El fin del chavismo

Por Venezuela Real - 24 de Octubre, 2006, 10:51, Categoría: Electorales

Fernando Mires
Analitica.com
15 de Octubre de 2006

Cuando el Presidente Chávez llegó el gobierno, hace ya casi ocho años, la mayoría de los observadores decretaron que la política venezolana había entrado definitivamente a una fase populista. Con ello se rompía la creencia de que el llamado populismo latinoamericano correspondía a un periodo histórico determinado por el proceso de industrialización sustitutiva de los años treinta y cuarenta del pasado siglo. En ese sentido, el chavismo, o era un populismo extemporáneo, o era un populismo "sui generis".

Mas, lentamente fue imponiéndose entre los analistas políticos, la tesis de que, efectivamente, el chavismo no podía ser equiparado con ninguno de los populismos del pasado en América Latina. Desde luego, Chávez no podía ser Perón, porque detrás de Perón estaban los sindicatos obreros más un movimiento redencionista representado no en Perón sino que en Eva (y detrás de Chávez no estaban los sindicatos obreros, ni tenía ninguna Eva a su lado) Tampoco podía ser Getulio Vargas, pues el chavismo no aparecía ligado a ningún proyecto grandioso de desarrollo económico nacional, como era el que postulaba el varguismo. Quizás estaba más cerca del velasquismo peruano, hecho que ha reconocido el mismo Chávez al manifestar su admiración por la dictadura golpista de Velasco Alvarado en Perú, justamente por una dictadura que quebró el sistema democrático de ese país durante un larguísimo tiempo.

La política de la antipolítica

Cuando el chavismo ascendió al poder en Venezuela, algunos observadores captaron de inmediato el potencial antidemocrático que el "nuevo populismo" traía consigo. El término "populismo autoritario" que es el que más ha hecho escuela, quería significar que, a diferencia de otros populismos, la vertiente antidemocrática que cursaba en el chavismo, era muy amplia. Por cierto, en el populismo chavista también era posible detectar un reclamo social democrático. La incorporación de los "excluidos" a la política callejera mostraba una acusación a un orden político, que si bien era democrático, había llegado a ser también muy elitista y excluyente. La corrupción y el alejamiento de los partidos tradicionales de las necesidades populares fueron, durante algún tiempo, características de la democracia venezolana, características no ajenas a las que imperaban en el resto del continente, pero quizás, debido a las dispensas del petróleo, más visibles y escandalosas. Esas fueron las razones que explican que el discurso político de Chávez apareció, desde un comienzo, cargado de alusiones antipolíticas.

La política de la antipolítica que cultivaba la retórica de Chávez, aparentemente dirigida en contra de las que él llamaba las "cúpulas podridas", se explayaba hacia toda la estructura política de la nación. El desprecio a la política, sobre todo al pluralismo partidario, cuadraba muy bien, por una parte, con la movilización de sectores populares extremadamente desorganizados, que no habían recibido nada o muy poco de la política tradicional, y por otra parte, con la mentalidad antipolítica que tiende a primar en círculos militares, los cuales se constituyeron, desde un comienzo, en el principal eje del chavismo.

La dictación de una nueva Constitución, cuyo origen democrático fue reconocido, aún por sectores antichavistas, no fue suficiente, en cualquier caso, para ocultar el enorme potencial antipolítico que arrastraba y arrastra el chavismo consigo. La creciente incorporación de los militares al poder, más una furibunda escalada armamentista, son solo algunos ejemplos de los rasgos antipolíticos propios al régimen. A ellos se suman otros, como por ejemplo, la organización para-estatal, extremadamente verticalizada, de los sectores llamados "populares"; un nacionalismo con apelaciones irracionales y mágicas a la figura del Libertador (cuyo nombre termina justificando cualquier cosa) y no por último, la personalidad del Gran Jefe, un gobernante extremadamente agresivo, emocional y procaz, cuya capacidad de agravio e insulto es solamente comparable con su incapacidad para ejercer control sobre sus propias palabras. Todos estos rasgos, hicieron pensar a muchos, y con razón, que en la Venezuela de Chávez emergía con cierta nitidez, un régimen que portaba una indesmentible dimensión social- militarista.

Efectivamente; cualquier observador demócrata que analice hoy día la organización de los militantes chavistas en la campaña electoral que está teniendo lugar, no puede dejar de asombrarse por los amenazantes nombres que adoptan los grupos chavistas, como por ejemplo, "pelotones", "escuadras", "batallones", nombres que son más apropiados para una guerra civil que para un proceso electoral. La aparición de grupos para-militares, la conexión con los delincuentes de las FARC, la proliferación de armas en las llamadas "organizaciones del pueblo", la incapacidad para discutir de los chavistas, cuyos alcaldes (Barreto, entre otros) periodistas y militantes se dejan llevar por el lenguaje más brutal que es posible imaginar, y no por último, las arbitrariedades a que someten a la población sectores de la policía y del ejército, no hacen sino confirmar esa impresión.

