Venezuela crece musicalmente, pese a Chávez

Por Venezuela Real - 27 de Febrero, 2007, 10:33, Categoría: Cultura e Ideas

Emilio J. Cárdenas
Economía para todos (Argentina)
22 de Febrero de 2007


El “Sistema Nacional de Orquestas de Jóvenes y Niños de Venezuela” ha permitido que cientos de niños y jóvenes venezolanos –de todas las clases sociales– se acerquen a la música clásica y aprendan a tocar un instrumento

No todas las noticias que nos llegan desde la bolivariana Venezuela son malas, ni producen necesariamente rechazo. No todos son gritos, ni desafíos, ni provocaciones, ni insultos, ni petulancia, ni desprecios, ni siembras de resentimiento, ni burlas de mal gusto, ni faltas de la educación más elemental. Hay también algunas buenas noticias que, por lo general, tienen naturalmente bastante poco que ver con el arbitrario Hugo Chávez, como cabe esperar.

Tampoco es todo necesariamente salsa o balada, en Venezuela. Hay en ese país quienes, musicalmente al menos, son capaces de levantar la mirada por sobre las propias fronteras y reconocer la cultura musical universal, cualquiera sea su origen.

Desde hace más de tres décadas, Venezuela ha tenido un programa constante y coherente para difundir la música clásica entre los más pobres y los más jóvenes, especialmente. Hoy, unos 250.000 jóvenes venezolanos tocan en orquestas y conjuntos de música clásica, a lo largo y ancho del país. De allí salieron ya hombres como Gustavo Dudamel, quien a los 25 años supo dirigir orquestas de renombre en ciudades como Berlín, Tel Aviv y Los Ángeles. O Edison Ruiz, quien a los 17 años fue el músico más joven de todos los que tocan el contrabajo en la Filarmónica de Berlín.

En los barrios más pobres, la música clásica compite de esta manera con las drogas y las armas por la atención de la juventud. Y, muchas veces, se impone a ellas. Lo que es un triunfo de la vida. Para imitar, ciertamente, si nuestros devaluados políticos tuvieran otro nivel y estuvieran dedicados (con algunas notorias excepciones, como las de nuestras provincias de Salta o San Luis) a gobernar, en lugar de acumular poder y (algunos) también dinero.

Consciente de que la música clásica puede cambiar a la gente, Venezuela sigue adelante con su programa denominado “Sistema Nacional de Orquestas de Jóvenes y Niños de Venezuela”, que fue pergeñado, allá por 1975, por José Antonio Abreu, un buen profesor de música y director enamorado de lo que hace.

En un comienzo, Abreu trabajaba con unos pocos colaboradores voluntarios y con apenas unos once estudiantes.

Hoy, Venezuela tiene unas doscientas orquestas juveniles y nada menos que 136 distintos centros de enseñanza, distribuidos por todo el país. Y Chávez, cuyo enfoque cultural es ciertamente bien diferente, está lejos de poder reclamar ninguna autoría por este éxito venezolano. Muy lejos.

Cualquier chico o chica que quiere aprender música tiene acceso al instrumento que desea y a cuatro horas de instrucción musical que se brinda luego del horario escolar, todos los días que pueda.

Miles de niños y niñas se enrolan constantemente en el referido programa a partir de los 4 ó 5 años de edad. En pocas semanas, la mayoría de ellos comienza a tocar el instrumento al que, por su elección, dedica su tiempo. Y se enamora de él. Algunos perdidamente. Pese a que muchos provienen de hogares en los que jamás resonó la música clásica.

Los estudiantes no sólo se dedican a sus instrumentos musicales individuales, sino que también estudian historia de la música, cantan en coros, van a conciertos y practican todo lo que pueden.

Se empieza bien temprano, entonces. Así la música clásica tiene miles de jóvenes seguidores y el talento se puede detectar bien al comienzo de los estudios, para entonces trabajar con él, de modo de hacerlo crecer y aprovecharlo al máximo.

No hace mucho, un conocido periodista norteamericano, absorto por lo que descubrió respecto del programa venezolano de difusión de la música clásica, sugería –con otras palabras– que no sólo es la magia de la música lo que atrae a los jóvenes, sino también el misterio de poder, de pronto, interpretar a compositores complicados –como Bach, por ejemplo– y hasta la pompa de los trajes de etiqueta y los vestidos oscuros, que pertenece a la liturgia universal –civilizada y respetuosa– que siempre, con sus más y con sus menos, acompaña a la ejecución de la buena música.

Para imitar, reitero.

Ojalá alguien se anime a hacerlo, sin poner carteles que salen de nuestros bolsillos para que se sepa lo que se está haciendo (como desagradablemente ocurre ahora en los espacios públicos de la Ciudad de Buenos Aires en los que –en medio de un verdadero basural a cielo abierto que se reabre todas y cada una de las tardes– mensajes y cintas de propaganda parecen ser más importantes –y hasta más caros– que las obras que ellos anuncian a los cuatro vientos, para que ellas se vean, como si hacerlas no fuera, pura y simplemente, el deber de su autor, que está actuando como mandatario de todos).

Qué bueno sería poder ponerlo en marcha simplemente por considerarlo una buena idea y como parte del cumplimiento de un deber irrenunciable. Esto sería absolutamente extraordinario, por sorpresivo. Y, vaya sorpresa, estaríamos imitando a Venezuela en algo que vale la pena, más allá de una retórica caribeña que es –con demasiada frecuencia– mera expresión de una actitud profundamente mal educada y, por ello, desagradable.





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