Categoría: Política Nacional

Joaquín Marta Sosa
El Nacional
19 de Octubre de 2006

Una verdadera algarada ha despertado el giro de la campaña oficialista hacia la mercadotecnia y el merchandising. A los revolucionarios codificados se les han encendido las sirenas de alarma: la revolución, en un acto de autofagia, ya lo habían alertado, está cayendo en brazos del acomodo y la molicie, en la rebaja de los propósitos transformadores y en la reconversión en dentaduras blanquísimas y mirada deletérea de los colmillos donde debía trocearse al imperialismo, la oligarquía y la globalización neoliberal. La revolución peligra, truenan coléricos, y la amenaza viene de su misma cabeza.

Desde la oposición se mira el hecho con sorna, y frotándose las manos cuchichean: se está desdoblando y mientras menos se parezca al que ha llegado hasta aquí más clara es la oportunidad de acabarlo.

Este es el panorama sobre el que baten unos vientos electorales que insinúan la muy vaga sensación de que la obra puede estar cerca de cambiar de escenario y protagonistas.

El cambio de "imagen", ese invento del capitalismo para meter gato por liebre, y que tantos éxitos le ha reportado, es el arma que se ofrece al candidato desde sus laboratorios publicitarios como condición para asegurar sus preeminencias. Y, si a ver vamos, el oficialismo puede ser cualquier cosa, y lo es, pero de ninguna manera es imbécil. Así que si se trata de cambiar, la vieja lógica señala que es un indicio de que creen que si no cambian se los cambia.

¿Y de qué cambio se trata? Muy sencillo: guardar el lobo en la guarida y sacar el cordero a pasear para que aquél no se lo coma y a éste que la gente se lo trague. No hay más. Bueno, sí que hay.

Y lo que hay es la eterna contradicción entre la gente y "el poder revolucionario". Aquélla desea con fervor angustiado paz, vivienda, alimentos, empleo, seguridad, reconocimiento y mejoras personales, familiares, sociales y nacionales, es decir, reformas a fondo. O, en otros términos, cambios para que las cosas cambien. Entretanto el terremoto revolucionario sólo se propone, rabiosamente, echar abajo todos los tejados, tomar el cielo por asalto y cambiar el sol de todos los días por el que a él se le vaya ocurriendo por el camino, caiga quien caiga, sufra quien sufra.

Como dice un amigo: mientras la gente quiere vivir con decencia y en paz, los de la revolución quieren que vivan en otro país, donde nunca nadie ha estado, y jamás entenderán aquella afirmación de García Márquez, hecha unos años atrás, según la cual la revolución sólo consiste en que se imponga el sentido común.

Es esa contradicción, imposible de resolver, la causa por la cual toda revolución termina por donde comienza, con muertos y represión, pues la intimidación y un resto de instinto de sobrevivencia llevan a la gente común a una subordinación inicial ante los regímenes impositivos, arbitrarios o, como se los denomina ahora, neoautoritarios. Y gracias también al instinto de sobreviviente sabe a ciencia cierta que cualquier cosa puede ser eterna menos el poder que pretende sostenerse amasando a la gente en el temor. Así como el poder no se puede sentar sobre las bayonetas, tampoco puede descansar en el miedo.

De allí que este cordero que ahora pasean por la campaña, sólo lo esgrimen, para decirlo religiosamente, para que les "quite los pecados del mundo", de modo que, luego de recibir la absolución con el ansiado triunfo electoral, volverán a sacar al lobo, que mantenían congelado y en la reserva, a gruñir por las calles. Es que no pueden hacer otra cosa. Están perdidos en una paradoja implacable: son terriblemente reaccionario porque no pueden cambiar, acaso sólo simular en ocasiones.

La mejor perla de este rasgo está el acto fallido que contiene la famosa pieza publicitaria. Allí se dice, entre otros amores, que "Por amor al pueblo me hice (la verdad de su yoísmo sin límite) Presidente, ustedes me hicieron Presidente" (simula para halagar). Tal es la confesión, a la vez oculta y explícita, ladina y evidente, del giro en la campaña oficialista.

Es así como el cambio, obligado a confrontarse con las preferencias de la gente, ni siquiera alcanza el cinismo gatopardiano (cambiar para que todo siga igual) sino que se ofrece cambiado, pero no para cambiar ni para que todo siga igual, sino para que no lo cambien. Esta es, y no otra, la verdad.

Ya verá el chavismo "revolucionario" qué hace frente a ese apego al poder antes que a los principios. Y ya sabrá el chavismo "democrático" si a lo que ahora es disimulo lo puede convertir en verdad. Los demás tenemos otro desafío: salir del lobo y del cordero en cuyo estómago lo ocultan antes de volverlo a vomitar.





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