El derecho a no absolver

Por Venezuela Real - 19 de Marzo, 2007, 21:14, Categoría: Cultura e Ideas

E. Mayobre
El Nacional
13 de marzo de 2007

Quienes tienen vocación de profetas o se creen predestinados recurren al lugar común de afirmar "la historia me absolverá". Algunos lo hacen –como Fidel Castro– al luchar contra dictaduras y estiman que quienes los juzgan no tienen autonomía ni autoridad moral para hacerlo. Otros –proclamados desde el ejercicio del poder– lo aseveran porque tienen una mala conciencia y pretenden que la posteridad comprenda sus fallas y carencias.

Apelan a la historia, a la que suponen impersonal e indefinida capaz de favorecerles.

Al hacerlo se aprovechan de un concepto de historia que se nutre de la aspiración de los profesionales de esa disciplina de hacer de ella una ciencia semejante a las que estudian a la naturaleza. La historia del futuro diría la palabra final sobre lo que ahora está pasando.

En Venezuela.

Sería ajena a las pasiones que ahora nos consumen, las cuales no permitirían evaluar fríamente la realidad y la esencia de lo que nos ocurre.

Los protagonistas cultivan la ilusión de que desde esa perspectiva alejada lograrán el perdón de sus pecados y obtener una absolución para entrar en la posteridad sin manchas.

Este artilugio de remitir al juicio del futuro y a la indiferencia científica de quienes no han vivido o padecido un proceso, revolución, anarquía, éxito o fracaso, lamentablemente es compatible con los instintos básicos de los profesionales de la historia. Incluso el historiador de mayor envergadura que tiene actualmente Venezuela Germán Carrera Damas– puede caer en tal debilidad. Por ejemplo, el pasado 22 de febrero en la presentación de tres libros publicados por la Fundación Rómulo Betancourt Carrera se excusaba porque el hecho de haber sido contemporáneo de las horas estelares del ex presidente podía hacerle perder la objetividad que imponen los cánones seudocientíficos de su disciplina.

Cuando es su vivencia directa lo que le otorga mayor interés a lo que dice. La combinación de experiencia vital con sabiduría aporta mucho más de lo que pudieran decir los doctos historiadores del futuro basados en la discutible evidencia de documentos que ellos llamarían "fuentes primarias".

Quienes han tenido el privilegio de ver nacer documentos que serán tenidos como históricos sabemos que ellos contienen tantas o más mentiras que las que puede tener el testimonio más apasionado de un contemporáneo.

Digo todo lo anterior porque considero que el recurso fácil de remitir al juicio de la historia es habitualmente una manera poco honesta de descalificar el juicio de los contemporáneos.

Por ejemplo, todas las calamidades del "proceso" y la llamada "revolución bolivariana" las estamos viviendo los venezolanos del aquí y del ahora y no habrá historiador del futuro capaz de padecerlas por nosotros. El hecho de tener que vivirlas día a día nos autoriza a emitir un juicio muy bien fundamentado. Tan importante o más que el de los historiadores del futuro. La posteridad, a la que apelan quienes hoy nos gobiernan, no tendrá que oír al Aló Presidente como si fuera la clave del futuro, como si fuera el Oráculo de Delfos. Ni tendrá que sufrir la escasez, la inflación o las amenazas que ahora nos asedian.

Por ello nos sentimos plenamente autorizados para emitir juicios. Para decir, con la experiencia directa e inmediata, que es lo que está pasando. Dentro de esa autoridad o licencia se incluye el derecho a no absolver. El derecho a decir que los actuales gobernantes no sólo están equivocados sino que nos han perjudicado. Que han desperdiciado la oportunidad histórica que nos brindaba los altos precios del petróleo y han dedicado los inmensos recursos obtenidos a tratar de consolidar una concentración narcisista del poder. O, lo que es peor, han jugado con las expectativas de bienestar y justicia social del pueblo, alentando y manipulando esperanzas que ellos saben o deberían saber que son incapaces de satisfacer.

Ese fraude real y concreto que sufrimos en la vida cotidiana, y que se vincula sólo indirectamente con el de las maquinas de votación electrónicas, es el que nos obliga a ejercer el derecho a no absolver. El mismo que nos impone ponerlo por escrito, para que cuando los historiadores del futuro acudan a las fuentes primarias puedan constatar que mientras se despilfarraban recursos que hubieran podido servir para atender a las necesidades populares erigiendo costosas vallas que proclaman "Aquí llega el petróleo", los ingresos petroleros no llegaban a ninguna parte y este país y este pueblo padecían una combinación de inconciencia, incompetencia e ignorancia en la que esos recursos se diluían en la arbitrariedad y la extravagancia.

No los absolveremos. Y la historia tampoco. El gobierno, al contrario de lo que proclama, no es de todos. Y tampoco la culpa es de todos.

Tiene nombres y apellidos.

Con los que los contemporáneos, no los historiadores del futuro, estamos claramente familiarizados.
 William Dumont





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