Rómulo Betancourt y Miguel Otero Silva: En torno a la generación del 28

Por Venezuela Real - 18 de Marzo, 2007, 15:41, Categoría: Cultura e Ideas

Antonio Sánchez García
Notitarde
Marzo 2007

La historia de la república se ha articulado en torno a dos descollantes generaciones: la que insurgió en 1810 e impuso el paso del colonialismo monárquico a la república independiente; y la de 1928, que posibilitó el tránsito desde el militarismo autocrático en que degenerara aquélla a la democracia representativa que empujara la república hacia la modernidad. Son, sin duda alguna, las cimas generacionales que jalonan nuestra historia.

En términos de gestión política, ambas generaciones reestructuran los mecanismos de gobierno y la orientación general de nuestra sociedad: de la administración monárquica a la administración republicana, la de 1810. Con un inevitable saldo de lacras y taras, particularmente las del caudillismo militarista montado sobre las mismas estructuras semifeudales legadas por los tres siglos de dominio colonial. Aunque empobrecidas y devastadas por las guerras civiles. En cuanto a la generación del 28, impulsa y logra el tránsito pacífico del caudillismo despótico y tiránico de la república liberal autocrática a la democracia representativa, vigente hasta 1998. El primer período de paz y progreso ininterrumpidos de nuestra turbulenta y accidentada historia.

Son los dos grandes hitos de nuestra historia moderna: 1810 y la República Liberal Autocrática y 1928 y la emergencia de la generación que le abrirá al país el amplio escenario democrático. Entreabierto con la revolución del 18 de octubre de 1945 y definitivamente establecido con la caída de la dictadura y el inicio de la democracia el 23 de enero de 1958.

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Ambos eventos nacen torcidos, para usar una expresión de Rómulo Gallegos, cuando refiriéndose en su exilio mejicano al golpe cívico militar del 18 de octubre hablara de "la desviación por el atajo para enderezar". Se refería al acuerdo circunstancial de la elite política del 28 -dirigida por el joven Rómulo Betancourt, entonces de 37 años- con los coroneles Pérez Jiménez, Delgado Chalbaud y otros oficiales de las fuerzas armadas. Brecht, en su drama Galileo Galilei, acuñó una excelente figura para describir el entuerto al que se refiere Gallegos: para desayunar con el diablo, se requiere de un cucharón muy largo. La historia demostraría que la del 28 aún no estaba en condiciones de asumir el mando de la nación. Así estuviera dispuesta a desayunar con el diablo.

El diablo, en nuestro caso, había encontrado ocasión de nacer, desarrollarse y entronizarse en el sustrato genético de nuestra república con un vicio congénito: el militarismo autocrático. Carente de una elite civil capaz de asumir la administración de los asuntos públicos, la gestión de la república quedaría entregada a los generales victoriosos salidos del pueblo -como Páez o Joaquín Crespo, para mencionar casos emblemáticos de caudillos de guerra sin ninguna cultura elevados al Poder por la fuerza de sus lanzas- o hechos ad hoc a partir de sus ambiciones autocráticas, como Cipriano Castro o Gómez, autoproclamados generales de la república.

Es el grave mal de nuestra idiosincrasia: repúblicas en armas, las llamaron algunos analistas. Dotadas, como en el caso venezolano, de una particular religión de Estado: el culto a Bolívar. Carente, por lo mismo, de una sólida, estructurada y poderosa sociedad civil. Habiendo la civilidad brillado por su ausencia, el Poder se ve usurpado desde 1830, al momento de nuestro nacimiento republicano, por caudillos armados, autocráticos y dictatoriales. Así y aun animados por los mejores propósitos hayan cumplido con buenos gobiernos conservadores, aunque de sesgo liberal, como en el caso de Páez.

El mal estaba hecho. El mal del militarismo, nuestra enfermedad congénita.

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La lucha a muerte contra el caudillismo militarista y sus sargentones: así podría describirse el programa fundacional de nuestra democracia, expresada en el Plan de Barranquilla, suscrito el 22 de marzo de 1931 por un grupo dirigido por Rómulo Betancourt a un mes exacto de haber cumplido los 23 años. Primer diagnóstico en profundidad de nuestras taras, fallas estructurales y falencias socio-políticas, orientado por primera vez hacia el futuro nacional. El primer punto del programa deja expresa constancia del espíritu que anima al grupo fundacional de nuestra democracia: "Hombres civiles al manejo de la cosa pública. Exclusión de todo elemento militar del mecanismo administrativo durante el período preconstitucional. Lucha contra el caudillismo militarista".

Es cierto: el programa de Barranquilla adelanta otros ejes nodales de acción política y sanidad pública: la lucha contra el despotismo, el nepotismo y el peculado, el combate por la libertad de expresión y la libre circulación de las ideas, la lucha por la emancipación cultural y educativa de nuestras clases trabajadores, la lucha por la soberanía nacional. Pero su idea-fuerza está constituida por la necesidad de arrebatarle al caudillismo militarista el control de la cosa pública para entregársela al pueblo, a la sociedad civil. Un pueblo emancipado de las taras de la incultura y el analfabetismo y liberado de la subordinación a los mecanismos de la explotación latifundaria.

