El otro yo del doctor K

Por Venezuela Real - 15 de Marzo, 2007, 13:03, Categoría: Prensa Internacional

Daniel Della Costa
La Nación - Argentina
15  de Marzo de 2007

La explicación más pueril -la que señala que, como Chávez es una suerte de Tío Rico que se ha portado espléndidamente con la Argentina, no se le puede negar nada- es la que cuenta con más adeptos a la hora de entender por qué el Gobierno se involucró, del modo que lo hizo, en el acto que el venezolano protagonizó el viernes último. Cuando en realidad, según se han preocupado por hacerlo saber distintos voceros, fue el mismísimo K quien ordenó que las cosas se hicieran así a pesar, inclusive, de la oposición de su cónyuge. Lo que le puede resultar muy caro si, como ocurre en otros matrimonios, la señora compensa su disgusto con un tarjetazo en algún shopping de auténticas primeras marcas.

En consecuencia, la pregunta que cabe hacerse no es quién ordenó algo tan descabellado, sino por qué lo hizo. Y aquí es cuando la cosa se torna delicada, ya que roza los sutiles campos del inconsciente. Cualquiera que tenga algunos años encima recordará al dibujante Divito y a una de sus más recordadas creaciones: El otro yo del doctor Merengue . Este doctor era un personaje reprimido, pero con otro en su interior que decía todas las barbaridades que él no se atrevía a expresar. ¿Un auto que pasaba le salpicaba la pilcha recién estrenada? El doctor Merengue no hacía ni un gesto, pero su otro yo le recordaba al conductor a su mamá y a su hermanita. ¿Una muchacha pechugona y glamorosa se detenía junto a él? El Dr. Merengue apenas si le dirigía una mirada distraída. En cambio su otro yo desorbitado y babeándose se lanzaba sobre el budinazo como dispuesto a sumergirse en su escote.

¿Y qué pasa con el argentino y el venezolano? No puede haber dos personas más distintas. Uno es más bien tímido, teme enfrentarse a la prensa, habla lo indispensable, sus ideas no son claras, viste como hace cuarenta años y odia la pompa y el protocolo. El otro es lanzado, espontáneo, sanguíneo y así como hubo quienes vistieron camisas pardas o negras, él anda con la suya roja de aquí para allá, para pregonar su socialismo caribeño; entre las multitudes, en las reuniones mundanas o en las ceremonias públicas, siempre está como pez en el agua; habla hasta por los codos y siempre es categórico: en las Naciones Unidas o ante una audiencia aymara en El Alto, y cuesta imaginarlo distinto comiendo, una arepa en familia o tomando un mojito entre amigos.

En consecuencia, se podrá discutir si las 30.000 personas que acudieron a Ferro estuvieron allí por su voluntad o fueron atraídas por el sándwich y la gaseosa. Pero lo que es seguro es que hubo alguien que no estuvo pero que igualmente siguió el acto paso a paso, bebiendo las palabras del Comandante, disfrutando de los denuestos contra el encogido Bush y prometiéndose, algún día, ser tan categórico como él a la hora de ignorar a la oposición, saltar por encima de las leyes de la república y sincerar su propósito de quedarse al mando hasta el fin de sus días.

Al reo de la cortada de San Ignacio, notorio hincha azulgrana y que desde hace un par de semanas anda como levitando y con una sonrisa a flor de labios, alguien le preguntó si votaría "a la Cristina para presidente". "¿Qué? -reaccionó el reo-. ¿A la Cristina? Al único que voy a votar para presidente, rey o emperador, es al pelado Díaz."





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