El miedo vive en Ciudad Guayana

Por Venezuela Real - 11 de Marzo, 2007, 18:05, Categoría: Seguridad/Inseguridad

ALFREDO MEZA
El Nacional
11 de Marzo de 2007

En dos años han asesinado a 120 sindicalistas, según la Cámara de la Construcción
Trabajadores y empresarios cuentan cómo en el estado Bolívar campea la impunidad y crece la sensación de terror. Los obreros pagan entre 500.000 y 1.000.000 de bolívares para conseguir trabajo

I
Cada viernes, cuando llega la hora de pagar la nómina semanal, el empresario Freddy Otero recuerda la primera vez que sus empleados le pidieron dinero para comprar pólvora. Pensó entonces que se trataba de una broma. Hoy sabe que no lo era.

"Donde dice pólvora léase balas", aclara. Entre 2005 y 2006 la Cámara de la Construcción ha documentado el asesinato de 120 personas vinculadas con los sindicatos de la construcción en la entidad. El reporte de la Federación de Trabajadores del Estado Bolívar es todavía más dramático: la organización calcula que desde 2004 han muerto 150 hombres. Ahora las diferencias entre los obreros se dirimen a balazos.

El presidente de la cámara, un hombrón de manos enormes llamado Omar Terán, ha sido también testigo del horror. Una vez despidió a un grupo de trabajadores de una obra. Ya habían culminado sus labores.

Sólo quedaban por resolver detalles menores. Uno de ellos se le acercó. "Si mi liquidación no suma la cantidad de dinero que he calculado, atente a las consecuencias", lo amenazó. Otero, quien además es vicepresidente de la Cámara, vivió un episodio similar en la construcción del estadio Cachamay. El sindicato decidió paralizar las actividades, pero Otero siguió trabajando con un grupo de fieles obreros haciendo lo que en la jerga de los ingenieros denominan "un replanteo" (el punto donde empieza el encofrado).

Poco después uno de los líderes de la protesta caminó hacia él apuntándolo con una pistola 9 milímetros. "Es que tu no entiendes que tienes que pararte", le dijo el hombre. Otero se fue para su casa y sólo volvió cuando el sindicato levantó la protesta.

Ninguno de los dos pronuncia la palabra miedo, pero quizás no hace falta. Para entender las dimensiones de la crisis basta escuchar las historias que dan cuenta de la transformación de las relaciones entre patronos, obreros y sindicatos. Hace poco más de dos décadas, Terán llegó a Ciudad Guayana encandilado por las luces del desarrollo de las empresas básicas. Aquí entendió que las organizaciones sindicales son muy poderosas.

Que peleaban por los derechos de sus asociados, que asignan 75% de los puestos de trabajo, que el margen de maniobra de los empresarios es escaso (apenas pueden contratar 25% del recurso humano necesario para levantar un edificio), y que cualquier incumplimiento de las condiciones de trabajo deviene en una huelga. "Pero entonces no estaban los pistoleros. Hoy los sindicalistas andan con guardaespaldas y armados", analiza. Y eso se debe no sólo a la tasa de desempleo, que según el Centro de Investigaciones para la Productividad y la Vida de la Universidad Católica Andrés Bello región Guayana, es de 65%, sino a la proliferación de varias corrientes sindicales que, a punta de pistola, pretenden controlar al personal obrero.

II
En el sector Los Raudales, en la franja urbanizada del sector Altavista más cercana al río Caroní, se construirán edificios y town houses. El topógrafo de la obra no puede precisar la cantidad de viviendas porque el movimiento de tierra empezó apenas hace 15 días, pero uno de los sindicatos de la zona –el oficialista Sinatracom (Sindicato Nacional de Trabajadores de la Construcción y la Madera)– ya se instaló en la construcción.

Poco importa qué van a hacer aquí. Lo importante es tener poder de decisión. El control.

