Páez, el maltratado

Por Venezuela Real - 27 de Diciembre, 2006, 13:23, Categoría: Cultura e Ideas

Edgardo Mondolfi Gudat
El Nacional
 26 de Diciembre de 2006     

Como en el chavismo todo, o casitodo, es más obra del espasmo que de la consistencia, José Antonio Páez se ha salvado por esta sola razón de ser objeto de un linchamiento aún peor. Pero siempre se avecina uno que otro momento en que arrecia el atropello, y al juzgar por los últimos discursos del Presidente de la República, éste pareciera ser uno de ellos.

Precisamente por su carácter espasmódico, no resulta fácil reconstruir este linaje del atropello, pero voy a intentarlo. El primer eslabón que ataja mi memoria ocurrió en el ya lejano 1999, y lo de lejano se entiende, claro está, por esta prolongada dinámica de los septenios. En aquella oportunidad, un grupo del sector juvenil del oficialismo marchó frente a la esquina de Carmelitas, exigiéndole a las autoridades del Banco Central que retiraran de circulación el billete de veinte bolívares que traía estampado el rostro de Páez. Ignoro si aquella protesta tuvo algún efecto real o si, más bien, al margen del estruendo provocado por este singular reclamo de la juventud chavista, el odiado billete verde simplemente tuvo la discreción de replegarse ante su disminuido valor en el mercado numismático.

La segunda agresión contra Páez que puedo registrar perfectamente bien es una valla emblemática, del tipo "Ahora Venezuela es de todos", que adornaba hasta hace poco varias azoteas de la capital. Allí aparecían reunidos lo que sus promotores calificaban como los "forjadores de la nacionalidad", pero entre aquel elenco de figuras claves, el Páez dos veces presidente y creador de la Venezuela como más o menos la venimos conociendo desde 1830, se hallaba forzadamente ausente. Recuerdo haber advertido en cambio que Ezequiel Zamora ocupaba su lugar dentro de la pedagógica valla, destacándose en primer plano junto a Bolívar, Miranda y Sucre. Si bien no puedo poner en duda el peso seductor que entraña la figura de Zamora, no puedo tampoco dejar de darle curso aquí a una enorme interrogante, ¿cobra más peso su presencia frente a la de Páez a la hora de hacer un balance de sus respectivas trayectorias? Hasta ahora, y sin pruebas en contrario, sinceramente lo dudo. El tercer acto de la agresión viene corriendo exclusivamente por cuenta del señor Presidente de la República.

Desde hace algunos meses, Páez, a juicio del Presidente, merece ser exhibido cada vez más como ejemplo de la traición y, si sumamos a esto su reciente descarga del pasado 17 de diciembre, como "el corrupto más grande de la historia venezolana". Para comenzar, aquel mote de "traidor", propalado a los cuatro vientos, corresponde más a los sótanos del discurso emocional y religioso, que a un juicio fundado en la dinámica histórica del momento. Si Venezuela se propuso recuperar su autonomía en 1830 aquello no pudo ser obra exclusiva de Páez, por más voluntariosa que fuera su actitud. La quimera bolivariana desaparecía a favor de las realidades que se venían construyendo desde décadas atrás. Y si algo hizo Páez en este contexto fue capitalizar un sentimiento y conducir una aspiración colectiva. En cuanto a lo de corrupto, ¿quién entiende esta paradoja? Páez muere en Nueva York, abatido por la más extrema pobreza y, sin embargo, el presidente Chávez insiste en que, si fuera por él, lo echaría del Panteón Nacional. Guzmán Blanco, en cambio, muere en París, dueño de una colosal fortuna amasada a costa de negociados inverosímiles. Y, sin embargo, el Presidente no sólo promovió la repatriación de sus restos, sino que su gobierno pagó el flete para transportarlos a bordo de un vuelo de Air France y depositarlos en el mismo Panteón que él considera debe estar redimido del pecado. Ante un Presidente que trabaja valiéndose de la eficacia del mito, Páez tiene desde luego todas la de perder ante el país. Pero, afortunadamente, para aquel que sepa juzgar, el Presidente recurre a la epopeya, y la epopeya es imprecisión, lo cual poco o nada contribuye a desenredar la complejidad de los procesos históricos. El discurso entonado en clave de epopeya es sin duda un recurso muy apetecible porque apela al territorio de las emociones, pero corre el peligro de encubrir otros caminos, entre ellos, en este caso, el difícil camino de construir una nación como se lo propuso Páez a partir de 1830.

Aparte de cualquier exceso que quepa endilgarle al período de la llamada "Oligarquía Conservadora", de la cual Páez fue su eje fundamental, todas las evidencias documentales indican que se trató de una de las etapas más estables y coherentes de la economía venezolana. Para lo cual hay que tener en cuenta entonces que el siglo XIX, tan maltratado por la idea de que sólo fue un prolongado siglo de guerras civiles, requiere a veces de otra mirada. Hubo momentos en donde se reafirmaron los principios de desarrollo institucional y se afianzó la idea de una identidad nacional, y uno de esos momentos fue justamente aquel ciclo de 17 años (1830-1847) protagonizado por Páez.

De ese país que emergía de la desolación de la Guerra de Independencia, Páez se hizo acompañar por un elenco de inteligencias que se propuso atacar los grandes problemas nacionales, sobre todo buscando aumentar las posibilidades económicas. ¿Qué se propusieron frente a un país que clamaba por todo? Bastaría echarle un vistazo al catálogo de las urgencias concretadas por Páez, desde la creación de los colegios nacionales hasta el fomento de la inmigración, para advertir todo lo que se logró en ese lapso a pesar de las inevitables limitaciones materiales.

Aunque parezca una ironía, hay algo que se le escapa advertir al propio Presidente cuando le da curso a sus andanadas. Y ese algo tiene que ver con lo siguiente: ¿qué habría hecho Bolívar sin Páez? Desde que lo reconoció al frente de sus llaneros hasta que lo ascendió a General en Jefe en el propio campo de Carabobo, Bolívar tuvo en Páez su mejor soporte. Luego, apenas enterado de que el Congreso de Colombia pretendía juzgarlo, Bolívar fue el primero en aconsejarle que esquivara aquella comparecencia en Bogotá. Convendría citar al propio Libertador: "A mis ojos la ruina de Colombia está consumada desde el día en que usted fue llamado por el Congreso" (Bolívar a Páez, 8 de agosto de 1826).

Como se ve, hasta Bolívar fue indulgente con Páez. Chávez, en cambio, no.





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