El 4 de febrero

Por Venezuela Real - 4 de Febrero, 2007, 21:33, Categoría: Cultura e Ideas

Ramón Escovar Salom
El Nacional
03 de Febrero de 2007   


No es verdad que se anuncien cronométricamente los acontecimientos históricos. Hay hechos que se tocan pero no se ven, escribió Alexis de Tocqueville en El antiguo régimen y la revolución. Me acuerdo que en 1945 no se precisaba que el l8 de octubre al medio día se produciría un golpe de Estado.

Pero desde el final de septiembre de aquel año en el ritmo telúrico de la sociedad venezolana se sentía el anuncio imprecisable de un acontecimiento extraordinario, es decir, fuera lo ordinario, de lo habitual, de la rutina convivial de lo cotidiano. Se especulaba sobre un alzamiento del general Eleazar López Contreras.

Pero nadie pudo precisar que antes de fines de octubre el presidente Medina estaría derrocado e iniciando un exilio de varios años. Tenía yo 19 años y en la Facultad de Derecho de la Universidad Central especulábamos sobre el porvenir.

A fines de 1991 el país venezolano estaba impregnado de rumores y hecho que a veces no se ven aunque se tocan en el sentido tocquevilliano, pero que advertían sobre signos de perturbación de la vida cotidiana. El general Carlos Peñalosa, al término de su misión como comandante del Ejército, había advertido públicamente en acto solemne en el patio de la Escuela Militar, que en el seno del ejército crecía la murmuración y se sentían algunas inconformidades. ¿Qué hizo el Estado para hacer el seguimiento del comentario del alto jefe militar? ¿Cuáles fueron las disposiciones del presidente de la República y comandante en jefe? Al parecer el gesto clásico de los destinados a perder el poder. Lo mismo de Luis XVI de Francia cuando le anunciaron los sucesos de 1789. Se imaginó que aquello todo era un motín. En otra escala y en otro tiempo el presidente de Venezuela, la onda de la conspiración la sintió como una murmuración habitual, rutinaria, que no alcanzaría la fuerza de lo que pensaba que era "su" poder. Por dentro, el ego de que a él, precisamente a él, nadie era capaz de darle un golpe. Por fuera la evolución de las lealtades que son tales mientras no sople el viento de la adversidad.

Más tarde, días antes del golpe de febrero, un alto funcionario de la seguridad del Estado y varios conspicuos jefes militares, le advirtieron la proximidad de los acontecimientos. Despectivamente y con gesto indiferente no abrió el sobre con la información confidencial y les expresó a los interlocutores que le volvieran a hablar de "eso" a su regreso de Davos, peregrinación anual a Suiza, donde algunos ególatras del tercer mundo y de otros países no importantes tienen la oportunidad de retratarse con los dueños de la riqueza del mundo. El 4 de febrero en la alta madrugada un cuerpo de paracaidistas venido por tierra y no por el aire puso la boina roja sobre la mesa del poder. El Presidente no tuvo que abrir el sobre. La información a la que le negó importancia estaba transformada en fuego militar capaz de dejar su testimonio en muertos, heridos y señas en las paredes del palacio presidencial.

El llamado viernes negro de febrero de 1983, el 27 de febrero de 1989, el 4 de febrero de 1992, el 27 de septiembre de 1992 son piezas de una misma secuencia histórica que forman parte de una compleja interconexión en que la legitimidad democrática fue perdiendo valor porque el sistema político había dejado de cumplir con su capacidad para mantener el ascenso social. El crecimiento económico no es capaz de sostener al sistema político. Se hace más viva la pugna por la distribución del ingreso.

Este ambiente de negligencia y de abulia política estimuló el apetito histórico de una logia militar, mesiánica y milenarista, la cual, como algunas de sus antecesoras, se rodea de juramentos simbólicos. Envuelta en la retórica marcial del patriotismo bolivariano se convierte en un núcleo activo de acción política.

¿Y el gobierno no tuvo información? ¿Se subestimó su análisis? La conspiración se movió con soltura y todo esto es posible comprobarlo leyendo el libro de Kléber Ramírez Rojas. Entiendo que Ramírez, además de la URSS, había visitado Vietnam y Camboya. Si el golpe del 4 de febrero hubiese tenido éxito militar posiblemente hubiese orientado la acción revolucionaria hacia sus fuentes más radicales.

Lo que se llama ahora el socialismo del siglo XXI en cierto modo está descrito en los proyectos de decretos preparados para el 4 de febrero.

Es un diseño bien añejado en las fuentes más representativas del comunismo asiático. No eran escasos los admiradores de Pol Pot en el Perú y en Venezuela.

Todo esto para mirar con claridad el proyecto bolivariano y entender que así como no es bolivariano tampoco es democrático. No es bolivariano porque su raíz es revolucionaria y marxista. Y si fuera bolivariano tampoco sería democrático porque Bolívar no era demócrata.

En el mejor de sus momentos fue republicano.

En un punto desafortunado de su destino político aceptó la dictadura. Pero ese tampoco era su talante y su estilo.

El 4 de febrero estuvo planeado no como un desbordamiento trompetero sino como un acto de la revolución mundial. Sus aliados fueron los factores internos. En primer lugar el acelerador del 27 de febrero, hecho agravado por la comprobable y comprobada ineficacia del Presidente para frenar a tiempo la violencia después de iniciarse la alteración del orden público y haber sido la causa de que se produjese por sus imprudentes decisiones económicas en una sociedad a la cual se le hizo una promesa electoral muy diferente.

Para el 4 de febrero de 1992 el sistema político estaba en crisis. La corrupción lo había venido devorando hasta el punto de que el expresidente Rómulo Betancourt alertó varias veces sobre su importancia. El líder de la insurrección fracasó como militar alzado contra la constitución, porque todavía la constitución era más fuerte que el golpe de Estado. La revolución proyectada tenía que esperar y aún envolverse en los rodajes institucionales de la democracia representativa.

Hoy el proyecto político del 4 de febrero es más fuerte que la Constitución. Pero el diseño descrito por Ramírez Rojas tiene otras limitaciones puesto que posee como sustentación un sistema político, con sus valores, sus normas y sus compromisos internacionales. Tiene urgencia de ingeniería política. Eso se busca con el poder comunal, el parlamentarismo de calle y la delegación de competencias en el Presidente de la República.

Es una versión distinta de Pol Pot o de Vietnam. Pero es la revolución mundial con un manual diseñado en Cuba y una inspiración en el marxismo conocido hasta ahora que es uno de los padres más conspicuos de la pobreza mundial








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