Chávez, la Argentina y el mundo

Por Venezuela Real - 25 de Marzo, 2007, 20:47, Categoría: Prensa Internacional

Editorial
La Nación - Argentina
25 de marzo de 2007

Después de la última visita del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, a la Argentina, hay quienes han procurado minimizar las implicaciones que lo sucedido puede tener para el país. La queja planteada por el gobierno de los Estados Unidos, por medio del número tres del Departamento de Estado, Nicholas Burns, descalifica aquellas impresiones.

Haber utilizado la ciudad de Buenos Aires como escenario de una confrontación entre el hombre fuerte de Venezuela y el presidente de los Estados Unidos ha sido, por lo menos, un disparate inconcebible para los cánones más elementales de la diplomacia. Las autoridades argentinas debieron haber advertido la conveniencia de tomar una mayor distancia de los aspectos más controvertibles de la visita de Chávez para el interés general del país.

La Argentina es parte de un sistema de solidaridad continental que se expresa a través de la Organización de Estados Americanos (OEA) y las instituciones y documentos jurídicos que de él se derivan. Actores centrales de ese sistema de más de medio siglo de existencia son los Estados Unidos y la Argentina. Fue precisamente durante el gobierno de Juan Perón cuando se constituyó este sistema en vigor, nacido bajo los ataques de movimientos insurgentes de los cuales Chávez y Fidel Castro son herederos principalísimos.

La política exterior argentina debe expresarse con mayor coherencia y no ser reflejo de una de las más insistentes imputaciones que desde hace mucho se hacen al país, por imprevisible. Hay un momento, en las relaciones entre los hombres y entre los países, en que se privilegian las concertaciones con el enemigo, del que se sabe habrá de cumplir su palabra, antes que con aquellos que, hamacándose eternamente entre posiciones contradictorias, siguen sin ser confiables aun después de haber asumido compromisos formales.

Chávez ha pisoteado la democracia venezolana, lo cual no puede silenciarse en un país que, como la Argentina, vive celebrando el haber reconstruido su propio orden constitucional desde 1983.

Chávez ha ido sometiendo, paso a paso, al Poder Judicial, hasta hacerle perder su independencia, y ha reducido al Legislativo a una fachada despojada de cualquier contenido. Hay sobrada experiencia en el derecho y la política comparada sobre cómo terminan los regímenes caracterizados por una extraordinaria delegación de facultades legislativas en el Poder Ejecutivo. Han sido antesala de tragedias que el mundo debería estar más dispuesto a ahorrarse en un siglo abierto con grandes esperanzas en que se lograría una mayor prosperidad para todos, material y espiritual, pero que no ha visto sino el ahondamiento de conflictos desde la última parte de la centuria anterior.

Chávez ha violentado con reiteración el principio de no injerencia en los asuntos internos de otros Estados, principio explícito en la Carta de la OEA. Lo ha hecho de manera abierta, con desplantes, insultos y groserías sorprendentes, o de forma más solapada pero no menos inadmisible, cuando financia a voceros que potencian su prédica desde otros espacios nacionales.

Chávez es, además, un insólito aliado estratégico de Irán, país acusado por vínculos con el terrorismo internacional y parte, en definitiva, de una muy delicada situación procesal y diplomática, pues por presunta relación con el atentado contra la AMIA, existe orden judicial de captura contra media docena de individuos que integraron su gobierno. Tampoco puede olvidarse que Irán es un aliado estratégico de Bielorrusia, el último régimen stalinista de Europa, al que la Argentina, en una decisión nunca explicada, se negó a sancionar en la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. En la carrera armamentista en la que se encuentra embarcado, Chávez está adquiriendo armas de última tecnología en ese país. Esto supone una amenaza para la paz y la seguridad regional.

En medio de este cuadro, la Argentina sigue sin acceso pleno a los mercados internacionales de crédito. Nadie ignora que existe el riesgo de que los acreedores que han sido reacios a aceptar los términos de la reestructuración de la deuda argentina -hay aún en default unos 20.000 millones de dólares- intenten embargos sobre los fondos que pudieran librarse en eventuales operaciones crediticias con nuestro país. No son ellos los acreedores soberanos del llamado Club de París, que también procuran cobrar sus acreencias, sino los miles y miles de tenedores de bonos argentinos dispersos por el mundo.

En tan frágil situación, el gobierno nacional ha encontrado en Chávez un acreedor dispuesto a comprar nuevos títulos de la deuda pública argentina y financiar algunos de sus proyectos. Nada es gratis en política y menos en la política internacional. Y por más que la Casa Rosada esté dispuesta, según se percibe con regularidad, a marcar las diferencias que una mínima prudencia indica frente al régimen venezolano, paga, con todo, un precio alto para sí y para el país.

Es, pues, indispensable, trabajar con mayor ahínco y disciplina por el reestablecimiento de las mejores relaciones de la Argentina con los países con los que comparte valores equivalentes, que surgen de una cultura política y de un orden constitucional comunes en relación con la calidad de las instituciones, los derechos individuales y las garantías públicas. Nada peor para la Argentina que el régimen de Chávez sea considerado, sin duda alguna, su principal y mejor aliado.





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