En esta oportunidad Sinatracom le ganó la mano a sus rivales por un golpe de suerte. La compañía constructora quiso que este sindicato suministre el porcentaje de trabajadores establecido en la convención colectiva. En lo sucesivo quien aspire a trabajar en la obra deberá pasar por la alcabala del delegado de esa organización, Oscar Estrada, un hombre al que apodan el "Tukan". La mañana en la que estuve en el portón de la obra no estaba por allí, pero todos los desempleados que esperaban la oportunidad para trabajar lo mencionaban como el encargado de decidir quién entra. "Cuando finalice el movimiento de tierra comenzaremos a trabajar", afirma esperanzado un hombre flaco que está anotado en una lista desde hace 28 meses.

"Tukan" marcó los límites del terreno con spray negro, de tal forma que lo primero que se ve al llegar a la obra es una amplia pared de bloques de cemento sin frisar con la inscripción Sinatracom, como si se tratara de un letrero que dice "perro bravo". "Las obras se marcan aquí con spray y balas", completa la idea Vladimir Suárez, otro de los desempleados que espera una oportunidad a las puertas de la construcción. Con suerte, y si los delegados respetan el orden de la lista y no venden los empleos, Suárez podrá comenzar a trabajar este año. Mientras tanto les toca esperar bajo el sol de justicia de Puerto Ordaz.

Esa rutina sólo se altera cuando uno de ellos consigue un trabajo puntual con un cliente.

Cuando eso sucede deben hablar con el delegado para que los tenga en cuenta en su ausencia. "Si uno no `mata un tigre’ se muere de hambre", dice otro de los desempleados.

No siempre, sin embargo, se forjan buenas relaciones entre patronos y sindicatos. Cruz Gómez, quien es uno de los integrantes del Comité Ejecutivo de Sinatracom, maneja tanto como un taxista aunque ese no sea su oficio. Durante todo el día recorre las obras que controla su organización en el municipio Caroní, pero también está atento a cualquier movimiento de maquinarias para ganarle la carrera a sus rivales. La proliferación de sindicatos ha creado nuevas responsabilidades y los trabajos más insólitos. "A veces tenemos que caerles y rayarlas. Aquí impera la ley del graffiti. No hace mucho controlábamos la construcción de una posada turística y la gente de UBT (Unión Bolivariana de Trabajadores) quiso apoderarse del terreno. A veces la cosa se pone difícil", relata.

Alguna vez la Cámara de la Construcción quiso mediar para evitar que Ciudad Guayana se convierta en lo que es hoy: una parodia tropical del Chicago de los gangsters. El 5 de abril de 2006 representantes de la Iglesia, la gobernación del estado Bolívar, los sindicatos y la Cámara de la Construcción firmaron un convenio de paz laboral, donde los sindicatos se comprometían, entre otras cosas, a dejar de pintar las paredes. "Dos meses después se olvidaron de todo y las pintas reaparecieron", recuerda Omar Terán. Los asesinatos y los guardaespaldas tampoco cesaron. Eliott Ness vive en Ciudad Guayana.

III
La panadería Las Villas está ubicada en una calle bastante transitada de Altavista. A la vera del local caminan los empleados del Seniat y los peatones que vienen del Centro Comercial Ciudad Altavista. No es un sitio, sin embargo, sólo para detenerse a tomar café o comprar un dulce después del almuerzo. Los dirigentes sindicales han hecho de ella su punto de encuentro. Allí idean nuevos modelos de contrato colectivo, hablan de política y ofrecen ruedas de prensa con los reporteros locales.

A ninguno de ellos le gusta sentarse en la espaciosa terraza techada del local. Prefieren hacerlo dentro, donde sopla un inclemente aire acondicionado y cualquier conversación queda disimulada por ventanales empañados. La excusa es el calor de la ciudad, que por estos días de marzo no es tan inclemente, aunque en realidad todos ellos se cuidan. En la terraza estarían a merced de los balazos de sus enemigos.

"Ninguno de ellos lo va a reconocer, pero todos tenemos que tomar nuestras previsiones", dice off the record un alto dirigente sindical de la zona. Por eso Ildemaro Vallés, secretario general de Sinatracom, nunca anda solo. Alguna vez intentaron asesinarlo a la salida de su casa, en la vía hacia Upata. Ahora lo custodian dos hombres, entre ellos un cabo retirado de la Guardia Nacional. Tiene la frente amplia, apenas disimulada por una gorra camuflajeada con una imagen en fieltro del presidente Hugo Chávez.

"A mi Dios es el único que me quita la vida", sentencia.

