Vargas Llosa: ‘Hugo Chávez es el gran desestabilizador’

Por Venezuela Real - 13 de Noviembre, 2006, 16:08, Categoría: Prensa Internacional

Alfonso Armada
ABC - Madrid
11 de Noviembre de 2006

Mario Vargas LLosa, el escritor peruano, es entrevistado hoy en el diario español ABC y allí analiza el resultado de las elecciones en EE.UU. y el estado actual de la democracia en América. En relación a América Latina, dice que “hay un rebrote del populismo estimulado en gran parte, o financiado por Hugo Chávez, que es el gran desestabilizador que opera hoy en América Latina. Pero tampoco hay que ser tan pesimistas como para pensar que esa batalla se perdió”.

Arboles desnudos y una alfombra de hojas todavía encendidas con una gama de amarillos que hace más transitables los senderos y más luminosa la capa cenicienta del cielo, conducen al Intercultural Center y al piso donde se encuentra el Departamento de Español de la acogedora universidad de Georgetown.

Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936), ciudadano peruano y español que se empapa de los mundos en los que vive y de los que imagina, recibe con un calor que hace que su interlocutor se sienta en una casa de palabras que brotan de la boca del escritor de «Travesuras de la niña mala» con una candela brillante.

El novelista, dramaturgo, ensayista y últimamente actor, enseña durante un semestre a veinte alumnos un curso que es una inmersión en la obra de Juan Carlos Onetti.

Habla de las últimas elecciones que han dado un vuelco en la sociedad estadounidense, y de las pasiones de un liberal que cree por encima de todo en las virtudes de la sociedad abierta, que celebra: «La sociedad norteamericana es mucho más abierta que la europea, y por eso absorbe mucho mejor a los emigrantes». Le gusta Washington, donde ha pasado muchas temporadas, más ahora «con una vida cultural que no tenía y al mismo tiempo te permite vivir una vida tranquila, que resulta imposible en Nueva York, porque vivir en Babilonia, aunque es maravilloso, tiene sus inconvenientes».

—¿Es Estados Unidos un país eminentemente conservador?
—No, es una sociedad muy abierta en la que hay expresiones muy distintas, desde una tradición conservadora, religiosa, hasta arcaica, muy enraizada, sobre todo en el mundo rural, provinciano. Y hay un Estados Unidos urbano —que ya no se circunscribe sólo a la costa Este— que es por el contrario muy liberal. Esa combinación crea una sociedad que se adapta muy rápidamente a las nuevas circunstancias, y además le da una gran estabilidad gracias a ese mundo tradicional y prudente que no quiere responder ciertos ritos. Es una sociedad que tiene un gran vitalidad y comparada con Europa mucho más abierta y adaptable a las nuevas circunstancias. Yo lo veo sobre todo con la emigración. Aunque también tenemos una cierta paranoia, el porcentaje es muchísimo menor que en Europa, pues la sociedad absorbe mucho más rápidamente a sus emigrantes porque es mucho más abierta. A mí me interesa mucho lo que pasa con los «hispanics». Me parece extraordinario que sin conocer el idioma y con una educación muy precaria, la rapidez con la que se acostumbran a vivir y aprovechar el sistema estadounidense. Y como no es un sistema que incentive la dependencia, en seguida hay estímulos para abrirse camino. Es interesante que haya varios millones de musulmanes muy bien integrados.

—¿Se sienten americanos?
—Se sienten americanos. El martes salió elegido por primera vez un candidato musulmán para la Cámara de Representantes. Es un síntoma de una sociedad abierta y de las posibilidades que tiene para asimilar la emigración. Otra cosa es vivir con la paranoia de que los emigrantes nos van a quitar el trabajo e introducir la disgregación social. Son disparates, simplemente no es verdad.

—Si se pusiera en la piel de Tocqueville, ¿cómo vería hoy la democracia en América?
—Sólida, viva, dinámica. El Apocalipsis del 11 de septiembre provocó unas iniciativas muy peligrosas para la institucionalidad democrática. Hay muchas cosas que criticar, la Patriotic Act, Guantánamo, Abu Grahib… Eso son fenómenos lamentables, peligrosos, pero lo interesante es que eso ha generado críticas tan fuertes tanto en Estados Unidos como entre sus enemigos y, aunque no todos, desde luego, algunos, por lo menos, se han corregido.Hay varias disposiciones judiciales que me parecen antidemocráticas, pero ya son objeto de crítica en el país; es muy interesante la formidable capacidad de autocrítica que tienen los estadounidenses, muy notable, algo que en Europa, donde el antiamericanismo es tan ciego, no se tiene en cuenta. Pero si hay una sociedad que se despelleja a sí misma con verdadera ferocidad, es Estados Unidos. Y la prueba ha sido la última campaña electoral.

