El bochorno bolivariano

Por Venezuela Real - 27 de Marzo, 2007, 18:55, Categoría: Prensa Internacional

ARMANDO GONZALEZ
El Nuevo Herald
27 de marzo de 2007

A mediados de la pasada década, cuando el teniente coronel golpista Hugo Chávez aspiraba por primera vez a la presidencia de Venezuela, las clases medias y altas de la sociedad venezolana no tardaban en expresar sus inquietudes. Una de las expresiones, producto del buen humor venezolano, contaba que un maestro de escuela secundaria privada llevó a cabo una encuesta informal entre sus alumnos. La simple pregunta era: si fueras un adulto votante en las próximas elecciones, ¿por quién votarías? Uno a uno, los estudiantes confirmaban las sospechas del maestro, todos votarían por el candidato opositor a Chávez. Pero el último sorprendió al maestro: ''Por Chávez'', respondió. Después de su primer momento de sorpresa, el maestro hizo la pregunta lógica: ''¿Por qué?'' ''Porque dice mi papá que, si sale Chávez, nos vamos para Miami''. Hay una verdad trágica tras esa reacción humorística. Una realidad sutil. La primera consecuencia palpable de la implementación de un sistema totalitario es el éxodo de gran parte de lo mejor del país. La fuga de cerebros.

Hugo Chávez es uno de los sueños de los columnistas: una fuente inagotable de imbecilidades, un nuevo rico sin cultura. El clásico mono que, aunque lo vistan de seda, mono se queda. Y yo pienso si, en sus sueños de grandeza, Chávez se habrá hecho esta pregunta: ¿cuántos seguidores tendría en Venezuela y en el resto del continente si no tuviera dinero?

Hace unos días, cuando el presidente George W. Bush visitaba varios países latinoamericanos, Chávez improvisó una gira paralela. Llegó a Argentina cuando Bush visitaba Brasil y Uruguay, a Bolivia cuando Bush estaba en Colombia, a Nicaragua cuando Bush estaba en Guatemala y, por último, a Jamaica y Haití cuando Bush visitaba México.

Como ha comentado Franc¸oise Kadri, de la AFP, Chávez acaparó la atención al calificar a Bush de ''jefe del imperio'' y de ''cadáver político''. Lo que Chávez no explicó es ¿por qué él sintió la necesidad de perseguir a un ''cadáver'' por todo el continente? ¿Qué tiene Chavez que decir sobre el hecho de que, en el improvisado acto de protesta en Buenos Aires, estaba solo? Ni siquiera el presidente anfitrión, Néstor Kirchner, lo acompañó en la tribuna; su amigo incondicional, Evo Morales, se cohibió de hacer declaraciones en el acto ''chavista'' celebrado cerca de La Paz. Y su otro amigo, Daniel Ortega, fue extremadamente comedido en sus comentarios en Managua, donde compartió la tribuna con su mecenas venezolano.

El ex presidente brasileño Fernando Henrique Cardoso resumió, brillantemente, su opinión al respecto: ``Hugo Chávez ocupa escena, pero ocupar escena no sé si es el mayor objetivo de un líder político, sino hacer las cosas que son necesarias para un país''.

Pero Chávez no escarmienta. Envalentonado por sus victorias electorales y su bonanza económica, así como por los poderes omnímodos que le ha otorgado su legislatura de dedo, Chávez ha iniciado la etapa decisiva de la incautación socialista de la infraestructura industrial y comercial de Venezuela. Este imbécil sigue, ciegamente, el repetidamente fallido modelo de nacionalización que ha caracterizado a toda revolución socialista. Y su visión es tan extraordinariamente pobre que no es capaz de comprender los obvios resultados iniciales de su descabellado proyecto.

Venezuela, uno de los países más ricos del mundo, tiene hoy un índice de pobreza peor al de la era prechavista. El capital nacional se disipa sutilmente y la inversión extranjera desaparece a pasos agigantados. Y, quizás lo peor: Venezuela está, rápidamente, perdiendo su parque técnico-intelectual. La flor y nata del talento venezolano abandona la patria incautada. Y Venezuela es cada vez más pobre por eso. Y Chávez no es capaz de verlo.

Hace casi medio siglo, Fidel Castro y sus secuaces emprendían una labor similar. Había que demostrar las credenciales revolucionarias. Había que alardear del poder. Y eso los llevó a incautar, entre muchas otras, la planta embotelladora de Coca Cola en La Habana. La incautación trajo, como consecuencia inmediata, la separación del personal de gerencia de la empresa el cual, como otros cientos de miles de cubanos, trataron de rehacer sus vidas como fuera posible.

Uno de esos gerentes era un joven ingeniero químico graduado de la Universidad de Yale. Su nombre era Roberto Goizueta y las circunstancias lo obligaron a buscar futuro con su empresa en otras partes del mundo. Al cabo de los años y con un brillante expediente gerencial, Roberto Goizueta alcanzó la cima de Coca Cola como principal oficial ejecutivo (CEO). El resto es historia.

¿Cuál es entonces el resultado histórico a aprender? Fidel Castro y sus esbirros se quedaron con una modesta nave industrial y con equipos que, en pocos años, eran ya obsoletos. Los Estados Unidos se quedaron con Roberto Goizueta. Y podría dar varios miles de ejemplos más.

Pero Chávez no es capaz de comprender este fenómeno. Y Venezuela se hunde, cada vez más, en ese estiércol ideológico que tiene a la cabeza a un megalómano sin inteligencia. Sin cultura. Sin visión histórica. A un bochorno bolivariano.






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