Cuando los alfiles saltan como caballos

Por Venezuela Real - 13 de Noviembre, 2006, 18:06, Categoría: Política Nacional

SIMÓN ALBERTO CONSALVI
El Nacional
12 de Noviembre de 2006

"Qué dirían si me oyeran hablándole a los militares"
Presidente Hugo Chávez, 3 de noviembre de 2006


La democracia se parece al ajedrez. No se pueden violentar sus reglas. No puede un alfil saltar como un caballo, ni una torre o un peón cruzar el tablero como el alfil. Cuando se violan sus reglas, la democracia deja de existir. Es lo que está sucediendo ahora en Venezuela. El Presidente de la República proclama a todos los vientos que "el Ejército venezolano es un ejército rojo". No el de la antigua (y derrumbada) Unión Soviética, sino el de la patria de Bolívar, "el Ejército forjador de libertades", (como se reitera en las grandes ceremonias), "el Ejército patriota", el heredero de Carabobo y de tantas batallas que culminaron en la Independencia. Durante cincuenta años, el régimen democrático se esmeró en crear unas Fuerzas Armadas institucionales, rescatadas de lo que habían sido en la época de Juan Vicente Gómez. Fue lo que se propuso el general López Contreras desde 1936, lo que a su modo quiso hacer el general Medina Angarita.

Los presidentes civiles que conquistaron el poder desde 1959 y gobernaron hasta 1999, optaron por esa misma doctrina: el apoliticismo de las Fuerzas Armadas. La Constitución de 1961 consagró esos principios como un fundamento de la democracia, y como una garantía de permanencia de los propios militares, porque sin institucionalidad sus integrantes estarían condenados al azar de los vaivenes políticos, y porque sin institucionalidad no habría tampoco democracia posible. No podía concebirse alternabilidad democrática en el poder sin el apoliticismo militar, porque quien controlara las Fuerzas Armadas terminaría dictando la ley. Fue lo que ocurrió en el siglo XIX. Fue la razón del poder de los caudillos, los "ejércitos personales" que todo lo dirimían a través de la fuerza, en las guerras civiles incesantes, tan impropiamente llamadas "civiles", cuando eran la negación de toda civilidad.

Así terminó, en 1835, el coronel Pedro Carujo con el gobierno constitucional del primer presidente civil de Venezuela, el doctor José María Vargas.

Pasaron cincuenta y tantos años para que otro civil volviera a ocupar la Presidencia. Cuando lo hicieron, siempre de manera efímera, (Rojas Paúl, Andueza Palacio, Andrade), alguna espada estaba detrás. Esa es la historia del siglo XIX. La del XX no se salvó del militarismo al servicio de un caudillo; primero Cipriano Castro, y, luego, por casi tres décadas, Juan Vicente Gómez. En total, los primeros 35 años del siglo XX. Gómez fue presidente de la República todo el tiempo, durante 27 años, pero unas veces dejaba el Poder en manos de un civil que asumiera las monotonías del protocolo, mientras él en ningún momento dejó la Comandancia General del Ejército. Era un ejército pretoriano, personal, el brazo armado de la dictadura. Eso fue lo que desarmó López Contreras, quien, en cierta ocasión, fue amenazado de derrocamiento.

Décadas después, el general Marcos Pérez Jiménez quiso eternizarse en el poder, y pretendió llamar a su gobierno "el régimen de las Fuerzas Armadas". Cayeron sobre los militares las responsabilidades de un mal gobierno. No gobernaron las Fuerzas Armadas, quien gobernaba era el dictador.

Quiso, al final de su decadencia, que las Fuerzas Armadas dieran la cara por su régimen. Que el fracaso en los votos y en las truculencias del plebiscito fuera enmendado por las Fuerzas Armadas. Entonces ocurrió la ruptura. El derrumbe. Eso es lo que sucede cuando los alfiles saltan como caballos.

Ahora, a veinte días apenas del 3 de diciembre, el Presidente de la República y candidato a la reelección le envía un mensaje a todos los venezolanos: proclama que "la Fuerza Armada es roja". No se necesita ser Pico de la Mirándola para entender lo que alienta detrás de esas palabras. Es muy simple.

La Fuerza Armada es roja como Petróleos de Venezuela es roja. Es decir, es un bastión de la revolución bolivariana. Un instrumento armado del "socialismo del siglo XXI". Como en el siglo XIX, han vuelto, pues, a ser un ejército personal. Como el del general Guzmán Blanco, como el del general Monagas, como el del general Crespo, como el del general Castro, como el del general Gómez. La lectura de este mensaje abierto es elemental: quien no disponga de un ejército personal está perdido. La Fuerza Armada tiene nombre propio. No estamos en el siglo XXI, estamos en el siglo XIX. Al referirse a la Fuerza Armada Nacional, la Constitución de 1999, aún vigente, consagra: "En el cumplimiento de sus funciones, está al servicio exclusivo de la Nación y en ningún caso al de persona o parcialidad política alguna". Con razón, la Constitución, ya moribunda (como todas las constituciones para quienes no creen sino en su ley), ya no se menciona. Es un estorbo.

¿Qué se pretende con una proclama semejante? ¿Aterrar, asustar, intimidar? Tal vez. Pero también puede ocurrir que sea expresión de un cierto nerviosismo que se ha apoderado del Gobierno y de sus portavoces más persistentes o más visibles. Están nerviosos y no pueden disimularlo. Al hombre todopoderoso y blindado, amo de la Fuerza Armada Roja, FAR, se le opone un hombre solo. Ese hombre solo va al estadio universitario a ver el juego de los Navegantes del Magallanes contra los Leones del Caracas. No mueve los brazos como aspas ni busca aplausos repartiendo sonrisas. Es un hombre solo en medio de la muchedumbre. La muchedumbre lo celebra. El coro de las voces retumba sobre el aire de Caracas: Atrévete. Algo está pasando en Venezuela.






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