Votaré por quien no se ocupe de mí

Por Venezuela Real - 27 de Noviembre, 2006, 18:41, Categoría: Electorales

Simón Alberto Consalvi
El Nacional
26 de Noviembre de 2006

Dentro de siete días, los venezolanos confrontaremos una prueba frente a la cual nadie podrá ser indiferente. Todos debemos asumir la posición que nos dicte nuestra conciencia, pensando no en términos personales o egoístas, sino en el destino del país. El 3 de diciembre vamos a elegir a un presidente de la República, pero vamos a optar por mucho más que eso; en los tiempos de la democracia representativa era un episodio trascendente, pero no tuvo nunca las implicaciones que tendrá ahora.

Se tratará de algo mucho más profundo, algo que modificará nuestras vidas, nuestra manera de ser y de comportarnos, que afectará sustancialmente el sistema político y social, según sea el veredicto final, según triunfe una u otra de las opciones presidenciales en juego. La una, la oficialista, promete establecer el "socialismo del siglo XXI", llevando hasta sus últimas consecuencias la privatización del Estado, de sus inmensos recursos, de sus riquezas petroleras, poniéndolas al servicio de un proyecto político antidemocrático. No quedará institución pública que no sea captada, desde los poderes del Estado hasta la Fuerza Armada, la cual dejará de ser lo que pauta la Constitución de 1999, para convertirse en ejército rojo, o, sea en el brazo armado del proyecto revolucionario.

Ni hay manera de pronosticar el futuro, ni es cuestión para consultar los astros. Las cartas están echadas. La promesa del oficialismo se traduce en la conquista del Estado y en la abolición de todas las alternativas que, en un país de tradición pluralista, estuvieron siempre vigentes.

Como un tanque de guerra, el proyecto bolivariano ha venido avanzando de manera sistemática. Adultera la historia, pinta con colores negros el pasado, condena a muerte toda disidencia, mientras aplica las tácticas y los métodos que en los tiempos de Juan Vicente Gómez sirvieron para justificar la tesis del "gendarme necesario".

Los teóricos de la dictadura armaron su doctrina a partir de la premisa de que Venezuela era un país de gente moralmente descalificada, ingobernable, perezosa, anárquica, y que, por tanto, necesitaba del general Gómez. Tenían que pintar con colores goyescos a los venezolanos para que la figura del dictador apareciera con el aura de los redentores. En eso se basaba la tesis del "gendarme necesario".

Era una tesis tan falsa, que cuando murió Juan Vicente Gómez la realidad se encargó de desmentirla. Nadie se atrevió a mencionarla. A partir de López Contreras, Venezuela comprobó que no necesitaba de gendarmes, que era un país capaz de optar por un sistema político que le garantizara a todos la representatividad que progresivamente fue conquistando. Con el tiempo, a aquel sistema se le llamó "imperfecta democracia". No hay duda de que era "imperfecta", pero era democracia, y dejaba abiertas las posibilidades de cambio. Esas son las posibilidades que el proyecto bolivariano promete aniquilar, para consagrar un régimen autocrático, reñido con el pluralismo y la libertad de que hemos disfrutado desde 1936, con la excepción de los años de la dictadura del general Pérez Jiménez.

La revolución bolivariana promete implantar modelos que han demostrado su inviabilidad y su fracaso en todo el mundo, desde la caída del imperio soviético y de todos los países de la Cortina de Hierro. El modelo que más los obsesiona es el modelo cubano. Un modelo que necesita subsidios generosos para subsistir. Esa es la metáfora que se oculta bajo la abstracción del "socialismo del siglo XXI".

No es el modelo de socialismo democrático de Chile, de Uruguay o de Brasil, donde se respetan los derechos humanos, la propiedad privada, la alternabilidad republicana, el equilibrio (y contrapesos) de los poderes del Estado, el juego de las ideas, la libertad de expresión. Ni Michelle Bachelet, ni Tabaré Vásquez, ni Luiz Inácio Lula da Silva pretenden quedarse en el poder hasta 2030. Ese castigo parece que estuviera destinado para el país de Bolívar y su "presidencia vitalicia", o para el país rural del "gendarme necesario". Esto es lo que está en juego este 3 de diciembre.

Frente a perspectivas de esta naturaleza, no hay manera de ser indiferentes. El voto tiene en este diciembre implicaciones que en Venezuela no tuvo antes. Los venezolanos hemos votado durante setenta años consecutivos, de 1936 al 2006. Incluso votamos en la época de la dictadura de Pérez Jiménez. El país supo votar. El repudio a la dictadura fue masivo, su derrumbamiento fue la expresión del anhelo popular y de la conciencia civilista de las Fuerzas Armadas, fatigadas de prestar su nombre para el ejercicio personalista del poder.

Este diciembre está en juego la presidencia de la República. Es cierto, pero nos jugamos mucho más que eso. Un candidato aspira a ser el jefe de una secta agresiva, pintada de rojo, armada tras los fusiles Kalashnikov de los miles de reservistas o de guardias territoriales que no nos dejarán paz.

Lo que está en juego es el destino de 26 millones de venezolanos pacíficos que no sólo creen en la democracia, sino que aspiran a reformas más profundas de la sociedad, en busca de la equidad y del bienestar, pero no reformas trasplantadas, ajenas al pluralismo y al derecho de decidir por nosotros mismos.

Este diciembre estará en juego la política exterior de Venezuela. Debemos votar por quien garantice la paz entre los venezolanos, pero también la paz entre nuestros países. Es preciso votar contra los odios estratégicos de la Guerra Fría.

Contra la invención de guerras asimétricas y otras demencias. Contra el intervencionismo de Venezuela y el despilfarro proselitista. Venezuela requiere de una política exterior fundada en los intereses permanentes del Estado y de la nación. Una política que respete a los demás y haga respetar a nuestro país.

Es preciso votar contra la demagogia, contra el anacrónico culto a la personalidad de los regímenes de la órbita soviética. Contra el aburrimiento de un discurso que ocho años después se parece demasiado a la visita al odontólogo. Votemos por un presidente que no querrá decirnos qué debemos leer o qué debemos dejar de leer. Por alguien que no nos dará lecciones de historia todos los días, que dejará que nos equivoquemos, y respetará nuestros errores.

Votaré, en fin, por Manuel Rosales porque no se ocupará de mí, ni de lo que hago, ni de lo que pienso, ni de lo que escribo. Porque me dejará vivir en paz la vida que yo quiero vivir.








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