A más de 75 años de ese ambicioso proyecto asombran la hondura de su análisis y la fuerza de su racionalidad argumentativa. Es más: constituye un acierto político que intuye el verdadero derrotero por el que habrá de conducirse la revolución democratizadora en Venezuela. No por los carriles del marxismo-leninismo, la lucha de clases y la dictadura proletaria, como quisieran quienes insisten en la necesidad de confrontar a Gómez con un programa de extrema izquierda radical -como le señala su compañero generacional Miguel Otero Silva en carta desde París-, sino por los que dicte una práctica política apegada a nuestras verdaderas determinaciones estructurales. Ha de ser, por lo tanto, un movimiento pluriclasista y democrático, pacífico y social, nacional y antiimperialista que reúna y convoque a todas las clases y sectores explotados y reprimidos por la tiranía del déspota. ¿Cómo imaginar posible una revolución de corte proletario en un país carente de proletariado?, se pregunta Rómulo. Zanjando toda disputa con una perogrullada alejada de toda disquisición ideológica.

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Yo quisiera insistir en tres aspectos característicos y fundamentales de esta generación del 28, a la que en rigor le debemos la democracia de la que, a pesar de los pesares, seguimos disfrutando hasta el día de hoy. Frágiles y golpeados restos, es cierto, pero reservorio al fin del que sin duda extraeremos la fuerza, el coraje y la inteligencia para volver a situar a nuestro país por la senda democrática que se merece y nos merecemos. Me refiero a su juventud al momento de emerger a la acción pública, a su vocación mesiánica y a su altísima intuición e inteligencia políticas.

En primer lugar, y para efectos del orden natural de las cosas, lo que primero se admira de la generación del 28 es la extraordinaria juventud con que sus miembros se hacen a la lucha política y social. Cuando irrumpe en la vida pública nacional, anquilosada y cataléptica por el brutal ejercicio dictatorial de que hace gala la elite militar gobernante, sus líderes acaban de cumplir la mayoría de edad. Rómulo, Jóvito Villalba y Otero Silva, por sólo mencionar a tres de sus más brillantes exponentes, acaban de cumplir los 21 años. Rómulo ha nacido en Guatire el 22 de febrero, Jóvito el 23 de marzo en Pampatar y Otero Silva en Barcelona el 26 de octubre, todos en el año 1908. Es cierto: Raúl Leoni lo ha hecho en El Manteco en 1905, Gonzalo Barrios en Acarigua en 1903 y Mariano Picón Salas en Mérida, en 1901. Como puede verse: ninguno de ellos caraqueño. Por primera vez en nuestra historia, se expresa un país plural desde todos sus confines. Pero es el grupo nacido en 1908, precisamente el año en que Gómez usurpa el Poder para instaurar la más brutal dictadura de que tengamos memoria, el que empuja y arrastra a los miembros de toda su generación para aplastar al íncubo y liberar a la patria.

En segundo lugar, asombra la densidad del compromiso vital empeñado por los jóvenes luchadores de la generación del 28. Lo que podríamos calificar de vocación mesiánica, no en términos trascendentes sino inmanentes a la realidad en que se lucha, de entrega total y absoluta a una sola causa, por encima de cualquier otra vocación profesional. En el mejor sentido paulista, tal como ha sido definida por Giorgio Agamben en El tiempo que resta: "La revocación mesiánica es la revocación de toda vocación... La vocación llama a la vocación misma, es como una urgencia que la trabaja y ahonda desde el interior... Esto significa tener una vocación, vivir en la klésis mesiánica". En nuestro caso: entregarse de lleno y sin reservas de ninguna especie a la lucha por el derrocamiento de Gómez y el establecimiento de la democracia en Venezuela. Si necesario fuera, al costo de la propia vida.

En tercer lugar, la extraordinaria preparación intelectual de que hacen gala los jóvenes venezolanos que enfrentan el bíblico desafío de enfrentar con sus manos desnudas al hombre más poderoso y al régimen más sólido y establecido que hasta entonces haya conocido la república. Desarmados, es cierto, pero proféticos. Imbuidos de una inteligencia política, una sed de conocimiento y una entrega mesiánica como para llevar a cabo la batalla de las ideas, primero, y la lucha práctica por asumir el Poder, después. De allí la hondura en la caracterización de la sociedad venezolana de que el Plan de Barranquilla hace gala. Ya presente en el panfleto En la huella de la pezuña, escrito a cuatro manos entre Rómulo Betancourt y Miguel Otero Silva. Así como en la decisión de realizar un profundo trabajo de investigación y estudio socio-económico de la sociedad venezolana, que en ambos dará productos imprescindibles para la comprensión de nuestra realidad, como Venezuela, política y petróleo, de Betancourt, o la importante obra literaria de Otero Silva, que encuentra su culminación en sus novelas Casas muertas y Cuando quiero llorar no lloro, o en su máxima obra intelectual y política, el periódico El Nacional. Sin el cual no es imaginable la magna obra de la democracia venezolana.

Como en ninguna otra generación, en los mejores representantes de la generación del 28, apenas un puñado de soñadores, se dio la feliz confluencia entre teoría y praxis, entre estudio y acción, entre las ideas y los hechos. Comprendieron que toda transformación social comienza por librar y ganar la batalla de las ideas. Y en entregarse a la causa de la libertad sin reservas ni mezquindades.

Pronto a cumplirse el centenario del nacimiento de Miguel Otero Silva y de Rómulo Betancourt, el desenlace de las batallas a las que entregaran sus vidas, continúa abierto. La lucha contra el militarismo autocrático, el peculado y una democracia decente -los objetivos de su primera acción política, recién salidos de la adolescencia- sigue para nosotros, sus herederos, más vigente que nunca.







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