Crónica de Javier Marías

Por Venezuela Real - 2 de Marzo, 2007, 10:38, Categoría: Prensa Internacional

Javier Marías
EL PAIS - España
18 de Febrero de 2007

Yo me imagino que a la mitad de los venezolanos, o a un tercio, no les hará maldita la gracia, pero su Presidente previtalicio y omnipresente, el antaño golpista y luego –vaya manera de premiar su delito– elegido y reelegido Hugo Chávez, lleva tiempo ofreciendo las imágenes más bufas de la televisión mundial, y miren que la competencia es tremenda. En su loco afán por aparecer en pantalla, sólo comparable con el de Berlusconi, no le basta disponer de un one-man show con el que castiga a sus compatriotas –entre otras cosas, les canta– y que no sé si se llama Aló Presidente, Oiga a Hugo o Cháchara Chávez, sino que, sabedor de que las cadenas televisivas difundirán esas imágenes por todo el planeta, ha tomado la costumbre de visitar cada poco al convaleciente Fidel Castro, a quien ya no hay modo de ver si no es en su compañía, siempre disfrazado el cantante de piloto de Fórmula 1 de alguna escudería con divisa roja.

La última de estas escenas, hasta la fecha en que escribo, ha sido particularmente reveladora y cómica: Un fuerte abrazo", le decía Chávez al estupefacto Castro: sin abrazarlo, por cierto, ni fuerte ni flojo; se limitaba a plantarle las manos sobre los hombros; "de millones, tú sabes, este abrazo es de millones, no es mío, y este sentimiento" (¿cuál?) "es de millones, que te admiramos, te queremos, te necesitamos, y te …" (aquí ya no se le ocurría nada más, tan falso era el discursillo) "… te seguimos, paso a paso" (en el actual estado de Castro más valía que fuera así, difícilmente podría haber sido "zancada a zancada" o salto a salto").

Resultaba evidente que a Chávez le importaba un carajo, como diría él, la salud de Castro: tan artificial, tan exhibicionista, tan prosopopéyica y a la vez dubitativa se veía la escena, tan claramente hablaba Chávez a las cámaras, en modo alguno al Comandante enfermo. Pero me he dejado arrastrar por el efectismo de las imágenes, y no es a eso a lo que iba, sino a la petulancia y megalomanía de esas frases insinceras.

Por muy Presidente que sea, ¿cómo se atreve Chávez a decir que el abrazo que ni siquiera daba era "de millones" y "no mío"? ¿Cómo se arroga, en una visita fingidamente personal, amistosa, la representación nada menos que "de millones", aunque sean compatriotas y tal vez votantes suyos?

Hay que decir en su relativo descargo que no es hoy el único en sentirse multitud y que, de hecho, esta fea tendencia está extendidísima en el mundo entero. Ya es bastante embarazoso que los Presidentes de Gobierno y Jefes de Estado digan a menudo cosas como "En mi nombre y en el de todos los españoles …", como si nadie, por importante que sea, pudiera hablar nunca en nombre de todo un país, o creer que sus connacionales en pleno suscribirían lo que a él o a ella se les antojara soltar en cualquier circunstancia (por lo general grandes paridas).

Pero en fin, todavía un dirigente político, un representante elegido" (si es que ha sido elegido, porque los que más hablan por sus pueblos son los que no lo han sido), tiene una leve justificación, en los parlamentos oficiales. Lo que ya no tiene un pase, y sucede sólo en España y en los países que comparten lengua con ella, es que casi cualquier escritor, cineasta, pintor, modisto, cocinero, deportista o músico al que se entrega un premio o distinción en el extranjero, lo primero que diga invariablemente es que con ese premio a su labor se está premiando "a la literatura española", y quien dice literatura dice cine, pintura, moda, cocina, deporte o música.

Y lo para mí más sorprendente es que quienes proclaman tan demagógica falacia creen estar siendo generosos e incluso modestos, amén de patrióticos, ça va sans dire, cuando en realidad están siendo de una megalomanía y una presunción preocupantes, si no enfermizas. No sé si se dan cuenta del delirio de grandeza implícito: "En mí" (santo cielo) "se premia a toda la literatura española".

En vez de pensar el galardonado, sin falsa modestia pero sin pretensiones mayúsculas, que lo que ha hecho por su cuenta les ha parecido bien a unas instituciones o a los miembros de un jurado, independientemente de su nacionalidad o españolidad, se cree o asegura creerse que al reconocerse su mérito se está reconociendo nada menos que a la Patria, en él encarnada. Como si además nuestras patrias nos ayudaran en nada a los que escribimos o cocinamos (más, parece, a los que filman o pintan). Claro que la prensa tiene buena parte de culpa de esta fea tendencia, porque suele jalear cada éxito individual de un artista o un deportista como hazaña colectiva y motivo de patriotero orgullo.

Luego tildamos justamente de grotesca y paleta la misma actitud referida a la literatura andaluza, la cocina catalana, la pintura aragonesa o la moda vasca (ya saben, peinado de fraile y pendiente); pero el conjunto de España no hace sino marcar la senda de tales ridiculeces y dar pésimo ejemplo, al procurar que los individuos que destacan ya no se sientan eso, individuos sin más, sino verdaderas y grandiosas muchedumbres.





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