Hacia un tiempo nuevo

Por Venezuela Real - 4 de Diciembre, 2006, 22:30, Categoría: Política Nacional

Asdrúbal Aguiar
Internet
04 de Diciembre de 2006

La política, cuando se la ejerce sin ideales ni trascendencia concluye en tráfico de malhechores. Pero si la política se instala como expresión única del deber-ser o es mero desvarío de los sueños, sin contacto alguno con la ciudad del hombre, conduce a la frustración, troncha la voluntad cuando no es  semilla para la violencia y el aventurerismo.
 
La política, con “p” mayúscula, exige, en suma, domeñar la temporalidad bruta asignándole metas que impliquen perfectibilidad; es así, antes que todo, un oficio de realidades en armonía con los ideales.
 
La reflexión anterior cabe y es oportuna de cara a una realidad cercana y cruda: Con márgenes mayores o menores de ventajismo, de abuso del poder y de control pleno sobre los mecanismos electorales, Hugo Chávez venció en la justa comicial del pasado domingo a Manuel Rosales. El margen mayor o menor, la diferencia entre uno u otro candidato, mucho dirá, empero, acerca de los ventajismos y abusos del poder señalados.
 
Pero, como lo declarara Rosales y ¡su palabra vaya adelante!, Chávez ganó. Tuvo votos para alcanzar su propósito, aun cuando sigan en duda – por razones de peso – su lealtad y compromisos con la democracia.
 
Lo importante, lo que sí cabe destacar como primera enseñanza y para quienes acompañaron a Rosales – incluido este cronista – es que una porción importante de venezolanos cree en el liderazgo de Chávez y adhiere a su proyecto, sea cuales fueren los móviles particulares de cada uno de sus seguidores.
 
El país los tiene a ellos como también nos tiene a nosotros, a pesar del desagrado que les causemos a los otros. Unos y otros, como lo impone la realidad, tenemos que coexistir, para luego aprender a convivir. Ellos no han podido descarnarnos de lo que somos y de lo que creemos, como venezolanos no “bolivarianos”, como hijos de Bolivar sí, y como creyentes en el republicanismo democrático. Y nosotros tampoco hemos podido o no hemos tenido, o no hemos encontrado argumentos para descarnarlos de sus creencias. Por lo pronto, estamos mineralizados ambos y como lo dicta la democracia, hemos de respetarnos en lo que somos.
 
En segundo término y en igual plano, releva como predicado de estos comicios la madurez de convicciones democráticas hecha evidente por  Manuel Rosales en su mensaje al país. Aquel, con sencillez breve y con grandeza, trazó desafíos y líneas para un quehacer político que mal podrán compartir o acompañar, que duda cabe, quienes son demócratas de circunstancia.
 
Rosales, palabras más, palabras menos, dijo lo esencial. La lucha de un demócrata y por la democracia es hábito de vida, quehacer constante y nunca, para ser fértil, obra de los atajos ni apuesta a la quiniela. La defensa del país, para la mayoría de quienes creen en un modelo distinto al que ofrece el reelecto Presidente y para quienes siguen convencidos de la necesidad de defender su humano y sagrado derecho a la diferencia de convicciones políticas y a la salvaguarda de la pluralidad en beneficio del colectivo, de sus familias y de sus hijos, ha de ser tarea cotidiana que mejor valdrá y se crecerá en la adversidad.
 
Recuerdo bien, al respecto, las palabras sabias de Karel Vasak, ese amigo y  eminente intelectual europeo quien fuera víctima real de la persecución comunista y quien hizo de la democracia la razón de toda su vida: “Sólo sabe de derechos y está dispuesto a defenderlos existencialmente quien alguna vez los ha perdido”.
 
Así las cosas, por lo pronto, cabe la gallardía, la palabra de felicitación a los vencedores. Ojalá estos y su conductor tengan la gallardía igual de rendirle homenaje a los vencidos. Y de comprender que somos un pedazo nada magro ni escuálido de la vida y geografía de la nación. A todos nos conviene la paz. A nadie beneficiará el revanchismo y la prepotencia.
 
Es la hora, para todos, de construir.
 
Y es la hora, para cada sector del país, de cumplir con sus obligaciones respectivas. El gobierno a gobernar, y la oposición a oponerse sin complacencias utilitarias, éticamente. Esas son las reglas inherentes a la dialéctica de la democracia.
 
Valgan dos o tres referencias más para la reflexión y la sana autocrítica en los días por venir.
 
Si recordamos la jornada electoral de 1998, hemos de observar que su desenlace fue fatal y nada conveniente para la democracia. Chávez venció bien y mediante reglas democráticas. La oposición, sin embargo, antes que asumir la conducción constructiva, unitaria e inmediata de su fuerza todavía en vigor y para oponerse a Chávez como le correspondía, se dejo dominar desde su cabeza por la emoción; y los actores tradicionales optaron por la senda del amoldamiento y le hicieron a Chávez el espacio que hizo posible desnudase a Venezuela del contenido pétreo de su democracia, hoy reducida a formas.
 
Luego, al concluir el RR, cuando los conductores opuestos al Régimen fungían de pequeños gendarmes, muchos y casi todos fueron quienes, ante la derrota, dejaron un vacío lleno de egoísmos, optaron por la vía de la malsana crítica recíproca,  o la inútil autoflagelación. La gruesa oposición quedó sumida en el letargo.
 
La política y la lucha democrática, cabe recordarlo ahora, están hechas de madurez y en los momentos difíciles de mucha serenidad y aplomo democráticos.
 
Si observamos la historia del país con lentes de aumento, también podremos apreciar que el liderazgo que hizo posible la República civil y democrática que construyó esa suerte admirable de paréntesis de cuatro decenios al margen de una realidad dominada desde siempre y aún ahora por el caudillismo militar, nació y se hizo entre 1928 y 1936 a pulso. No fueron sus líderes los beneficiarios de la magnanimidad de ningún patriarca o caudillo precedente. Vivieron el ostracismo largo tiempo, gastaron sus suelas por la geografía patria y apenas vieron recompensada su proeza en 1958.
 
Patricio Alwin, ex presidente de Chile, en el ya lejano 1980 y durante el referendo constitucional organizado entonces por Augusto Pinochet, luego de comentarle – apremiado yo por mi fogosidad juvenil - sobre su ingenuidad de pretender derrotar al dictador mediante inútiles impugnaciones electorales, me dejó en la silla con una lección que jamás olvido: “Todos los días practico la democracia, no para convencer al dictador sino para nunca olvidar que soy un líder demócrata”. Nada más.  
 
 
Entre líneas
 
    * Si la victoria de Chávez era clara y si de ella tenían noticias los agentes gubernamentales dado su dominio pleno sobre el CNE, ¿a qué obedeció que rompieran las reglas del mismo CNE e hicieran públicos, anticipadamente y a través de TELESUR, unos resultados diciendo lo que sabían y abultando exageradamente sus cifras?


    * La abstención en algunos sectores acomodados de la capital y también entre los jóvenes, como lo indican informaciones preliminares, es digna de ser analizada. ¿Es acaso la expresión de esa fenomenología en la que se inscriben los NI-NI y que mejor cabría situar dentro de los cánones contemporáneos del relativismo ético? De ser así, serán tanto o más responsables que los responsables inmediatos de la circunstancia de Venezuela, si acaso deriva ella, ¡quiera Dios que no!, en tragedia colectiva. Así de simple.






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