El debate como metáfora boxística

Por Venezuela Real - 8 de Noviembre, 2006, 13:02, Categoría: Electorales

Ignacio Avalos Gutiérrez
El Nacional
08 de Noviembre de 2006

El debate entre candidatos presidenciales es una metáfora política del boxeo. El escenario trata de remedar al cuadrilátero. Los rivales son pugilistas envueltos en saco y corbata que se pegan con la palabra. El moderador busca que no haya golpes por debajo del cinturón y administra las reglas del evento. El público liga que se produzca el nocaut.

El problema, y esa es la única diferencia con el pugilismo, es que no hay jueces que decidan quién fue el triunfador. La victoria es cuestión de subjetividades: siempre gana aquél que uno prefiere. No se convence a los partidarios del otro.

II
Por lo general, pues las excepciones existen, no queda bien visto que un candidato se niegue a ir a un debate. Arroja dudas respecto a sus condiciones para ser presidente. Da pie, incluso, para que se cuestione su hombría. Es que el machismo se nos cuela por el lugar menos pensado. Por eso se trata de cobarde al que rehuye plantarse frente a las cámaras. Arrugó, dicen. Es un culilludo, rematan.

Cómo va a dirigir el país alguien que tema un debate. En algunos casos recientes del continente así ocurrió. Sin ir muy lejos, López Obrador venía galopando los comicios mexicanos hasta que, por pura arrogancia (puro miedo señalaron sus contrarios), se negó discutir. A partir de allí empezó su calvario. Otro tanto se dice de Lula, negado para el debate con Alckmin durante la primera vuelta.

III
Pero, claro, la cosa no es tan así. Como en el boxeo, el que pretende un debate lo hace para "rankearse". El que va a la cabeza en las encuestas, sobre todo si los puntos de diferencia son muchos, no suele mirar con agrado una disputa de esta naturaleza. Tiene poco que ganar y mucho que perder, al revés del retador: éste puede sacar un gancho de izquierda sorpresivo y ceñirse la corona de campeón. No es probable, pero sí posible.

El debate se realiza, se alega, para determinar quien tiene en su cabeza la mejor idea del país deseable y las mejores maneras de irlo haciendo posible. Para conocer quien tiene mejor criterio político decidir. Determinar quien tiene cuenta con el mejor talante para crear consensos. Sentir, pues, en manos de quien estaría mejor conducida la sociedad. El asunto es que pocas de estas cosas salen a relucir en una polémica televisada. En efecto, el debate es un espectáculo mediático y tiene lugar según sus códigos. Así, en el lenguaje de la televisión una corbata bonita, verde con pintas amarillas, puede significar más que una buena idea. Una ocurrencia a tiempo más que un buen argumento. Así mismo, el aplomo puede compensar la ignorancia. La sonrisita irónica cualquier error grueso. Es que la apariencia, o sea la imagen, es lo que importa. En este contexto, no se mide ni se pesa lo que hay que medir y pesar, esto es, los ingredientes --y su combinación-para que alguien pueda considerarse como un buen presidente.

Todo queda reducido a un juicio sobre la retórica.

Es como si a un pugilista lo valoráramos por la manera como lleva a cabo su rutina de boxeo de sombra.

IV
Pero, además, afirman los que saben, los debates los pautan, no tanto los candidatos como sus asesores. Los que fijan las condiciones de la discusión: temas, tiempos, moderador, en fin, cada detalle del formato. Los que establecen, por otra parte, la estrategia que debe adoptar el orador: cómo moverse en el ring, cuándo golpear a la zona media, como perseverar en el ataque a la ceja abierta y sangrante. Los asesores, por último, que, al margen de cómo haya transcurrido la polémica, tienen preparada para el mismísimo día siguiente una copiosa propaganda exaltando el triunfo apabullante de su "pupilo".

VI
A pesar de todo lo anterior, es decir, de que los debates no sirvan del todo para lo que se dice que sirven, la controversia entre Rosales y Chávez debe tener lugar. Es conveniente, casi diría necesario, para un país tan fracturado como el que hoy en día tenemos entre manos. Un país que se cree dos países, los cuales no se hablan ni siquiera para saber cuál es el alcance de sus discrepancias, ni intentan averiguar si puede haber alguna coincidencia.

En estas circunstancias, el debate sería un gesto dirigido a recordar el hábito democrático de reconocer al otro y convivir con él. El imprescindible hábito democrático de conversar y escuchar, de airear las discrepancias y comparar las ideas. De calibrar puntos de vista sobre la sociedad. Por eso, al margen de la estrategia electoral de cada cual, el debate bien vale la pena como gesto republicano.

Un gesto que los venezolanos nos debemos desde hace un buen tiempo. Un gesto que, sin duda, nos haría mucho bien a todos.







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