El comienzo del fin

Por Venezuela Real - 20 de Noviembre, 2006, 18:24, Categoría: Política Nacional

TULIO HERNÁNDEZ
El Nacional
19 de Noviembre de 2006

Unos meses atrás, en un encuentro internacional, le escuché decir a un alto funcionario del gobierno de Michelle Bachelet, un antiguo militante del Partido Socialista, una frase que todavía retumba en mi memoria. "En Chile", dijo con voz parsimoniosa, "sólo pudimos salir de Pinochet cuando dejamos de actuar desde la rabia, nos dimos cuenta de la magnitud de la tragedia que atravesaba la nación, y nos pusimos a hacer política serenamente y a largo plazo".

Viene a colación la frase porque creo entrever en la manera como los diversos sectores de oposición han asumido la candidatura presidencial de Manuel Rosales, en el paulatino y sensato abandono de las posiciones abstencionista por parte de la suicida minoría de dirigentes en su mayoría asociados históricamente a Acción Democrática y Copei, y en la manera misma como el candidato zuliano ha ido asumiendo con entusiasmo y arrojo un liderazgo persuasivo y persistente en los cortos meses en los que se ha realizado la campaña electoral, una convicción análoga a la de los chilenos: sólo saldremos de Chávez y su proyecto populista, autoritario, antidemocrático, militarista, armamentista, segregacionista y belicista cuando comencemos a actuar desde un lugar distinto al de la rabia, la tozudez y la impaciencia.

No es que piense que Chávez sea una réplica de Pinochet. Obviamente no lo es. Pero a estas alturas del proceso, cuando le hemos visto actuar por un espacio de ocho años desde la presidencia de la república, ya le conocemos lo suficientemente bien como para no tener duda alguna sobre el carácter eminentemente autoritario de su persona y su proyecto político y sobre la amenaza que su continuidad en el poder representa para la convivencia pacífica, la vida democrática y la estabilidad política de la nación.

Sólo un militante chavista víctima de la autohipnosis puede pensar lo contrario. Quien vote por Chávez, si no quiere pasar por hipócrita o por ingenuo, debería tener claro que está votando, primero, por un autócrata que --según el mismo lo ha declarado sin pudor alguno-aspira a reformar la Constitución para gobernar como Juan Vicente Gómez hasta 2026. En segundo lugar, por un concentrador del poder que, siguiendo los más anacrónicos manuales del peor marxismo estalinista, ha propuesto -también pública e impúdicamente-la tesis de la creación del partido único, ante la cual ninguno de sus seguidores, salvo que se sepa Rigoberto Lanz, ha expuesto la más mínima disidencia. Y, en tercer lugar, por un hombre que ha degradado las fuerzas armadas convirtiéndolas --como también lo confesó en los días de la polémica por el discurso proselitista del ministro Ramírez en Pdvsa-en un apéndice del proyecto político bolivariano y no en la fuerza de seguridad de la nación.

El problema con Chávez no es que esté a la cabeza de un mal gobierno, que lo está. Pero malos gobiernos hemos tenido a montones y el país nunca estuvo en la zozobra del presente. El problema con Chávez es que estamos ante un proyecto político que no contempla ni remotamente la posibilidad de la alternancia. Que como el programa del general Marcos Pérez Jiménez, se ha fijado metas de continuidad en el poder a partir de la creencia -de nuevo la autohipnosis-de que las grandes metas de transformación del país sólo podrán alcanzarse si son dirigidas por el autócrata gobernando sin interrupción y sin disidencias por un mínimo plazo de tres décadas. Y esa sola idea es una amenaza para todos, incluyendo a sus seguidores.

Desde esa perspectiva es que debemos calibrar el significado del momento político actual que podríamos calificar como "el comienzo del fin del chavismo". Cualquiera que sea el resultado definitivo de las elecciones del 3 de diciembre, gane Chávez o Rosales, estaremos frente a una derrota absoluta o relativa para el grupo en el poder. Entre otras cosas porque si Rosales gana las elecciones, que según las tendencias de opinión visibles en las encuestas es una posibilidad no tan remota, dada la actual coyuntura internacional, le resultará muy difícil a Chávez y su entorno negarse a entregar el poder. Pero si Chávez gana en buena ley, cosa que también, hay que aceptarlo, es posible, se tratará de una victoria pírrica pues quedará con plomo en el ala tanto por el reducido número de votos que obtendrá con relación a la publicitad meta de "diez millones por el buche" como por el elevado número de votos que, de confirmarse la tendencia de reducción del abstencionismo, obtendrá la candidatura de Rosales constituyéndose en una voluminosa fuerza que debe actuar de inmediato como muro de contención del proyecto autoritario.

Y es allí donde las fuerzas democráticas del país --haciendo caso omiso del empecinamiento de la dirigencia adeca-deben concentrar toda su voluntad para convertir la intensa movilización electoral lograda alrededor de la figura unitaria de Manuel Rosales en una energía política más permanente que apunte a un tipo de militancia y de organización combativa, dedicada y, como anuncian los tiempos, sacrificada, capaz de hacer frente hasta derrotarla a la inmensa voluntad política y obsesión de poder que moviliza a Hugo Chávez y el proyecto bolivariano.

Para que así suceda es prioritario que las fuerzas democráticas se deshagan de algunas creencias que hasta ahora no han hecho otra cosa que debilitar su acción y se apropien de otras que le han hecho mucha falta. La primera creencia que se debe abandonar es la de seguir pensando que los triunfos electorales del chavismo se deben a una trampa, que el proyecto bolivariano no tiene tantos seguidores como alardea y que si los tiene es porque "les pagan". No es cierto.

Todas las mediciones muestran que, a pesar del reconocimiento popular de que el suyo es un mal gobierno, el presidente Chávez sigue gozando del aprecio de muchos venezolanos que encontraron en su figura carismática y, de alguna manera, religiosa, la esperanza de futuro que los largos años de frigidez e inocuidad gubernamental adecopeyana le habían hecho perder.

La segunda a deshacernos, en consonancia con la anterior, es la de aceptar resignadamente la idea de que el chavismo es de los pobres y la oposición de la clase media y los ricos. Como muy bien lo ha demostrado con natural genialidad el alcalde Leopoldo López, la única manera de salir de Chávez no es confrontando críticamente su proyecto sino construyendo otro que resulte tan atractivo para los pobres y los excluidos, porque efectivamente los incluye y los expresa, que la relación clases sociales-proyecto político sea superada a través de un proyecto policlasista En ese contexto, para que la gesta electoral de Rosales, la evidencia de que las fuerzas opositoras pueden trabajar juntos en defensa de la democracia y la convivencia respetuosa entre los venezolanos, tenga sentido tendríamos que estar preparados, ya se gane ya se pierdan las elecciones, para convertir la actual fuerza electoral en un triunfo y en un activismo político incesante, indetenible, y por tanto inderrotable, que debe comenzar en el mismo mes de diciembre, con grandes movilizaciones, porque en cualquiera de los dos casos ningún escenario futuro será ni idílico, ni fácil, ni cómodo.





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