Latinoamérica sin historia

Por Venezuela Real - 19 de Marzo, 2007, 19:44, Categoría: Cultura e Ideas

Elías Pino Iturrieta
EL UNIVERSAL
17 de marzo de 2007

"Una sociedad sin un espejo en el cual mirarse porque ni siquiera fue capaz de hacer uno"

La rabieta del teniente coronel ante la mención de Washington en labios supuestamente luciferinos pone de nuevo en el tapete la idea que tiene de la historia continental, aunque en realidad se trata de una sinrazón que termina dejándonos sin pasado y pendientes de que el destino se haga y deshaga en el extranjero en función de los poderes imperiales. En realidad se trata de una grosera amputación de la conciencia histórica, o de lo que Manuel Caballero califica de abolición de la historia en el caso venezolano. De seguidas se intentará un bosquejo de esa pretensión que termina por dejar a nuestros pueblos sin antecedentes oriundos para que un gladiador aclimatado en el cuartel garabatee una plana de los anales que termina por convertirlo en redentor. De redentor de algo que nadie sabe o que nadie puede buenamente aprehender, pero de lo cual se anuncia una salvación de zarzuela.

Su idea, si concedemos que existe de veras una idea, parte de la consideración de una existencia virginal en el principio de los tiempos que es profanada por la acción del conquistador. Hubo una vez una comunidad originaria en la cual reinaba la virtud y cuyos habitantes eran angelicales, pero que terminó convirtiéndose en infierno por una invasión de palurdos vestidos de hierro, de unos malucos que cercenaron el desarrollo de las cualidades de los ancestros considerados como santos. En esa bienaventuranza no hubo sojuzgamientos sanguinarios como los de los aztecas, ni dominaciones cruentas como la de los incas, ni explotación de los oprimidos como la de los mayas, sino solo una convivencia orientada a la solidaridad que desembocó en la inauguración del socialismo antes de que sus promotores se sirvieran de la rueda o en algunos casos de la escritura y mientras reinaba una nobleza de buenas intenciones, una casta de sacerdotes dedicada a la piedad y unos ejércitos que no mataban ni una mosca. ¿Qué pasó con ese vergel? Hollado por la perfidia de los coraceros blancos se perdió en la noche de los tiempos y ahora reaparece para iluminarnos con sus fulgurantes glorias.

A los cromos de comiquita sigue la presentación del período colonial como una plan de la metrópolis para que los colonos fueran apenas unos apéndices de las órdenes del rey, unos autómatas de la Iglesia, unos silenciosos acólitos gracias a cuya sumisión las Américas no pasaron de ser un pésimo calco de España o una deplorable vivencia de segunda mano. No hubo entonces una fábrica social, ni un trabajo hecho entre todos para la construcción de comarcas definidas por una personalidad singular, sino apenas una expectativa frente a la dominación de los encomenderos, o la contemplación pasiva del comercio de esclavos, o la postración ante los funcionarios de la usurpación, o la aceptación temerosa de las divisiones estamentales, o un lavado y planchado de cerebros a cargo de los frailes. Sin embargo, como por arte de magia, como producto de una milagrosa maroma, de pronto la gente se volvió revolucionaria y se la jugó por una gloriosa revolución. Nadie sabe cómo pudieron salir unas personas tan altivas y pendencieras de unas aplanadas dependencias, de unas inanimadas extremidades, pero lo cierto es que se pasaron de listas y terminaron por hacer una única gracia desde el principio de los tiempos: la Independencia. Pero fue una gracia pasajera, porque después los sobrevivientes, los sucesores de los patriotas y los advenedizos resolvieron venderle el alma a un nuevo Satanás que ahora representaban los ingleses y más tarde los gringos, aventureros y mercaderes venidos del extranjero a llenar el vacío de los derrotados en la víspera.

¿Qué queda de la simplificación? Una sociedad incapaz de valerse por sus propios medios, una virgen negada a cuidar su decoro, una colectividad que de tanto acostumbrase a la dominación no se tomó la molestia de alzar la mano sino en contadas ocasiones, la trivial metáfora de unas venas abiertas a su antojo por los fuereños debido a la docilidad de los explotados. Eso es Latinoamérica según las improvisaciones de quien niega protagonismo a los constructores de las nuevas repúblicas para acusarlos de lacayos y motejarlos de pigmeos, una sociedad sin un espejo en el cual mirarse porque ni siquiera fue capaz de hacer uno para observar su camino decorosamente desde una atalaya elevada por millones de individuos a través del tiempo. Latinoamérica prefirió hacer la siesta, prefirió la guía de una cartilla foránea de cuyas reglas viene a liberarnos por fin un actor estelar, el único desde los insólitos días de la Independencia. Lo terrible del asunto es que, aún en la esfera de los intelectuales, no le faltan seguidores a esta necedad que nos expulsa de la historia.





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