—¿Cómo interpreta la recuperación demócrata de la Cámara de Representantes, del Senado, los avances entre los gobernadores?
—Creo que es una respuesta a la guerra de Irak, que con mucha razón se ha convertido en una guerra impopular, porque el grueso de la opinión pública no ve progresos, sino una especie de archipiélago del que Estados Unidos no sabe cómo salir. Pero sería ingenuo pensar que por ganar los demócratas las tropas vayan a volver inmediatamente de Irak, pues eso sería una irresponsabilidad que los demócratas no quieren. Los demócratas desean el poder, y saben que sacar las tropas sería condenar a Irak al caos más absoluto. Quizá regalárselo a organizaciones terroristas, al Irán de los ayatolás… un país que es central en la región. La salida tiene que ser gradual y nadie tiene la fórmula mágica.

—¿Se podía haber hecho la guerra de otra forma? ¿Puede una superpotencia implantar la democracia?
—Hay muchos casos en los que la democracia no surgió de dentro, sino que vino de afuera y con la ayuda de un ejército extranjero; Alemania, Japón… que hoy son democracias muy sólidas. Desde luego que no es el modelo recomendable. Lo ideal sería que la democracia surgiera desde dentro. Creo también injusto decir que hay países que están vacunados por naturaleza o religión contra la democracia. Eso no es verdad. Valgan de ejemplo países sin tradición democrática como Corea, Taiwán o Japón. La historia confirma que la mayoría de los países no tienen tradición democrática y democracias muy estables y firmes, tienen una tradición democrática muy delgada, como España. Y si en España fue posible, si fue posible en varios países latinoamericanos, ¿por qué no en Oriente Medio?

—¿Es George W. Bush un epifenómeno, un síntoma? ¿Qué impresión tienen de él?
—Siempre estuve en su contra. Me pareció una figura mediocre, un personaje artificialmente convertido en líder del Partido Republicano. Pero en Estados Unidos el sistema es muy fuerte, tiene unos mecanismos de corrección que son los que le han dado su estabilidad democrática. Recuerde que Estados Unidos es uno de los pocos países que no ha conocido dictadores. Ha tenido épocas muy negativas con una democracia muy recortada y disminuida, pero no ha tenido dictaduras. Eso indica que los mecanismos de corrección del sistema han funcionado, y esperar que estas elecciones conduzcan hacia el pragmatismo. El país vive una situación muy curiosa, porque al lado de esos terribles problemas de Irak y la proliferación de armas nucleares, la sociedad, económicamente, es muy sólida, boyante, adaptada a las nuevas realidades, con un nivel de desempleo menor del 5 por ciento. El mundo empresarial ha tenido unas crisis terribles, que han enviado a la cárcel o a los tribunales a ejecutivos y empresarios de altísimo nivel, y eso no la ha debilitado para nada.

—¿Cree que el siglo XXI arrancó el 11-S? ¿Qué papel juega hoy el miedo en la política?
—Sin ninguna duda, es una de las consecuencias del 11 de septiembre. El miedo ha pasado a ser factor central de la vida política, no sólo de EE.UU. sino de todo Occidente. Creo que ese miedo está justificado, porque hay una realidad: el terrorismo tiene una capacidad de destrucción gracias a la fantástica evolución de la tecnología, que además las pone al alcance de muchas organizaciones terroristas como es el caso de Al Qaida. Lo malo es que el miedo muchas veces nos lleva a actuar de manera irracional, y eso es lo que hay que impedir. Lo ocurrido el 11 de septiembre en Nueva York y el 11 de marzo en Madrid se puede repetir. Sería una ingenuidad pensar que esa batalla está ganada.

—¿Volvería a meterse en un zafarrancho electoral como cuando intentó ser presidente de Perú, o quedó curado de espantos?
—No, siempre dije que ésa era una experiencia única dictada un poco por las circunstancias más que por vocación. Pero eso no significa que vaya a jugar al avestruz y no quiera volver a hablar de política. En absoluto, hay que hacer política, cada uno hace la política que está a su alcance y por eso escribo artículos, doy conferencias o participo en el debate cívico, que creo que es lo que debe hacer un escritor. Pero participación política directa no. Eso fue algo excepcional.