No obstante, durante los primeros años, los ideales reivindicacionistas, la necesidad de "cambios sociales", más la efectiva participación en el chavismo de personas que tenían detrás de sí un pasado político de izquierda, cautivaba a muchos venezolanos que imaginaban que la que vivían era de verdad, "una revolución bonita". Con ello Chávez quería decir, que las demás revoluciones no eran "bonitas" sino que feas. El chavismo, así mirado, parecía ser para muchos ilusionados, un capítulo necesario en la historia venezolana, donde serían implantadas reformas sociales, y una renovación institucional más compatible con la modernización global que estaba teniendo lugar en otros países latinoamericanos. Más todavía, después del frustrado golpe del 2002, perpetrado por grupos antidemocráticos (también los hay) enquistados en la oposición, el gobierno de Chávez recibió un respaldo popular que nunca había soñado. Esos fueron, sin duda, los mejores tiempos del movimiento chavista: Chávez tenía detrás de sí, al "pueblo", a los militares, y a la legitimidad democrática, garantizada por la defensa de la propia Constitución. La oposición en cambio, estaba desorientada, dividida, paralizada. Con trampas electorales del gobierno, o sin trampas, esa oposición no estaba todavía en condiciones de gobernar.

Chavismo y marxismo-leninismo

Después del frustrado golpe, los llamados a la unidad nacional de Chávez fueron tomados por varios opositores en serio, y no faltaron quienes imaginaron que el gobierno volvería a encarrilarse en un sendero político democrático y unitario. Las ilusiones durarían muy poco.

Cuando nadie menos esperaba, Chávez dio un vuelco de 180 grados, e irrumpió de pronto en la escena, desatado en un lenguaje que hasta entonces era desconocido en él. Nociones marxistas, sacadas de los más vulgares manuales de Marta Harnecker, salpicaban de modo frecuente su retórica que era cada vez menos populista y cada vez más ideológica. Pronto Chávez descubriría al "imperialismo", y finalmente a Bush, en contra de quien ha centrado últimamente todo su discurso político, insultándolo e insultándolo, hasta llegar a la desesperación pues Bush, esta vez bien aconsejado, jamás se dignó a responderle. ¿Qué había pasado con Chávez? ¿Cómo explicar la mutación de un militar populista en un jerarca marxista- leninista de la época de la Guerra Fría?

Hay dos razones que explican la repentina "conversión" al marxismo-leninismo del gobernante venezolano, en una época donde ni siquiera tiranos tan salvajes como Lucachensko sustentan públicamente dicha ideología

Una razón, es sin duda, la relación íntima de Chávez con la Cuba de los hermanos Castro.

Siempre Chávez había sido un gran admirador de Cuba. Probablemente le fascinaban el carácter personalista y caudillesco del sistema de dominación cubano, y por supuesto, su extrema militarización. Militarismo y caudillaje son improntas inseparables al "pensamiento de Chávez", en todos sus tiempos. Lo nuevo es que, probablemente aconsejado por el dictador cubano, fue Chávez, al comienzo lentamente, adoptando una estrategia de "toma de poder" muy semejante a la lectura que tiene Castro de "su" revolución. Esa estrategia se basa, en primer lugar en imponer una dicotomía radical: "o nosotros, o el imperialismo", aunando de modo nacionalista a toda la población en contra del "enemigo externo". En segundo lugar, bajo el amparo de un clima de agresión externa, suprimir las estructuras democráticas, militarizar a la sociedad, y tomar el poder en nombre de la defensa de la patria.

Si ese esquema había funcionado en Cuba, debía también funcionar en Venezuela. El problema es que en el cuento que contó Castro a Chávez, olvidó el dictador cubano mencionar un par de "detalles".

