¿Revolución sin ideología?

Por Venezuela Real - 5 de Marzo, 2007, 16:12, Categoría: Cultura e Ideas

ARMANDO DURÁN
El Nacional
05 de Marzo de 2007 

Los escándalos de corrupción se acumulan en la Comisión de Contraloría de la Asamblea Nacional. En pocas horas se agota la nueva emisión de bonos revolucionarios pero en dólares. Las expropiaciones de empresas como la Cantv y la Electricidad de Caracas se llevan a cabo por el muy ortodoxo método de la compra de acciones. En los sectores más marginales de las ciudades se repiten las marchas de protesta por la inseguridad galopante, por la falta de vivienda, por el altísimo costo de la vida, por el desabastecimiento de productos de primera necesidad.

Hechos que no trazan las duras coordenadas sociales de un país alineado con los intereses del capitalismo ni que remiten directamente a las imperiales recetas del Fondo Monetario Internacional para propiciar el empobrecimiento de los pueblos explotados del mundo, sino que definen las señas de identidad de una Venezuela que desde hace 8 años marcha, nos dice y repite emocionado Hugo Chávez, hacia el socialismo.

Cierto que uno de los temas de mayor interés para Chávez ha sido proporcionarle al actual proceso político venezolano una doctrina que lo diferencie del pasado. En un principio, los hechos, la imagen y el mito de Bolívar le brindaron un ilusorio asidero. Siempre supo, sin embargo, que el "bolivarianismo" no pasaba de ser una coartada y que lo único verdaderamente aprovechable de ese modelo ejemplar era el carácter inconcluso de los ideales de la independencia y la integración. Sin la menor duda, estos conceptos se relacionaban con su proyecto de alcanzar y ejercer un poder absoluto con la excusa de una segunda emancipación, la llamada refundación de la República, pero a todas luces resultaban insuficientes para justificar el gran salto que se proponía dar para cerrar en Venezuela el capítulo de la democracia liberal.

También le servían, y eso quizá era más importante aún, para ir preparando el momento de llamar algún día a las cosas por su nombre. Es decir, para aludir al socialismo sin eufemismos, aunque le añadiera al sustantivo socialismo el modificador "del siglo XXI" con que Heinz Dieterich proponía devolverle al pensamiento de Marx y Engels su original sentido ético y libertario.

De este modo, sin mayores resistencias, con aquella misma vaselina que le recomendaba usar Rómulo Betancourt a sus compañeros de 1930 para introducir poco a poco el comunismo en la conciencia de los venezolanos, por primera vez en la historia el ideal y la realidad socialistas redujeron al antiguo régimen a un borroso pasaje de la historia y conquistaron el poder político, económico y cultural en las urnas de unas elecciones cuya validez aritmética e institucional fue reconocida de inmediato por las fuerzas del candidato derrotado. A esta experiencia insólita se le añadieron enseguida dos ingredientes que completarían el andamiaje de la Venezuela por venir: plenos poderes para gobernar por decreto y reforma constitucional para dotar a la nueva sociedad del ordenamiento jurídico que exige su proyecto "revolucionario".

Se trata de datos que parecen indicar que a partir de ahora la ideología dominante en Venezuela será el socialismo y que los venezolanos, por gusto o resignación, se disponen a revivir, en plena posmodernidad planetaria, la anacrónica experiencia cubana. ¿O no? Porque es precisamente en este punto donde surgen las primeras dudas. ¿De veras Venezuela se hace socialista? ¿Es Chávez un socialista iluminado por la misma convicción intelectual que permitió a Fidel Castro imponerle a Cuba, durante 49 años, esa grisácea tonalidad centroeuropea que caracterizaba la vida en la Unión Soviética y en los países del campo socialista? La respuesta va mucho más allá de la controversia filosófica. La destemplanza de Chávez, su desprecio por la opinión de los demás, su forma de entender las discrepancias como actos criminales, su valoración unidimensional de la realidad, los rotundos fracasos de un gobierno cuyas energías se disipan en un voluntarismo declarativo tan absurdo como el cifrar las expectativas de la población en la ruta de la empanada o en los cultivos organopónicos, sólo encontraban su justificación formal en el compromiso ideológico, equivocado o no. Sin embargo, a medida que pasa el tiempo, uno comienza a temer que lo que ocurre en Venezuela no es por culpa de la ideología presidencial sino precisamente porque Chávez carece de ideología.

Lenin decía que no hay praxis revolucionaria sin teoría. Sin brújula ideológica que le señale el norte, a Chávez sólo le queda seguir perdido en su laberinto.

Su revolución, con todo el peso del pasado y presente a cuestas, parece condenada a girar en el círculo vicioso de una aventura personal, sin rumbo y sin otro destino que el desengaño. ¡Qué tristeza!.





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