Vallés dice que nunca va armado, pero en su casa guarda una pistola por si acaso. Trata de venderse como la expresión acabada de la honestidad sindical. Sólo podría batirse a tiros con alguien, dice, si viene a ofrecerle dinero a cambio de un puesto de trabajo. Dice ser respetuoso de la lista que se elabora en los portones. "Una vez un muchacho trató de sobornarme para que le consiguiera un trabajo. Saqué entonces la pistola y eché cuatro tiros. El hombre salió corriendo. Mis amigos me gritaban `contrólate Vallito, contrólate’. Soy un enemigo declarado de la venta de empleos", afirma.

"Ahora nadie quiere construir en Guayana o emprender una remodelación. Apenas empiezan se acerca un sindicato. Incluso para trabajos menores dentro de una quinta", agrega.

Autoridades policiales, fiscales y obreros señalan como otra de las causas de las muertes el irrespeto a las listas que se elaboran en los portones de las construcciones. En ese sentido abundan las leyendas urbanas sobre las tarifas que hay que pagar para poder trabajar en una obra. "Se dice que un obrero debe cancelar al sindicato entre 500.000 y 1.000.000 de bolívares por cada puesto de trabajo. Si una obra necesita 20 obreros, ¿con cuánto se queda el delegado?", lanza la pregunta Omar Terán.

Ninguno de los sindicatos de la construcción, no obstante, se considera capaz de vender puestos de trabajo. Manuel Muñoz, presidente de la Federación Nacional de Trabajadores de la Construcción y sus Similares (Fenacts), evita referirse a ese asunto. Es uno de los líderes sindicales de la zona y el principal responsables de la creación de sindicatos paralelos en el sector de la construcción, pero lleva esa carga con orgullo. Después de todo, dice, no se puede obligar al trabajador a pertenecer a un sindicato único. Pero reconoce que la democratización del movimiento sindical ha generado mucha más violencia. "Y también le ha permitido al trabajador que es expulsado de un sindicato afiliarse a otro. Y si al que botan es un líder, ese líder se lleva a todos sus dirigidos a la nueva organización", explica Vladimir Tremaria, miembro de Sinatracom.

Manuel Muñoz asegura que no tiene miedo, pero no llega solo a la panadería Las Villas y prefiere sentarse lejos del alcance de las carrozas de la muerte. Lo acompaña un hombre joven que se sienta a otra mesa. "No tengo carro blindado y aquel que tú ves allá sentado es mi hijo", aclara cualquier malentendido. "Me preocupa, sí, la impunidad, la falta de voluntad y decisión política del Estado para resolver todos los casos de sicariato en el sector construcción. La policía no tiene la mínima intención de detener a los responsables de los más recientes asesinatos, que están identificados", alerta.

Sindicalistas, empresarios e ingenieros se sentirían más tranquilos si la Guardia Nacional custodia los portones y controla las listas de empleos.

Otros, como Víctor Moreno, presidente de la Federación de Trabajadores del Estado Bolívar, propone la elección de un solo sindicato."Yo creo que el Gobierno debe convocar a toda la dirigencia sindical a una reunión con los ministerios de Relaciones Interiores y Justicia, de Industrias Básicas y Minería, del Trabajo, con las federaciones, e impulsar un compromiso. Y que los resultados se respeten para que los empresarios contraten con ese sindicato legitimado", explica.

Aquí en Ciudad Guayana han perdido la esperanza de que la impunidad disminuya, pero los hombres vinculados al sector de la construcción creen que es posible acabar con la violencia sindical. Ya son demasiados muertos y una sensación de desasosiego que se acrecienta. Los familiares guardan silencio. El episodio que sobrepasó el listón de la incredulidad fue la muerte de tres miembros del Sindicato Unificado de Trabajadores del Estado Bolívar –Neomar Rodríguez, Robert Rivero y Eloina Rangel– durante las exequias de dos compañeros acribillados a balazos dentro de un vehículo en las inmediaciones del estadio Cachamay. Eso ocurrió a finales del pasado mes de enero y la crisis parecía tocar fondo.

Pero salvo una promesa de investigación de la Asamblea Nacional todo parece estar igual.

Inclusive el miedo.





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