JOSÉ VICENTE HOY

Por Venezuela Real - 21 de Diciembre, 2006, 12:14, Categoría: Gente de Chávez

Los adulantes están siempre a merced de la voluntad de su jefe.

Teodoro Petkoff
TalCual
21 de Diciembre de 2006

¡Pobrecito Marciano, alias José Vicente Rangel! ¡Quién diría que este personaje, que se caló silenciosamente el regaño de Yo El Supremo en el Panteón, es el mismo cuya pluma y cuyos sweaters en la televisión hacían temblar a más de un caimacán de la Cuarta! Todo por una supuesta falla en el protocolo que, si a ver vamos, no merecía ese escándalo.

Sermonear, en cadena nacional, al vicepresidente, que lo ha servido con tanta fidelidad, porque el himno de Panamá no fue tocado a tiempo, luce como desproporcionado.

Sin embargo, es verdad que hubo una falla protocolaria gravísima.

Imperdonable. Sólo que el culpable de ella fue el propio Presidente. El brollo que armó fue para tapar su falta de puntualidad, que en ese caso la exige rigurosamente.

No todos los impuntuales son caudillos autocráticos, pero todos los caudillos autocráticos son impuntuales; el único tiempo que cuenta y vale es el de ellos. No se dan cuenta de que su impuntualidad desorganiza el tiempo de otros y hace ineficiente el conjunto. Chávez no ha percibido cuán responsable es de la ineficiencia de su gobierno, de la cual tanto se queja.

El meollo de los actos en el Panteón Nacional, todos los 17 de diciembre, aniversario de la muerte de Bolívar, es el Minuto de Silencio que se guarda a la 1:07, hora exacta del fallecimiento del gran caraqueño. Ese "momento sublime", como diría Chávez, lo preside, siempre, el Jefe del Estado. Así ha sido en todas las repúblicas que anteceden a la actual, desde que los restos de El Libertador llegaron al Panteón.

Pero, ¡hete aquí que el hombre llegó tarde! Chávez llegó al Panteón después de la 1:07, con mucho retraso, y hubo de procederse a guardar el silencio un tiempo después del protocolario. Ni siquiera la voluntad de Yo El Supremo puede cambiar la hora de muerte de Bolívar. Sin embargo, astuto y vivaracho como es, inmediatamente arremetió contra su vicepresidente y su ministro de Interior y de un solo taparazo borró su impuntualidad. Como siempre, sus ministros son responsables de las fallas del gobierno; él, pobrecito, lo que hace es trabajar y trabajar -y por eso llega tarde a todas partes-, pero sus funcionarios no construyen las casas, se roban el dinero y, ¡qué vaina!, hacen quedar mal al gobierno.

Menos mal que ahí está El, El Jefe Unico, para que el pueblo sepa cómo son las cosas.

Pero, volviendo a Marciano, quienes lo conocemos sabemos que jamás habría sido capaz de un gesto como el del recordado Alejandro Armas. En cierta oportunidad, Chávez le alzó la voz y Armas - "Usted no me grita"- se levantó y abandonó el salón. Nunca más pisó Miraflores. ¿Imaginan a Rangel protagonizando semejante gesto de dignidad? Ni siquiera porque después de ese "bollo" podía estar seguro de que ya no va pa´l baile en la inminente movida de mata que tiene aterrorizada a la Corte.





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