Chávez, Castro y el excremento del diablo

Por Venezuela Real - 7 de Noviembre, 2006, 14:48, Categoría: Petróleo/Energía

Antonio Sánchez García
webarticulista.net
03 de Noviembre de 2006

Cuenta una venezolana que estuviera profundamente vinculada al castrismo en los años sesenta que en más de una ocasión, reunidos ella y su esposo francés con Fidel Castro, el comandante les afirmó con absoluta certidumbre que de hacerse con el petróleo venezolano conquistaría no sólo el continente, sino el mundo entero. De allí su encono contra Rómulo Betancourt y Raúl Leoni, que se le interpusieran en el camino, lo aplastaran militarmente y le infligieran la más grave derrota diplomática jamás sufrida por la revolución cubana: su expulsión de la comunidad interamericana, de la que Cuba desde entonces ha estado marginada.

Ya había renunciado al ansiado sueño napoleónico y bolivariano, sobre todo luego de la salida de los soviéticos de la isla, conformándose con una discreta jubilación política, mantenida con los modestos ingresos aportados por jineteras y soneros, secundados por el turismo industrializado de quienes fueran los últimos en perder esa colonia y los primeros en reconquistarla un siglo después con hoteles y casinos: los empresarios españoles. Sin importar si franquistas o socialistas, que a los efectos de la manutención de la ineficiente revolución cubana lo mismo valen Fraga Iribarne que Felipe González. De allí en adelante, Castro se conformaría con servir de atractivo hollywoodense en las cumbres internacionales: un héroe cuaternario, un dinosaurio inofensivo, una especie en extinción.

Las cosas hubieran ido a un menos eclipsal y Cuba sería hoy en día una sub provincia española más digna del África equinoccial que de la América de los trópicos si la genética venezolana no hubiera reciclado un espécimen ya desaparecido de la extinguida fauna de nuestro terciario político: el teniente coronel golpista Hugo Rafael Chávez Frías. Me consta la indignación del castrismo ante los bochornosos sucesos del 4 de febrero de 1992, cuando Fidel Castro, el amigo personal de Carlos Andrés Pérez, creyó que el golpe era de derechas y en Venezuela se reactualizaba el pinochetismo, por entonces en vías de desaparición en Chile y el resto del continente.

La solidaridad de Castro para con su hermano Carlos Andrés Pérez fue inmediata. Perderlo, y con él dejar de contar con el apoyo de César Gaviria, entonces presidente de Colombia, y Felipe González, jefe de gobierno español, significaba quedar absolutamente al arbitrio de los Estados Unidos. Un gobierno militar en Venezuela, pensó con toda razón Fidel Castro, podía reactivar la doctrina Betancourt y terminar por permitir el golpe de gracia con que los americanos miran desde hace medio siglo a la isla: como caimanes en boca de caño.

 Pero tal solidaridad duró tanto tiempo como Alí Rodríguez Araque, “nuestro hombre en Caracas” en explicarle al “caballo” que estaba profundamente equivocado, que Chávez no era de derechas, sino de ultra izquierda. Y que en sus manos estaba no sólo el destino de Venezuela, sino de Cuba y la revolución continental. De pronto, ya en las finales y cuando la muerte asomaba sus colmillos, Fidel Castro se topó de frente con un regalo de los dioses: el petróleo venezolano sí podía estar al alcance de la mano y con él el ansiado sueño de un continente en llamas. “La hora de los hornos” no se había extinguido: la revolución volvía una vez más a golpear a su puerta.

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Todo esto suena tan increíble , tan ajeno a las auténticas pulsiones de la globalización y tan digno de una comedia de enredos, que ni César Gaviria ni Felipe González, que fueran protagonistas de las rocambolescas relaciones de las democracias del hemisferio con “la revolución cubana” en los años de los golpes de Estado de Hugo Chávez, podrían haberle dado crédito. Para ellos la revolución cubana ha sido o la hermana monja o la hermana prostituta, depende del lado político en que se esté: algo fuera de tono, pero que hay que aceptar e incluso auxiliar, porque lleva nuestra misma sangre. En cambio los yankees: ¡vade retro, Satanás! Es más: ni Felipe González ni César Gaviria, ni muchísimo menos Rodríguez Zapatero o Álvaro Uribe, pueden creer al día de hoy que tal cosa pueda ser cierta. Me refiero a que ninguno de ellos, ni Lula, ni Kirchner, ni Michelle Bachelet ni Tabaré Vásquez piensan o creen que Chávez y Castro hayan jurado un pacto de sangre cuyo objetivo esencial consista en usar el petróleo venezolano como un garrote para ir de pueblo en pueblo financiando la desestabilización, promoviendo golpes de Estado o insurrecciones populares o, miel sobre hojuelas, respaldando a quienes se sirvan prestarse al juego de aniquilar las democracias locales a través de la puerta ancha de elecciones democráticas. Para ellos, tales temores son el producto de una enfermedad incurable de origen norteamericano: el derechismo anti comunista. Basura, o, dicho en inglés: ¡bullshit!