El primero es que Castro, para realizar su ruptura con EEUU, entregó totalmente su país a la URSS, es decir, en nombre de la nación, perpetró el acto más antinacional que haya tenido lugar en toda la historia de América Latina. Afortunadamente Chávez no tiene detrás de sí a ninguna URSS a quien vender su nación. En segundo lugar, y este es un "detalle" aún más importante, es que el movimiento castrista surgió en contra de una dictadura, en nombre de la democracia (que después los hermanos Castro traicionaron) mientras que el chavismo se está levantando hoy día no en contra de una dictadura, sino que en contra de un orden –todavía– democrático. Esto significa, que para realizar el plan castrista, Chávez no tiene el apoyo internacional necesario, aunque lo está buscando, uniéndose en un frente internacional con las dictaduras más tenebrosas del mundo. Tampoco tiene, ni mucho menos, la legitimidad democrática (antidictatorial) con la que una vez contó la revolución cubana. Y tampoco puede, por último, exportar una revolución, pues no ha hecho ninguna. Y por si fuera poco, en vez de un Che Guevara a su lado, Chávez tiene apenas a un Maduro, lo que no es mucho. Así, la revolución chavista ha fracasado antes de comenzar.

La segunda razón que explica la mutación ideológica de Chávez y del chavismo, reside en un hecho inocultable. Como todo populismo, el movimiento de Chávez, cuando alcanzó el gobierno, no era principalmente ideológico. Ahí quizás residía su encanto originario. Chávez aparecía como una suerte de anarquista en el poder, y el anarquismo, por su negación de todo orden, siempre es seductor, sobre todo entre sectores desarraigados, como también entre algunos grupos juveniles. Sin embargo, poco a poco comenzó a observarse que el vacío ideológico del chavismo estaba siendo ocupado por antiguos intelectuales, radicalmente sectarios y dogmáticos, no sólo venezolanos, que después de la Guerra Fría habían quedado al margen de cualquiera práctica política real.

Efectivamente, el derrumbe del muro de Berlín no derribó los muros ideológicos que prevalecían en los cerebros de ciertos sectores de la intelectualidad latinoamericana quienes se niegan a pensar que la Guerra Fría, desde donde formatearon todas sus categorías, ha terminado. Pero ese es un tema que habrá que tratar con detenimiento en otra ocasión.

Lo cierto es que muchos "comunistas sin comunismo", se enquistaron rápidamente en el aparato chavista, controlando puestos claves en la organización del movimiento, en el Estado, y en el propio Ejército. Algunos han terminado por convertirse en consejeros del gobernante. En otras palabras, dichas sectas ideológicas, han llevado a cabo, dentro del chavismo, una verdadera "toma interna" de poder. Transformado así, el chavismo, en una organización extremadamente ideologizada, el discurso de Chávez ha dejado de ser un discurso populista, para convertirse, rápidamente, en un discurso rígidamente ideológico.

Ahora bien; con la ideologización extrema del movimiento chavista, ha comenzado el fin del movimiento chavista y el inicio de la construcción de aquello que ya anunció el mismo Chávez: Un Partido Ùnico de Estado, militar y jerárquicamente organizado. Eso quiere decir, y ya algunos chavistas de "la primera hora" lo presienten, es que si Chávez continúa en el poder, el tiempo de las "purgas" y de las "depuraciones" internas ya está programado. Todavía pueden salvarse esos chavistas. Pero eso ya no depende de ellos, sino que, paradojalmente, de la oposición, de aquella oposición que ellos mismos, tozudamente, combaten.

En cualquier caso, la conversión del movimiento social chavista en un partido ideológico, ya es un hecho consumado y prácticamente irreversible. Eso es justamente lo que quiere decir Chávez cuando proclama: "no hay vuelta atrás".

El otro paso que llevará a la destrucción definitiva de la democracia en Venezuela, ya ha sido anunciado también por el propio Chávez. Si Chávez gana las elecciones de diciembre, no sólo constituirá el Partido Único chavista-castrista- leninista (ya la combinación es absurda), sino que además llamará a un referéndum, a fin de que sea erigida una dictadura constitucional (todas las dictaduras son constitucionales). Lo que afirmo no es una interpretación. Todo eso ha sido anunciado por el mismo Chávez. Nadie podrá entonces alegar en Venezuela desconocimiento de causa, si es que todo lo que proclama el supuesto futuro dictador, se convierte alguna vez en realidad. Eso significa, en términos simples: quien vote por Chávez el 3 de diciembre del 2006, votará por una dictadura. No hay como engañarse. A diferencias de Castro, Chávez, no sé a causa de que extraña razón, ha mostrado todas sus cartas.

En la agenda política de Hugo Chávez está escrita la abolición de la democracia, el fin del pluralismo partidario y la instalación de una dictadura militar de larguísima duración. Por supuesto, ello implica la (auto) destrucción del propio movimiento chavista como fuerza social. Eso al menos es lo que ha aprendido Chávez de Castro, quien también destruyó al Movimiento 26 de Julio, y en nombre de la revolución. Quienes se opusieron a esa traición de Castro, fueron enviados a las cárceles y torturados; algunos asesinados. Gran parte de la vieja guardia revolucionaria cubana vive en el exilio.

