Claro y bolivariano

Por Venezuela Real - 19 de Marzo, 2007, 19:19, Categoría: Cultura e Ideas

TULIO HERNÁNDEZ
EL NACIONAL
18 de Marzo de 2007     

Muchas cosas atentan contra la democracia.

Pero entre todas ellas –la suspensión de la autonomía de poderes, la intolerancia y desprecio por el oponente, el sectarismo gubernamental, el abandono del estado de derecho, el culto a la personalidad– existe una que, por su propia naturaleza, constituye la prueba más flagrante de que un proyecto autoritario y una tiranía personal se ha puesto en marcha.

Me refiero a la voluntad de una persona por mantenerse de manera indefinida, si es posible hasta que la muerte lo separe, al frente del gobierno de una nación.

Se trata de una obsesión antidemocrática. Precisamente, porque una de las grandes conquistas de la democracia fue limitar el tiempo de ejercicio de una misma persona en el más alto mando de un país.

Toda vez que, desde el punto de vista democrático, el poder no deviene de una condición divina y un linaje familiar sino de una decisión muy terrenal, la voluntad popular expresada en votos, queda claro que nadie debe gobernar, como lo hacían los reyes, más allá de un tiempo prudente so pena de convertirse en tirano.

Al contrario de las monarquías y los gobiernos dictatoriales en cualquiera de sus variantes, lo que caracteriza a la democracia es la alternancia en el poder, no solamente de diferentes opciones ideológicas y partidistas, sino de las personas de carne y hueso a quienes se les encomienda su conducción. Sin embargo, muchos sistemas democráticos han contemplado formas de reelección que permiten una extensión del tiempo gobierno a quienes el colectivo considere que lo han hecho bien.

En latinoamerica la idea de la reelección presidencial ha sido un recurso constitucional muy polémico y cuestionado.

La recurrencia entre nosotros de la figura del hombre fuerte que a la manera de Juan Vicente Gómez, Porfirio Díaz o Alfredo Stroessner se asienta en el poder por más de dos, tres e, incluso, cuatro décadas como en el caso de Fidel Castro, ha hecho que nuestros legisladores demócratas teman que permitir la continuidad en el poder de un solo hombre, aún en contextos democráticos, reactive los atavismos continuistas de los autócratas.

Es lo que explica que muchos países no avalen la reelección, otros como Colombia apenas recién la hayan aprobado y la mayoría, sanamente, hayan optado por la reelección sólo por un período. Por esta razón, a diferencia de lo que ha ocurrido con los autócratas, son muy pocos los gobernantes demócratas que hayan presidido sus países por más de una década y hasta ahora no se ha escuchado a ninguno declarar públicamente su voluntad de gobernar indefinidamente.

Chávez anunció que gobernaría de manera ininterrumpida hasta el 2021. Luego, extendió el período hasta el 2030.

Y, ahora, se presenta anunciando sin titubeos que en la reforma constitucional que adelanta se incluirá una cláusula que aprueba la reelección presidencial indefinida. Se convierte así en un hecho "legal" su proyecto personal de arribar a la ancianidad conduciendo el país por exactamente 31 años. Más o menos el mismo tiempo durante el cual el dictador "Chapita" Trujillo gobernó, con una corta interrupción, la República Dominicana entre 1930 y 1961, o el que usó Anastasio Somoza sometiendo a Nicaragua entre 1937 y 1956.

Es la gran amenaza. La involución y el retroceso que los venezolanos demócratas –y cuando digo demócratas incluyo los seguidores del Presidente que aún no han lanzado por la borda todos sus principios democráticos– no podemos permitirnos. A pesar de la debilidad generada por las pésimas decisiones opositoras, especialmente aquella de regalarle al oficialismo una Asamblea Nacional unicolor, impedir la reelección presidencial indefinida debería ser la cruzada fundamental, el motivo de unión y sacrificio y la causa de la más grande movilización de derechos civiles que haya conocido el país. No hay manera democrática de justificar el deseo vanidoso de aferrarse al poder.

Tal vez por eso, el Presidente de la República se muestra tan irritado por el movimiento de opinión generado por la organización Ciudadanía Activa que ha comenzado a recordar el Discurso de Ayacucho. Aquel en el que el "Padre de la patria" sentencia, con precisión, que: "Nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo el mismo ciudadano en el poder. El pueblo se acostumbra a obedecer y él se acostumbra a mandarlo. De donde ser origina la usurpación y la tiranía". Más claro y bolivariano, imposible.





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