Legitimación de capital verbal

Por Venezuela Real - 19 de Marzo, 2007, 19:27, Categoría: Imagen gobierno / Chávez

MILAGROS SOCORRO
El Nacional
18 de Marzo de 2007

La expresión usada por el presidente Chávez para aludir al gran éxito que, según él, fue su más reciente gira por varios países del continente, que glosó diciendo: "Creo que le metimos medio chuzo" (al presidente George Bush, también en recorrido latinoamericano), ha producido indignación, malestar y rabia en un país abrumado por la violencia, preocupado por el empobrecimiento del lenguaje y exasperado por la discrecionalidad con que el mandatario usa los recursos económicos y morales del país.

En vez de acudir al código militar, que es el que mejor debería conocer y que alude al uso de armas legales y con fines legítimos, el Presidente apela a la jerga carcelaria para referirse a la supuesta derrota del enemigo.

Un chuzo es un arma ilegal, de fabricación improvisada, que no requiere de entrenamiento técnico o ético para su uso y jamás se registra en un inventario oficial. Es un arma que está en manos de personas distintas a las que han recibido del Estado una formación y un permiso para empuñarla. Es un objeto, pues, que prefigura a un delincuente. Y son demasiados los hogares venezolanos devastados por la delincuencia como para que el principal vocero de la nación (en exposición y poder) se permita adherir el lenguaje delictivo como forma de nombrar el éxito, la preeminencia de nuestro país y, en fin, el resultado de su trabajo como jefe del Estado.

Al escoger esa manera de expresarse y presentarla como patrón de algo positivo, el Presidente ha afrentado a miles de familias cuyo enemigo no está fuera de las fronteras sino pululando muy cerca, en las sombras de la violencia y de la impunidad.

La inmensa difusión que alcanzan los actos de habla del presidente Chávez lo convierten en un modelador del lenguaje, especialmente para los niños y jóvenes, quienes tienen en el caudal verbal la principal ruta de transmisión de valores y parámetros. Cuando transferimos la lengua a los hijos y a los alumnos, les instilamos una manera de concebir el mundo exterior e interior, así como una jerarquía de las bondades, digamos así, una brújula de lo que es bueno y lo que es malo. No se puede separar la realidad del conjunto de palabras que la sostienen como el plasma lleva en suspensión las células que nos dan la vida.

Y es diaria la lucha, en las aulas y en los hogares, para imprimir un habla no tanto correcta como eficiente, bella y justa.

Cuál habrá sido la desazón de quienes tenemos en el castellano de Venezuela la herramienta de trabajo, comunicación, creación y enseñanza, cuando vemos al Presidente de la República hurgar en la gramática de la penitenciaría para designar un logro del país.

Pero no hay que dejarse obnubilar por estas primeras percepciones de la jerga de rufianes que el Presidente ha adoptado. En realidad, más que una falta de sensibilidad con los huérfanos de las armas ilegales o una infracción académica o de urbanidad, estamos ante un asunto político. ¿A quién le habla el Presidente? Supongamos que a unas masas que admiten sin complicaciones este lenguaje porque parten de que, quienes lo usan, están en la ilegalidad porque son víctimas de un sistema injusto. El mismo mandatario dijo, al principio de su gobierno, que si él tuviera hambre robaría.

El punto es desde dónde habla, porque él mismo no puede presentarse como un excluido que encuentra en la fechoría una forma de redención. Chávez no es ni se presenta como una víctima sino como un vengador.

Una especie de Robin Hood que actúa al margen de la ley en defensa de los oprimidos. Y con ese objetivo, dictado por su gran corazón, está por encima de las instituciones y también puede disponer de los recursos del país sin consultar a nadie.

Todo vale, como a Robin Hood, porque practicar el bandidaje es social.

Al optar por un lenguaje distinto al que se espera de un jefe del Estado, Chávez demarca su rol y elige sus pares, que es lo que hacemos cuando hablamos con cada persona según su edad y alcance cognitivo. Heiddeger decía que el lenguaje es la morada del ser. Este ser, pues, mora en tierra de forajidos.

Pero es el gobernante electo de un país (que, además, no es cualquiera, es la cuna de Andrés Bello) y lo que diga la principal autoridad se impregna de eso, de autoridad. De manera que una frase tomada del argot malandril es legitimada al ser empleada en púlpito presidencial. Estamos, pues, ante una operación de legitimación de capital verbal: un lavado de lenguaje para normalizar todos los excesos que se cometan en nombre de la América pobre.

Y, de paso, se refuerza la idea de que en Venezuela el único delito que califica como tal es el político, mientras que las violaciones contra la vida y la propiedad son consecuencia de un historial de iniquidades.

Según sea la siembra de palabras se recoge cosecha de paz o de terror, que es, por cierto, el que impera en las cárceles.

Es deseo sincero de cualquier demócrata que el Presidente no termine sentado en el chuzo que camina por América Latina.






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