Debates TV

Por Venezuela Real - 7 de Noviembre, 2006, 15:42, Categoría: Electorales

Rafael Arráiz Lucca
El Nacional
06 de Noviembre de 2006

El 22 de noviembre de 1952 salió al aire el canal 5, con el ingeniero Armando Enrique Guía como jefe de operaciones. Un año después comenzaron a transmitir el canal 4, Televisa, con el entusiasmo de Gonzalo Veloz Mancera a su favor, y el canal 2, RCTV, con la familia Phelps calentando los motores. El uso del ámbito televisivo como espacio para el debate político en Venezuela comenzó luego, a principios de los años sesenta. Entonces contó con el protagonismo del primer intelectual que se tomó en serio el medio: Arturo Uslar Pietri. No presencié aquel debate entre Juan Pablo Pérez Alfonzo y Uslar sobre el tema petrolero, que he leído muchos años después, ya que el más lejano recuerdo que tengo de mí viendo televisión es el de los funerales de Juan XXIII, en junio de 1963.

Luego debatieron el mismo Uslar y el ya entonces recurrente candidato Caldera, y más tarde un sofista de primer orden, Arístides Calvani, y el empresario Ramón Díaz. En la campaña electoral de 1968 no hubo debates, pero pesaron mucho las entrevistas que hizo Renny Ottolina al mediodía, en aquella época en que la gente podía ir a almorzar a su casa. En especial la que sostuvo con Miguel Ángel Burelli Rivas, en la que ambos conmovieron a la audiencia. En las elecciones de 1973 Carlos Andrés Pérez y Lorenzo Fernández no debatieron, tampoco lo hicieron Luis Piñerúa Ordaz y Luis Herrera Campíns en 1978. Si se batieron a duelo verbal en 1983 Rafael Caldera y Jaime Lusinchi y, entonces señalaron las encuestas, que había ganado Lusinchi, desde siempre dueño de una simpatía que estaba conectada con el venezolano. Recuérdese que ningún otro Presidente de la República ha dejado la silla de Miraflores con mayor índice de popularidad que este médico, ahora retirado de la vida pública.

En las elecciones de 1988 Eduardo Fernández y Pérez no debatieron, tampoco lo hicieron ninguno de los cuatro candidatos que recibieron el favor de los electores en 1993: Caldera, Fermín, Velásquez y Álvarez Paz. En las elecciones de 1998 el candidato Hugo Chávez buscó un duelo con Miss Universo, la alcaldesa Irene Sáez, pero ella no aceptó el reto. La nómina de debates televisivos en otros países es abultada, pero conviene señalar el de Kennedy y Nixon, que dejó muy mal parado al segundo; el del viejo Bush y Clinton, que favoreció al esposo de Hillary y, más recientemente, el de Humala y García, que terminó de afectar a Ollanta y consolidar a García; y el de Lula y Alckmin, que fue un ejemplo de dureza en los planteamientos, pero de buen trato entre los contrincantes.

Un debate siempre es conveniente, ya que es una práctica democrática. Es pedagógico y, sobre todo, demuestra consideración con los electores, les facilita su decisión. Incluso más: debe ser práctica en la docencia en todos los niveles, de manera de despertar y estimular los resortes críticos. Es una lástima que dejaran de hacerse en Venezuela, no sólo en el terreno electoral sino en el de las políticas públicas, como aquel entre Uslar Pietri y Pérez
Alfonzo sobre el tema petrolero.

Los argumentos que expresan los seguidores de Chávez para desatender la invitación de Rosales a debatir no son convincentes.

Recurren a una descalificación del retador, como si calibrar las propuestas de uno y otro no fuese tarea del espectador del debate.

Recurren a un prejuicio: vieja práctica de la izquierda premoderna. Lo que ellos sentencian antes, pues déjenselo a quien observa la contienda de ideas y proposiciones, así como de evaluaciones de lo hecho o de lo dejado de hacer. Hay una incongruencia de mucho bulto entre retar a Irene Sáez en 1998, y no aceptar el reto de Rosales en 2006. Pero no deja de ser extraño que un hombre de talante tan contencioso como Chávez no quiera carearse con su adversario político. Algo raro hay en esta negativa.

Enriquecería muchísimo el debate político venezolano que las discusiones se centraran en temas de políticas públicas, pero es una vieja práctica de Fidel Castro recurrir a la falacia ad homine. Es decir, descalificar al contrario, sin entrar a debatir lo que propone. En otras palabras: la negación del diálogo, la imposición de la violencia. No quedará nada de la lluvia de insultos con que Castro anega a sus enemigos, y sí sobrevivirá el recuerdo de un dictador que sumió a su país en la miseria, que les privó de uno de los derechos individuales fundamentales: la libertad, y un sucedáneo de esa condición: la posibilidad de ser propietario.

Una comunidad política es naturalmente dialogante y pacífica. Cuando no es así, tarde o temprano desemboca en una encrucijada de violencia o, en el mejor de los casos, el paso a retiro de los oficiantes violentos. ¿Hacia allá vamos?





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