21 Enero, 2007:Un hombre sin necesidades

Por Venezuela Real - 21 de Enero, 2007, 9:55, Categoría: Política Nacional

ALBERTO BARRERA TYSZKA
El Nacional
21 de Enero de 2007    

Esto de tratar de comprender qué vamos siendo resulta, muchas veces, un esfuerzo inútil.

Hay que intentarlo todo, de todas las formas posibles, de cualquier manera. Ahora, por ejemplo, me tienta acercarme al socialismo del siglo XXI a través de una sospecha: el presidente Chávez jamás en su vida ha tenido un trabajo.

Cuidado. No estoy diciendo que nuestro supremo comandante sea un flojo, un vagoneto que sólo está pendiente de ver dónde se aplasta. No. Por el contrario, él ha demostrado que es un hombre muy emprendedor, persistente en sus obsesiones. Me refiero a otra cosa, a la experiencia tan común y ciudadana de tener un trabajo fijo. Pienso en una chamba con horarios, con jefe y con competidores, con auditorías, con quince y último. Sospecho que Hugo Chávez jamás ha pasado por ahí.

De joven, en su ilusión de ser pelotero, salió directo de la casa de su abuela a la Academia Militar. Aún no había cumplido 20 años. Así vivió, pagado por el Estado, hasta el golpe de 1992. El Estado costeó su alimentación, su formación académica, su entretenimiento, sus viajes... incluso, de alguna manera, hasta financió sus conspiraciones y sus actividades subversivas en contra del mismo Estado.

Durante todo ese tiempo, casi dos décadas, Hugo Chávez probablemente no tuvo que bregar por un cupo en ningún lado, ni hacer una cola para presentar sus papeles y tratar de obtener un trabajo, o pasar por el trance de buscar referencias o de pedir un aumento.

Sospecho que Hugo Chávez nunca tuvo la venezolanísima necesidad de salir a la calle a matar un tigre. El Estado, burgués y liberal, siempre le dio todo.

No es poca cosa. Se trata, también, de una formación anímica, de una identidad, de una genética cultural. Hay, en este proceso educativo, una idea distinta del tiempo y del trabajo, del esfuerzo y de las relaciones con los otros; una manera particular de entender la producción y la distribución de la riqueza en la sociedad. El Presidente Chávez, genuina y honestamente, piensa que cuando habla, cuando repite algunas cosas frente a cualquier auditorio, en realidad está trabajando. El mismo ha contado cómo, cuando estaba asignado a un destacamento en Elorza, se dedicaba a conversar con los niños, a organizar obras de teatro, a animar actos culturales. Así lo educaron. Él es un discípulo perfecto de la ebriedad petrolera del fin del siglo pasado.

Desde esta perspectiva, el Presidente está siendo bastante coherente consigo mismo, con su propio proceso. Sigue sin tener un trabajo. La presidencia es una fiesta. No hay quien lo controle, no tiene que rendirle cuentas a nadie, puede hacer lo que le da la gana, como le da la gana y cuando le da la gana. Quien jamás tuvo que enfrentarse a la angustia de un presupuesto personal, ahora, con asombrosa seguridad, se hace cargo del presupuesto de toda la nación. Compra, regala, invierte, dona, presta, financia... Es la misma experiencia que lo lleva a pensar que sabe de economía porque le gusta sacar cuentas en un papel y, cada vez que puede, habla bien de las matemáticas. La misma experiencia que lo lleva a no separar lo público de lo privado, a mezclar generosamente las urgencias nacionales y sus propios intereses personales: en una misma línea de prioridades puede hablar de la ley habilitante, del segundo nombre de su hermano, o de la incorporación de una nueva estrofa al himno nacional.

Si mi sospecha fuera cierta, quizás, entonces, el no haber tenido nunca un trabajo fijo, pudiera también explicar la facilidad con la que el Presidente dispone del trabajo, del esfuerzo y de los beneficios de los otros. Cuando Chávez propone reducir el sueldo a los empleados públicos, no sólo dinamita su primer capital político: la esperanza, sino que además vuelve a mostrar su naturaleza de hombre mantenido por el Estado, de funcionario sin preocupaciones, dedicado a vigilar a los demás.

No tiene ni idea de cuánto le cuesta al prójimo ir al mercado, comprar un medicamento en una farmacia, pagar sus servicios, mantener a su familia... No sabe lo que es vivir pateando la calle, buscando juntar unos billetes. Pero la evidencia mayor la aporta el propio Presidente cuando confiesa que él no tiene que bajarse el sueldo, que él no gasta nada, que él no tiene necesidades. Sólo quien goza de muchos privilegios puede hablar así. Chávez sigue siendo un militar que no tiene nada pero que lo tiene todo. Un millonario que no necesita preocuparse por su riqueza. Ese es, justamente, otro de sus grandes lujos: despreciar el dinero.

Sospecho ahora que el socialismo del siglo XXI tiene un gran problema: su gerente principal es el "hombre nuevo" de la cuarta república.





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