—¿Está América Latina enferma de populismo?
—Hay un rebrote del populismo estimulado en gran parte, o financiado por Hugo Chávez, que es el gran desestabilizador que opera hoy en América Latina. Pero tampoco hay que ser tan pesimistas como para pensar que esa batalla se perdió. Hugo Chávez ha tenido victorias relativas en Bolivia, en Nicaragua. Pero también derrotas considerables en el Perú, en México, en Ecuador. Sus victorias, incluso, habría que ponerlas entre comillas, porque hasta Evo Morales ha tenido que dar marcha atrás en muchas cosas, como la nacionalización de los hidrocarburos, pues la realidad ha demostrado que era una utopía. Lula no está en la línea chavista, ni Uruguay. Daniel Ortega se ha convertido al catolicismo, oye misa todos los días, se ha aliado con los contras y con el sector más corrompido del partido liberal, con Alemán, nada menos. Tengo la impresión de que la revolución no la va a hacer desde su gobierno. A pesar de que es verdad que hay un rebrote del populismo, los mecanismos democráticos resisten bastante bien. Por eso pienso que la batalla no está perdida ni mucho menos.

—¿En qué medida los grandes medios de comunicación de masas agudizan o distorsionan la percepción del mundo?
—Mientras haya pluralismo informativo los excesos pueden contrarrestarse, que es un poco lo que pasa en las sociedades abiertas. Desgraciadamente no puedo decir de ninguna sociedad en la que el periodismo sea modélico. En periodismo, el amarillismo es mucho más grave que la unilateralidad política, el sectarismo o el fanatismo. Este fenómeno ha tomado en cierta forma el control de muchos medios de comunicación, incluso de los considerados serios, que no han podido evitarlo por razones de supervivencia, de competencia, de mercado. Pero mientras se mantenga la sociedad abierta y no haya monopolio, la libertad es una garantía de que dentro de la controversia, la verdad puede aparecer. Pero el empobrecimiento del nivel ético y cultural de los grandes medios de comunicación es un fenómeno cultural gravísimo de nuestro tiempo. Aunque con algunas excepciones, hay un sensacionalismo, una predisposición a buscar lo llamativo, cuando no lo escandaloso, y, en función de eso, orientar la información y la opinión, y eso es una manera de deformar la realidad.

—¿Sigue pensando que el izquierdismo es una enfermedad pasajera, como la adolescencia?
—Depende qué izquierda. Hay una que yo respeto mucho, una izquierda democrática. En muchos aspectos coincido con muchas posiciones de izquierda. Pero no cuando la izquierda ataca el mercado o la empresa privada —que yo defiendo— porque los considero inseparables de la democracia. Hay muchos elementos que no pertenecen sólo a los conservadores. Yo defiendo el Estado laico, estoy en contra de la represión de las drogas, de la represión del aborto. Estoy a favor de la eutanasia, de los matrimonios gay, de cosas que se supone que son de izquierdas…

—Es usted un liberal británico.
—Es exactamente lo que soy y lo que trato de ser combatiendo la tradición de la que formo parte, que no es nada liberal.

—¿Y en qué medida se ha temperado su liberalismo sobre la capacidad del mercado para solucionar los problemas del mundo?
—Nunca he creído que los problemas universales los solucione el mercado, y ningún liberal que yo conozca y respete cree en semejante disparate. El mercado sirve para distribuir recursos, para hacer progresar económicamente una sociedad. Pero el mercado es un mecanismo ciego que no resuelve los problemas culturales o éticos de una sociedad. Por eso es muy necesario que para que el mercado funcione haya una justicia digna de ese nombre, independiente, eficaz y equitativa. Ésa es la primera regla que defiende un liberal sobre el mercado. No hay mercado que funcione sin democracia, sin legalidad, sin libertad. La existencia de un mercado no resuelve el problema de una educación, de una cultura, y esos son aspectos del desarrollo que la visión puramente economicista de algunos economistas liberales ha olvidado y por eso los liberales tenemos tan mala prensa.

—¿Le parece sostenible nuestro modo de vida? ¿Le parecen catastrofistas los informes sobre el cambio climático?
—No. Creo que hay un fondo de verdad, desde luego, pero también en ese campo hay dogmatismo y fanatismo. Hay una irresponsabilidad generalizada tanto en el mundo democrático como en el no democrático sobre la defensa de los recursos naturales y el medio ambiente. Desgraciadamente esta preocupación es aún muy reciente y no ha enraizado, pero es una problemática que debe formar parte de la agenda política, en la que todavía ocupa un lugar muy secundario.

—¿Comparte la idea de que el español se convertirá en parte del espinazo cultural de EE.UU. o quedará relegado si se reduce la llegada de inmigrantes hispanos?
—No, no se va a reducir esa llegada, o sí lo hará, pero sólo cuando América Latina se convierta en un continente próspero y moderno. Mientras no lo sea, no. Eso es una ilusión, y no hay muros que puedan atajar la emigración.







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