MANUEL

Por Venezuela Real - 27 de Noviembre, 2006, 8:48, Categoría: Electorales

Fernando Mires
21 de Noviembre de 2006

El pueblo lo quiere
Y se llama Manuel

¿Un nuevo mito? Nada más lejos de un mito es Manuel.

Manuel es un hombre sencillo, como miles lo son. En muchos casos es como tu o yo. Pero el pueblo lo ha buscado a él, y no a otro: a Manuel.

Manuel no es un mito, no puede serlo, y probablemente no quiere serlo.

La grandeza de un ser humano no consiste en creerse grande sino que en conocer sus limitaciones. Y todos los humanos somos limitados, y cuando no son nuestras las limitaciones, hemos de aceptar las que nos vienen de afuera, por ejemplo, las de Ley. Y Manuel cree en la Ley: En las dos. En aquella que hace miles de años nos fue anunciada en el Sinaí y en la de la Constitución que constituye a la República. Como gobernador Manuel sabe que sin leyes no hay gobiernos, y es por eso que su postulación al cargo de Presidente - un trabajo tan honesto como el de un profesor, un  mecánico o un carpintero-  la ha aceptado en el marco de la legalidad vigente, con todas las limitaciones que ella ofrece. En el respeto irrestricto a la Constitución y a su bandera, que no es la roja de la sangre, sino que la tricolor de su país, reside la fuerza de Manuel.

No se trata de crear otro mito; no. Pero tampoco hay que olvidar que la política es antropomórfica, es decir, siempre toma forma humana. Y, además, es simbólica, porque el humano es un ser simbólico; y lo es así, desde el momento en que aprendió a hablar. Y hablar no es gritar ni insultar, sino que articular pensamientos. Y para un político, significa, además, articular pensamientos en el momento oportuno, y decirlos del modo más oportuno. Y esa es la cualidad que nadie puede desconocer en Manuel. Por eso el pueblo lo ha elegido a él, y no a otro. A Manuel.

Pocas personas en verdad poseen la capacidad de decir las palabras justas en los momentos justos de un modo tan claro como lo hace Manuel. Hay que recordar que cuando la oposición al gobierno autoritario andaba dispersa, sin encontrarse a sí misma, fue Manuel quien sin  postularse llamó a los dos candidatos principales: Petkoff y Borges, a buscar la unidad. Es que Manuel conoce la  tarea principal de todo profesional político: Buscar la unidad ahí donde no la hay, producir acercamiento donde sólo hay discordias, reconciliación donde hay odio. Si alguien en Venezuela no quiere ni  la discordia ni el odio, debe votar por Manuel.

Si quiere vivir en un país dividido, donde los unos se odian con los otros, entonces, no debe votar por Manuel. Debe votar por el que le ofrece irreconciliación y odio.

He dicho que Manuel es un profesional político. Y lo es en sentido estricto. Su trayectoria profesional ha sido esencialmente política. Y para ejercer la profesión política se requieren determinadas virtudes que no  requieren otras profesiones. Cada profesión tiene sus virtudes. Así como las virtudes que se requieren para ser violinista no son las mismas que se requieren para ser futbolista, las que se requieren para ser político, no pueden ser las mismas que se requieren para ser militar. La de militar es, como toda profesión, una muy digna, pero siempre cuando sea ejercida en la esfera militar, protegiendo la soberanía nacional, cuidando los límites y las fronteras de la nación.

Pero la profesión política no es la del militar, y mucho menos es la del militar la de un Presidente, que es el cargo más político de todos los cargos políticos. Tampoco la profesión militar debe ser ejercida por los políticos.  En América Latina no hay ninguna experiencia que demuestre  que alguna vez un militar gobernante, dígase de derecha o de izquierda, no haya conducido a su país a la desgracia. A la inversa, cuando los políticos quieren organizar guerras, sin tomar en cuenta los daños y pérdidas que ellas causan, pueden llevar a sus países a situaciones sin salida.

La política, sin embargo, por lo menos en un punto, sólo en un punto, está cerca de la guerra. Para ser político no hay que ser cobarde, y eso significa, aceptar el combate por medio del uso de la palabra, pues la palabra y no el Kalaschnikov es el arma del político. Manuel es, en ese sentido, un soldado de la palabra. Sin ser un orador que vuelva locas a las masas, sabe usar la palabra como medio polémico. La batalla del político es el debate público, y el político que no acepte el debate público es tan cobarde como un general que en medio del campo de batalla se retira, dejando a sus tropas abandonadas. Quien no quiere discutir y hacer política, es mejor que se vaya a otra parte, porque la política no es, no puede ser su profesión. Manuel no rehuye el debate; incluso, desafía al opositor a la discusión, pues sabe que sin discusión no puede haber política. Por eso el pueblo lo eligió a él, a Manuel. No a otro: a Manuel.

Manuel viene del pueblo y va al pueblo. Pocos conocen mejor a "la Venezuela profunda" que él. Es por eso que no se deja emborrachar por ideologías foráneas, ni por mitologías antidemocráticas. Manuel sabe cuan importante es para una nación democrática cuidar las relaciones políticas con otras naciones democráticas. Jamás le va a rendir pleitesía a ninguna dictadura extranjera. Como es político, ha captado la hora que vive América latina: y esa es la hora de la democracia. En todas partes, gobernantes de izquierda y de derecha, se ciñen a las normas democráticas, y ese camino, aún a tropezones, será para  América Latina alguna vez irreversible.  Llegará el día en que los populistas gritones,  los dictadores chillones, serán parte de nuestra  pre- historia. Por el camino de la democracia viene Manuel; y por eso el pueblo lo eligió; a él; a no otro que a él; a Manuel.

Max Weber dijo una vez que las tres grandes virtudes de un político son, la objetividad, la pasión y la perseverancia. Un político con pasión y sin objetividad, es una calamidad. Un político con objetividad, pero sin pasión,  carece de fuerza. ¿Y la perseverancia? Es aquella que se requiere cuando el político sabe que si hay un objetivo que cumplir,  debe perseguirlo, aún al riesgo de la incomprensión, o del total agotamiento.

No quiero construir un mito, ya lo he dicho. Pero estoy seguro que las largas caminatas de Manuel, pueblo por pueblo, aldea por aldea, atravesando charcos, esquivando piedras y hasta balas, pasaran a las páginas hermosas de la historia venezolana. Una  historia que contará, con qué azul esperanza la gente, los necesitados, los humillados y los ofendidos, salían de sus casas y decían: Manuel, ahí viene Manuel. Y marchaban con él, junto a él.

Venezuela merece un hombre como Manuel
 Que  Dios proteja a sus hijos, a su digna y bella esposa, y a él; a Manuel.





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