El 3D: nada será como antes

Por Venezuela Real - 27 de Noviembre, 2006, 13:18, Categoría: Electorales

Antonio Sánchez García
Notitarde - Valencia

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La grandeza de un político no se mide en las victorias, sino en las derrotas. También y sobre todo si el político es un militar. Ya decía Pablo Morillo, el gran militar español que junto a Sucre representó las cumbres del arte de la guerra durante nuestra conflagración independentista, que Bolívar era más temible derrotado que victorioso. Fue en esos momentos en que la adversidad se cebó en sus fracasos que salió a la superficie la grandeza de su genio. De él como de muy pocos políticos venezolanos se puede afirmar que dominaba como nadie esa particular parcela del arte de la política, que consiste en luchar contra la adversidad.

Nos habíamos habituado a jugar el rol de los perdedores en el conflicto político venezolano. Creyendo que por las buenas o por las malas, Chávez terminaría triunfando en todas sus batallas, aun en aquellas que perdiera de manera ominosa, como la de Miraflores y La Casona la madrugada del 4 de febrero de 1992. O la del 11 de abril, cuando sacado de Miraflores por una marea humana se vio en la obligación de pedirles auxilio a Baltasar Porras y a monseñor Velasco para que le salvaran una vida que nadie había puesto en peligro. Pero si bien es lógico esperar que pueda vencer una vez más este próximo 3 de diciembre -por las buenas, que por las malas sufriría la más pírrica de sus victorias y el seguro sendero a su inmediata perdición-, también lo es, sobre todo a estas alturas, que pierda y de manera contundente. Y que deba asumir, por lo pronto, el liderazgo de la oposición. Un papel absolutamente inédito en su trayectoria. Que también requiere aprendizaje, si se trata de una oposición democrática. Y sobre todo de grandeza. ¿Está en capacidad? Sólo el tiempo lo dirá. No es malo que desde ya se vaya haciendo a la idea, so peligro de desaparecer del escenario político venezolano.

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Hay demasiados indicios como para pensar que Rosales podría vencerlo por un amplio margen. El país no vivía una sensación de encontrarse ante una conmoción política de grandes proporciones con trascendentales consecuencias para el futuro, desde las elecciones de 1998. No sólo ni principalmente a juzgar por las encuestas, objetivamente incapaces de fotografiar este panorama de extremos prebélicos, como lo demostraran en su momento otros casos semejantes, como el de Nicaragua en 1990, cuando se enfrentara un todopoderoso Daniel Ortega dueño y señor de las instituciones del Estado bajo las banderas de la revolución sandinista, contra una modesta dueña de casa, la viuda del propietario de La Prensa, de Managua, Pedro Chamorro, asesinado por la dictadura: la Sra. Violeta de Chamorro.

No es mal ejemplo traer ese caso a colación, pues en muchos aspectos se trata de situaciones insólitamente semejantes. Las encuestas no dejaban de darle a Ortega un mínimo de 20 puntos porcentuales por sobre las preferencias de la Sra. Chamorro. Tal como ahora, todos los periodistas internacionales se dedicaron a tocar las campanas del triunfalismo sandinista en los grandes medios impresos del planeta. Ortega era invencible. Había triunfado en una guerra y era el jefe indiscutido de la revolución en el Poder. Cuando los nicaragüenses decidieron resolver la incógnita, le dieron la victoria a la dueña de casa con 17 puntos de ventaja. Las encuestadoras y los corresponsales de El País, de Madrid, del norteamericano New York Times y del germano Frankfurter Allegemeine se quedaron con los crespos hechos. El país estaba harto de extremismo, de violencia, de abusos, de atropellos y amenazas. De la utopía socialista tan grata a los fablistanes europeos, cuando no golpea a las puertas de sus propias casas. Se había inclinado por la paz, la seguridad, el entendimiento. Aunque se lo ocultó cuidadosamente y hasta el último momento a los encuestadores profesionales y al propio Ortega y su régimen. Hasta que se lo reventó en el rostro con el clamoroso triunfo electoral de Violeta de Chamorro.

No tiendo a medir los sentimientos y anhelos políticos de la gente por unas láminas y un listado de preguntas. Creo que la política, aún y a pesar de los pesares, sigue y seguirá siendo asunto del corazón, de los sentimientos, de los profundos deseos de felicidad que laten en lo más hondo de los pueblos. Y, más importante aun, de las necesidades y exigencias que la historia universal, en la que todas las sociedades contemporáneas -quiéranlo o no- están insertas, pone a la orden del día. En este sentido y más allá de las menudencias demoscópicas, Venezuela enfrenta un desafío crucial que debe resolver exitosamente si quiere sobrevivir: modernizarse o perecer. Dar un salto hacia el futuro de la globalización y democratizarse o regresar a las tinieblas del siglo XIX tras un trasnochado proyecto autocrático, militarista y represivo. Rosales o Chávez. Todas las encuestas, aun las más favorables y socorridas por el chavismo, lo señalan de manera categórica: más del 80% de los venezolanos repugna del castro-comunismo, siente animadversión por el régimen cubano y anhela un régimen de libertades democráticas. êsa es la única y valedera verdad. Todo lo demás es cuento.

