El primer motor inmóvil

Por Venezuela Real - 8 de Marzo, 2007, 13:48, Categoría: Política Nacional

COLETTE CAPRILES
EL NACIONAL
08 de Marzo de 2007    

Aquí se ha producido una paradoja. Como si después de un largo noviazgo, una pareja de recién casados descubriera que sólo tiene en común silencios opresivos a la hora del desayuno, en ese intervalo inevitable de convivencia antes de salir cada cual para su trabajo.

El 3 de diciembre millones de electores decidieron prolongar el status quo, y el correr de los días empieza a mostrar que es precisamente esa vida despreocupada de novios la que se disuelve y se transforma en un horizonte oscuro de trabajos y penurias. Adornado con el poder absoluto, el presidente tiene frente a sí un panorama telúrico, lleno de grietas y vapores, muy distinto de la aspiración geométrica y ordenada que le dictan sus sueños. Apenas tocó con el dedo la burbuja de la economía y se produjo un evento atómico. No entiendo yo bien todavía cuál fue la tecla equivocada: ¿habrá pensado el presidente que restringiendo las importaciones incrementaba instantáneamente las oportunidades de los amigos empresarios? O quizás fue un gesto imperial como para tantear la potencia recién adquirida y levantarse, en un abrir y cerrar de ojos, en la patria socialista, pletórica de empresas públicas, de juntas de conducción sindicales, de cooperativas sin ganancias, de felices hormiguitas rojas saludando el amanecer, olvidados ya de tanta visita al templo sambilista y de la idolatría del consumo. Pero mientras tanto el dedo imperativo se ocupó de hurgar también en la sosegada tranquilidad de las tribus y sus caciques, dibujando la silueta del partido único y monoteísta. Y toca ahora atender esa picazón, esa rebelión en la granja, intuyendo que el único partido no evitará que sigan floreciendo los poderes fácticos, los círculos de ex funcionarios poderosos que, como correas de transmisión de los dineros públicos, seguirán cultivando sus extensos jardines privados mientras cantan las loas del caudillo.

La paradoja, o más bien la aporía, consiste justamente en que el poder se vuelve impotente. Se diría que se trata del guión de un manga, de una comiquita sideral que tuviera como protagonista un Doktor Faustus irreflexivo y bien criollo: el tipo lo tiene todo, lo posee todo, y está impotentizado, limitado al monólogo imperial y a los espectáculos oportunistas en tierras foráneas. Lo decía también Raúl González Fabre en un extraordinario artículo en SIC: el tsunami estatizador (que, por cierto, ha sido objeto en Aporrea de algunas tímidas dudas que procuran extraer alguna lección del fracaso de la Unión Soviética) se estrella contra un Estado moribundo, deshilachado, fragmentado, traspasado por las redes clientelares del rentismo y su viscosidad petrolera. La apoteosis del caudillo significa el suicidio de las instituciones. Y eso no es retórica de expertos en políticas públicas: eso se inscribe en cada asesinato, en cada humillación, en cada cola para comida, en cada reclamo por vivienda. En cada frustración, es decir, en cada patética ausencia del Estado verborreico que pela por la cartera ante cualquier demanda, como esos padres divorciados que atiborran al crío de helados el domingo cuando les toca visita, sin querer descifrar el pedido de atención que grita ahí.

La pregunta es ¿cuánto tiempo más necesita el gobierno para comprender que el éxito de su proyecto depende no de más poder sino de menos poder? Hay quienes le atribuyen al Che Guevara esa expresión tan popular durante el Mayo Francés: "Sean realistas: pidan lo imposible", y seguramente más de un entusiasta del gobierno adereza su ensalada ideológica con este eslogan, que sirve de justificativo estético para el voluntarismo y prepara al revolucionario para el fracaso reiterado de sus buenas intenciones.

Pero como los casi cuarenta años transcurridos desde entonces han traído consigo otros universos representacionales y comunicacionales, el gobierno grita: "Sean realistas: finjan lo imposible", y envuelve la tenacidad de la miseria, el dolor de los deudos de los asesinados, los malabarismos de los niños en los semáforos y la calentera de Podemos, con la película de su hegemonía mediática, y con el presidente como el cuerpo mismo de la realidad actuante, arropando y borrando todas las "pequeñas realidades" de todos los días, minimizadas, disminuidas frente a la realidad imposible del gobierno.

La física aristotélica ordenaba al mundo según una cadena de potencias que dejaba al primer eslabón como el que mueve sin ser movido. Habría que preguntarse cuánto tiempo le llevará al elector decepcionado remontarse en la cadena causal hasta encontrar que ese primer motor no sólo es inmóvil sino que inmoviliza, paraliza, castra y detiene el florecimiento de su propia vida.






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