27F: Día de funeral

Por Venezuela Real - 27 de Febrero, 2007, 9:22, Categoría: Testimonios

Luz Mely Reyes
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25 de Febrero de 2007

Supongo que muchos jóvenes cuando oyen hablar de los sucesos del 27F y días subsiguientes pueden quedar en una nebulosa.

Siento que, como la masacre que describe García Márquez en Cien años de soledad, lo ocurrido en 1989, se diluye en la memoria del pueblo.

La tarde del 27F hacía "repeticiones" en la cuesta que lleva a La Cachucha, en la UCV. Desde allí, mi compañera de entrenamiento y yo vimos detenerse los vehículos en la autopista Francisco Fajardo La gente se bajaba, salía a la vía y nosotras, pata `e rolo, corríamos una y otra vez pensando en futuras competencias.

Cuando se desataron los rumores sobre supuestos saqueos en el centro de Caracas, simple y llanamente no lo podíamos creer.

Tengo imágenes vagas de los operativos desarrollados después por el Ejército, distribuyendo comida, así como que de la noche a la mañana, literalmente, ya nuestra mesada, unos 10 bolívares, no alcanzaba para comprar el desayuno, consistente en una canilla, queso paisa, malta y café con leche.

Lo que sí recuerdo claramente es el sonido de las ráfagas de plomo que se desataban especialmente en la noche y el alboroto que se generó al anunciarse la suspensión de garantías y el toque de queda.

Me había quedado esos días en casa de mi amiga Gina, en Los Rosales, porque era imposible llegar a mi casa, en Maca Este, Petare. Pero al tercer día decidí partir a pie.

Esperaba que en cualquier tramo del camino alguien me diera la cola. De ilusiones también se vive. No había transporte público, sólo camiones llenos de soldados.

Me acordé de los relatos de mi madre sobre los días de represión de Pérez Jiménez y al principio de la democracia.

El toque de queda era como un terreno oscuro y misterioso donde todo podía ocurrir.

Lo peor, cómo se comprobó después, eran las muertes sin culpables. Partí al mediodía para que no me agarrará la restricción que empezaba a las 6 pm.

Al principio sólo noté la soledad de las calles. Pasé por la avenida Los Ilustres, llegué a Plaza Venezuela, me enrumbé por la Casanova, seguí hasta la Francisco de Miranda. Pasé por Chacao, Altamira, el Parque del Este, Los Ruices, Los Dos Caminos, La California y todo era "relativamente normal". Pero apenas traspasé la frontera de La California con Campo Rico y Buena Vista empecé a ver los negocios saqueados. Caminé lo más aprisa que pude.

Cuando llegué a la redoma de Petare ni siquiera volteaba para los lados. Al pasar por la escuela José de Jesús Arocha, un soldado disparó una ráfaga de FAL al aire para anunciar que el toque había empezado. Aceleré la marcha. Cuando llegué a Baloa vi que el supermercado San Rafael, propiedad de un ciudadano portugués que apreciábamos mucho, había sido saqueado e incendiado; la panadería también. Escuché que uno de los dueños había muerto. Me metí hacia La Línea y subí esmachetada hasta mi casa por unas escaleras que usábamos para cortar camino, pero que era el centro de operaciones de los malandros. Llegué sana y salva.

Después supe de las muertes, de los saqueos en su debida proporción, de la lucha que dieron algunos familiares porque temían los entierros colectivos.

Así mis ojos, acostumbrados al horror de vivir en un barrio donde los malandros fumaban marihuana en la esquina y robaban a la gente con un cuchillo, se abrieron ante una realidad que nunca nos imagínanos, ni siquiera cuando los adultos contaban los sucesos de su época.

 "...un soldado disparó una ráfaga de FAL al aire para anunciar que el toque había empezado"







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