RAMÓN ESCOVAR SALOM
El Nacional
06 de Marzo de 2007
Al final del siglo XX, con el desenlace de la Guerra Fría, hubo quienes ingenua u optimistamente pensaron que se había terminado la confrontación por el poder mundial. No fueron pocos los que se adhirieron al optimismo del profesor Fukuyama, quien anunció el final de la historia.
Estados Unidos, como superpoder exclusivo, pensó que era un triunfo definitivo y los neofundamentalistas de la política y de la economía alzaron la voz para decretar un pensamiento único para el tiempo por venir.
Esta reflexión puede ser útil para mostrar algunos de los perfiles del libro de Moisés Naím, Illicit, (Double Day, New York, 2005). Es una excelente oportunidad para poner delante algunas de las perversidades del mundo global. Cuando el libro se publicó en inglés, al final de 2005, la perspectiva de la mundialización era agobiante, habiéndose acentuado desde entonces el potencial crítico que el libro contiene.
Hemos venido creyendo que existe una comunidad de naciones suficientemente idónea para sustentar la legalidad internacional. Según eso, el viejo conflicto entre la ley y la trampa en la sociedad global estaría claramente resuelto a favor de la ley.
Pero lo que ahora puede comprobarse es que en el comienzo del siglo XXI la trampa le ha venido ocupando espacio y fuerza a la voluntad y la aplicación de la ley. Moisés Naím en su variado itinerario por lo ilícito, así escrito, nos muestra un preocupante tejido de relaciones, aproximaciones y dispersiones que nos dan derecho a concluir que en la geopolítica mundial existen agujeros negros como en el espacio sideral, en donde no operan las leyes conocidas y por lo tanto actúan en obediencia a centrífugas particulares y no a normas previamente conocidas.
En los últimos trescientos años la cultura occidental se propuso construir un orden, primero para darle forma al Estado nacional y después para crear las bases de una legalidad internacional, la cual sirve de apoyo a la globalización. Pero el crecimiento y las perspectivas tecnológicas desbordan los límites del Estado nacional y estimulan una práctica comunicacional que pasa o puede pasar por encima de la legalidad internacional y destruye el monopolio de la violencia que ha sido privilegio exclusivo de los estados. Naím alude a los agujeros negros como alusión al comportamiento conocido y previsible que sería característica y misión de la legalidad internacional.
Para decirlo y escribirlo en palabras más crudas: hay tendencias globales que podrían destruir lo que hemos conocido como civilización para imponer otros comportamientos.
Una parte de la sociedad mundial no mayoritaria se propone suplantar las normas existentes para proteger toda clase de actividades criminales. El mundo de lo ilícito se expande y la legalidad se encoge.
Por supuesto, los países de escasa o baja legalidad tienen menos defensas inmunológicas frente a los factores que se empeñan en ser los administradores de la globalización.
Por supuesto que la sociedad comunicacional, la mundialización y su influencia económica específica son hechos irreversibles. No se puede ser antiglobalizador como no es posible desde el siglo XVI, cuando el espíritu humano pasó del mar al océano, declararse enemigo de la navegación. Lo que tenemos que aspirar es a estar en la lista de los ganadores y no de los perdedores de la globalización.
Los estados malhechores, bellacos, maleantes, pícaros, bribones y pillos, como hay tantos todavía en el planeta que actúan dentro del marco histórico del Estado nacional y que son miembros de las Naciones Unidas se interconectan como operadores parciales o totales en el mundo de lo ilícito y se convierten en actores conscientes en el reto planetario contra el imperio de la ley. Son nuevos actores en el espacio de la trampa.
Es preciso reconocer que algunos de los errores cometidos por los países occidentales y particularmente por Estados Unidos, como superpotencia mundial, han favorecido esta situación. El error estratégico fundamental sucedió al final de la Guerra Fría cuando en lugar de abrirse hacía la pluralidad de intereses encaminados hacia la globalización, Estados Unidos se comprometió con el fundamentalismo neoliberal, el cual se ha convertido en un dogmatismo tan agresivo como fue el marxismo después de la revolución rusa.
Una fórmula simple y de prudente visión nacional es que para defenderse del lado malo de la sociedad global es preciso preservar y proteger instituciones internas estables, una legalidad impecable y una perspectiva del orden mundial que no puede ser el horizonte que tenemos a la vista. El libro de Naím nos convoca para esta reflexión.