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Comprendidas como meros instrumentos auxiliares, también nosotros consultamos las encuestas, sin darles más importancia que la que realmente poseen. Conscientes de que la política no es subsumible al universo mercantil, al mercadeo de productos de consumo. Imposible dejar la resolución de las líneas estratégicas de la política a quienes realizan estudios de mercado, como si los anhelos de felicidad de un pueblo pudieran medirse y satisfacerse como se mercadea una fábrica de alpargatas, una nueva línea de cosméticos o un producto lácteo recién lanzado al mercado.

Hemos tenido a mano tres encuestas realizadas por el Grupo Gaither de Venezuela, bajo la dirección de Luis Enrique Vásquez, sobre un universo de 1.500 encuestados en todo el país, tanto en las zonas urbanas como rurales. La primera de ellas fue ordenada por un pequeño grupo de modestos empresarios en agosto de este año. Fue tan exitosa, que el mismo grupo financió otras dos encuestas para los meses de septiembre y octubre. Y este mismo fin de semana está realizando un sondeo relámpago de las preferencias electorales medidas inmediatamente después de los actos de cierre de campaña de los dos candidatos. Los resultados los tendremos mañana mismo.

A grandes rasgos, visto en perspectiva, las tres encuestas demostraron un proceso extraordinariamente interesante caracterizado por el sistemático ascenso de Rosales y su contrapartida evidente: una tendencia indetenible hacia la baja del Presidente de la República. Si en agosto, Chávez lo aventajaba por 16 puntos, en septiembre tal diferencia se dedujo a 12 y a fines de octubre a 6 puntos. Medido en un ambiente de amedrentamiento y terror como el puesto en práctica por el discurso rojo-rojito, tales tendencias auguraban ya entonces un muy posible triunfo electoral de Manuel Rosales. Proyectando tal tendencia, idéntica por cierto a la verificada por Penn & Schoen, el resultado más evidente conduce a lo que los técnicos electorales llaman un empate técnico en estos momentos. Lo cual, proyectado hacia el 3 de diciembre y considerando los factores que ocultan la auténtica voluntad del votante, debe convertirse en un triunfo incuestionable del candidato opositor. Supuesto que dichas elecciones sean verdaderas elecciones, y no escaramuzas fraudulentas de quien sólo las usa para su propia legitimación. Lo cual dependerá en gran medida de la avalancha opositora el mismo 3 de diciembre.

Son muchas las otras tendencias reveladas por Gaither que indican que algo muy profundo e irreversible tiene lugar en las profundidades de nuestro país: en mujeres, Rosales aventaja por una considerable diferencia al candidato a la reelección. Señal inequívoca de que a ellas les afecta en primer lugar el peligro de la disolución de la familia que late en el proyecto del mal llamado socialismo del siglo XXI. Y la difícil situación económica que vive la familia venezolana. En hombres, hasta hace una semana, Chávez aventajaba por uno o dos puntos a Rosales. Pero también esa tendencia se ha evaporado. En las zonas de gran densidad urbana, como el Zulia, la zona centro-occidental y Caracas, Rosales se le ha adelantado al teniente coronel. Coincidente con dichos datos, las últimas revelaciones de investigaciones de campo realizadas en el Zulia luego de la celebración de la Feria de la Chinita, capitalizada absolutamente por el gobernador zuliano, le dan a Rosales una ventaja de 23 puntos por sobre Chávez. Lo que hace presagiar allí una auténtica paliza electoral, capaz de compensar zonas menos favorables pero con muchísima menor densidad electoral.

Pero aun cuando todo apunta a un sorpresivo avance del candidato unitario y a un muy probable triunfo opositor, descansar el trabajo político en el airamiento de resultados demoscópicos demuestra, cuando menos, una miserable conciencia de la política, esa hermosa, esa insustituible rama del saber y el quehacer humanos. Basta abrir los ojos al sonido de la ira y la furia para convencerse de las grandes oportunidades históricas que hoy vive el país. Más allá de esta sucia guerra de encuestas, podemos afirmar sin lugar a dudas de que el país ha sufrido un vuelco espectacular. Ya nada, absolutamente nada será como antes.






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