Pero Venezuela, gracias a Dios, no es Cuba.

La alternativa

Sin embargo, la oposición democrática venezolana ha ordenado sus filas y establecido un ejemplar pacto unitario en torno a la figura política de Manuel Rosales.

El chavismo, subvaloró, evidentemente, las reservas democráticas de la nación venezolana. Los nobles gestos de Petkoff y de Borges, que antepusieron a sus aspiraciones políticas la defensa unitaria de la democracia de su país, no figuraba en los presupuestos del chavismo. Mucho menos figuraba la dimensión política que ha ido alcanzando el nombre de Manuel Rosales. Rosales ha entrado, allí, precisamente, donde Chávez pensaba, eran sus reservas inexpugnables: entre los más pobres del país. Desde Zulia ha comenzado una larga marcha que ya, en avalanchas multitudinarias, desactiva los planes de la cúspide chavista.

La aparición de Manuel Rosales ha desordenado todo el juego de Chávez. Vanos han sido los intentos del ahora poco imaginativo Presidente para presentar a Rosales como un agente de Bush. "Ni Bush ni Castro" fue la respuesta contestaria de Rosales. ¿Quién es efectivamente Chávez para presentarse como nacionalista cuando nadie como él, ha ligado tanto su suerte política a las directivas que recibe desde una nación extranjera, como es Cuba?

Tampoco ha logrado Chávez presentar a Rosales como a alguien "típico" de derecha, sencillamente porque Rosales no lo es. Al contrario, Rosales ha develado el carácter profundamente reaccionario del chavismo. El chavismo, efectivamente, representa un regreso a los tiempos de la Guerra Fría, cuando las democracias en América Latina eran la excepción y las dictaduras la regla.

Rosales ha devuelto a la política venezolana el principio de realidad que parecía haber perdido. Rosales no va a los pueblos a gritar consignas mágicas, ni padece de delirios de grandeza. El escucha a los pobres, y promete realizar lo que considera posible realizar. Terminar con la criminalidad, asegurar las fronteras nacionales, distribuir entre los más necesitados una parte al menos de los ingresos del petróleo, planes de salud, de abastecimiento, de escolaridad, de seguridad, es decir, todo aquello que preocupa a las personas normales de cada país normal. No habla de guerras, ni padece de complejos persecutorios, aunque arriesga mucho más su vida que la del superprotegido Chávez. Promete la reconciliación en una nación dividida en dos partes irreconciliables. Y es escuchado y seguido por multitudes cada vez más grandes.

No faltan por cierto aquellos que piensan, que por el hecho de acercarse al pueblo, Rosales representa un populismo igual al del chavismo originario. ¿Para qué repetir la historia? Se preguntan. La pregunta es válida ¿Es verdaderamente populista Rosales?.

No nos engañemos. Siempre la política en periodos electorales ha sido, es y será populista. Eso ocurre en todas partes; y en Venezuela también. Un candidato que no es populista en las elecciones, nunca ganará. Pero, para los políticos responsables, el populismo termina al día siguiente de la elección. Además, el populismo es un término neutro. Hay diversos populismos. Hay populismos militares, personalistas y fascistas. Hay también populismos democráticos.

Si hubiera que caracterizar de algún modo al movimiento que articula Rosales, habría que decir que se trata en primer lugar de un movimiento democrático. En segundo lugar es popular, y en tercer lugar, es nacional. Es democrático, porque ha surgido para defender a la nación de una ya declarada ofensiva dictatorial. Es popular, porque las reivindicaciones que promete, parten desde los sectores más pobres de la nación. Y es nacional en dos sentidos: porque no representa a una "clase" sino que al conjunto de la nación, y porque no se encuentra ni ideológicamente ni materialmente hipotecado a ningún Estado extranjero.

Rosales, representa, al fin, el regreso de la política, bajo nuevas formas.

Más allá de cualquier resultado electoral, el movimiento unitario, democrático, popular y nacional que representa Rosales, ya ha bloqueado la estrategia antidemocrática del chavismo Todo eso lleva a concluir que el chavismo tiene dos formas posibles de terminar. La primera forma ya está ocurriendo: se trata de la conversión del movimiento originario, en una estructura de poder vertical y militar. La segunda forma, será su desplazamiento del poder político por un movimiento democrático, popular y nacional, que es el que hoy representa el azul de Rosales. En los dos casos, el chavismo, como movimiento social popular, ya está terminado.

Los venezolanos deberán ahora elegir.

El abstencionismo es complicidad.

Y nadie podrá defender su voto sin votar.

Fernando Mires es chileno, Profesor de Política Internacional en la Universidad de Oldenburg, Alemania.





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