¿Quién pone los límites?

Por Venezuela Real - 20 de Octubre, 2006, 22:59, Categoría: Dimensión Social

Ramón Piñango
El Nacional
19 de Octubre de 2006

Antonio López Ortega publicó en esta página un excelente artículo sobre la pérdida de los límites de lo aceptable en la sociedad venezolana. La inseguridad, las matanzas de los mineros, la descarada corrupción, el abuso de poder, el uso de los fondos públicos como si fuesen parte del peculio personal del Presidente, la eficaz convergencia de todos los poderes públicos para que el control no exista, el aprovechamiento de estas circunstancias por personas del sector privado para beneficiarse de estos tiempos en que, según dicen, "hay que ser realistas", la ingerencia en los asuntos de otros países, constituyen algunas razones para compartir la preocupación de Antonio López.

Es muy probable que unos cuantos analistas de la realidad del país expliquen la desaparición de los límites morales de nuestra sociedad como una consecuencia de la riqueza petrolera. Juan Pablo Pérez Alfonso diría que estamos profundamente sumergidos en el excremento del diablo. Quizá sea así. Pero lo más importante no es qué cantidad de excremento tenemos sobre nuestras cabezas, sino nuestros pareceres acerca de la posibilidad de actuar para salir de tan mal oliente situación. Hay quienes creen que no hay nada que hacer y decidieron votar con los pies emigrando a otros países donde haya límites que se respeten. Otros hemos optado por quedarnos aquí y para nosotros la pregunta insoslayable es: ¿qué podemos hacer?

La pérdida de los límites no la podemos plantear en términos generales; sobre todo quienes, por nuestra preparación y las oportunidades que hemos tenido, perte necemos a una élite que, cuando mucho, no pasa de 5% de la población. Es nuestra la responsabilidad de construir lo deseable y destruir lo indeseable. Por eso no podemos hablar de las reservas morales de toda la sociedad sin hablar de las nuestras primero. Recuerdo que al hablar de esas reservas, un gran amigo, José Malavé, acostumbra comentar: "Las reservas morales deben ser enormes, porque pocas veces las hemos usado". Es así. Con excesiva frecuencia, parte importante de las élites hemos callado ante injusticias colectivas y abusos de poder tan graves como el de La Paragua. Durante largas décadas la población indígena ha sido víctima de la violencia de fuerzas militares, no importa a cual componente pertenezcan. Durante largas décadas las cárceles venezolanas constituyen recintos donde ocurre todo tipo de abusos contra los derechos y la dignidad humana. En los barrios urbanos el terror por la inseguridad personal es también de vieja data.

Muy poco hicimos las élites en su debido momento. Evadimos la realidad por razones diversas, casi siempre porque los problemas nos parecían muy lejanos o muy sucios. Ese fue el caso de la inseguridad personal. Pocos intelectuales se han ocupado de este tema, tal vez porque la mayoría lo ha considerado indigno de académicos o de la elevada reflexión.

Ante la desaparición de los límites las élites del país enfrentamos, entre otros retos, dos que son éticamente ineludibles: la concreción de las prioridades y la creación de canales de comunicación con el resto de la sociedad. Las prioridades tienen que ser expresadas en términos muy concretos. Si de trazar límites se trata, comencemos por reconocer que hay que imponer límites tangibles al poder político; para ello es decisivo que exista efectiva separación de poderes. Dadas las circunstancias, lograr esto constituye un esfuerzo formidable, pero el mundo occidental no ha logrado cosa más eficaz para evitar las locuras en el uso del poder. No se puede evadir este reto con explicaciones basadas en la pobreza o en la excesiva riqueza petrolera. El asunto requiere atención urgente. El autoritarismo germano puede haber generado la pesadilla del nacional socialismo, pero la transformación alemana después de la guerra tuvo que plantear soluciones tan concretas como la separación de poderes: uno de los instrumentos más efectivos de las estructuras políticas modernas.

Ningún esfuerzo democrático para establecer límites morales tendrá éxito, si las élites no logran comunicarse con la mayoría del pueblo; gente que, primero que nosotros, comenzó a sufrir la ausencia de esos límites hace largo tiempo. En esa comunicación tendremos que descubrir los valores del pueblo que hacen posible la convivencia social digna. Irremediablemente, esa comunicación tendrá que ser en ambos sentidos. Si lo de los límites llega a plantearse con desesperada urgencia --por ejemplo, para enfrentar el problema de la seguridad personal-la gran tentación será olvidarse de los derechos de la gente, lo cual requerirá mucha comunicación e incluso denuncia permanente. Ojalá que ocurra tal cosa para no ver reproducidas hasta el infinito situaciones como la de La Paragua y la de las cárceles del país, con amplificada violencia.







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