Desde luego: ni ellos ni mucho menos José Miguel Insulza, quien coordina sus reuniones en la OEA, creen tal cosa. Insulza ha llegado a tal grado de malabarismo, si no de hipocresía, que resolvió el problema a “lo pillo” chileno. Él, preciado en los pasillos de la politiquería sureña como un “muñequero de altos quilates”, vale decir: un eximio operador político. Ante la comprobada sospecha de la ingerencia de Hugo Chávez en los comicios mejicanos creyó sacársela montando un paquete chileno. Insinuó que tal cosa no podía ser cierta “porque Chávez me dijo durante nuestro último encuentro que no conoce personalmente a López Obrador”. Como si las ingerencias de que se habla fueran encuentros cercanos de la primera fase, sólo realizables luego de abrazos y juramentos de compadritos abrazados pillados in fraganti. Tal cosa es secretario general de la OEA y va a servir de comisario mayor de las elecciones de diciembre en Venezuela.

De allí la desesperación de la oposición venezolana, absolutamente incapacitada para demostrarle al mundo lo que sucede en nuestro país desde hace ya largos ocho años: el asalto alevoso de una mafia castro-fascista, autocrática y militarista, a las instituciones del Estado, la pervertida corrupción a las fuerzas armadas, neutralizadas en su capacidad de garantes precisamente de esa institucionalidad democrática, la conversión de los instrumentos electorales en alcabala al servicio de la entronización del sistema. Y last but not least, el uso inescrupuloso, descarado y alevoso del petróleo como el arma múltiple de control político nacional y de sometimiento de voluntades a nivel internacional.

Es lo que ahora ha quedado de manifiesto con el discurso del presidente de PDVSA y ministro de Energía y Minas Rafael Ramírez, hecho público urbi et orbe gracias a los medios de comunicación venezolanos: el petróleo venezolano está al servicio de la revolución en Venezuela y el mundo. Es un instrumento del terrorismo internacional. ¿Qué dirá ahora José Miguel Insulza? ¿Qué dirán Zapatero y Lula da Silva? ¿Qué dirán Michelle Bachelet y Néstor Kirchner? ¿Qué como ellos no estaban allí, tal discurso no existe? ¡Bullshit!

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Es tal la perversión a que el régimen proto dictatorial del teniente coronel ha llevado las cosas y tan inerme el estado de nuestra institucionalidad democrática, que las máximas autoridades de gobierno han brincado en respaldo de las palabras del ministro: nada más y nada menos que el vicepresidente de la república ha dejado en claro que no se trata de un error de apreciación, de una manipulación de los medios, de un hecho específico que debe ser corregido. En absoluto: la cosa es así. Gústele a quien le guste. El petróleo venezolano no le pertenece a los venezolanos, no es un bien de la Nación: es un instrumento político al servicio de la parcialidad que se ha apoderado del poder, será utilizado para su entronización y servirá a la instauración de la revolución bolivariana en todo el mundo: en Bolivia o en Irak, en México o en Palestina, en Corea del Norte o en Ecuador, poco importa. A los efectos: se trata de usar un medio vital para la supervivencia de la humanidad como instrumento de manipulación político-militar y financiera. El petróleo venezolano se encuentra en manos de un gobierno que lo usará para tomarse el poder y destruir la democracia allí en donde las condiciones lo permitan. Comenzando por Bolivia. Terminando en donde sea necesario. Fidel Castro puede morir en paz.

Así, al universalizado concepto de narco-guerrilla habrá que agregar el de petro-terrorismo. Los efectos internos no pueden ser más calamitosos: el régimen se sostiene exclusivamente por el uso de los ingresos de ese instrumento, gracias al cual ha terminado por dominar al Estado y todas sus instituciones: desde el Tribunal Supremo de Justicia hasta la Asamblea, desde la Contraloría hasta la Fiscalía General de la República, desde el Consejo Nacional Electoral hasta la Defensoría del Pueblo. PDVSA, el arca de la Nación, “es toda roja, es rojita”.

Se entiende que la letrina mediática del régimen haya saltado a reivindicar la siniestra declaración de principios del ministro Ramírez en un gesto del fascismo más puro y duro. Goebbels tropical. Se entiende que el vicepresidente de la república haya seguido la pauta sin que se le arrugue el semblante. Él, el gran cara dura del sistema. Se entiende incluso que Hugo Chávez se quite por un momento la hipócrita careta candidatural  y muestre la odiosa verdad de su terrorismo petrolero. Lo que todavía está por entenderse es qué piensa de este discurso, de esta pavorosa realidad y de este futuro que nos espera y ya está cumpliéndose gracias al “excremento del diablo” aquella porción de la institucionalidad Estatal que debiera permanecer fiel a los predicados constitucionales, violentamente aplastados por las palabras y los actos del presidente de PDVSA, por el vicepresidente de la república y por todas aquellas autoridades que aplauden o guardan silencio. Nos referimos a los jueces y a los soldados de la república, a la Justicia y a la Fuerza Armada Nacional, en la letra de la ley garantes de la constitución, la justicia, la democracia y el orden.

¿Puede haber elecciones limpias, legales y transparentes con el petróleo al servicio del régimen, del presidente y del candidato? ¿Puede haber democracia? Ellos tienen la palabra.





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