El fin de la transición

Por Venezuela Real - 29 de Marzo, 2007, 11:26, Categoría: Cultura e Ideas

EDUARDO MAYOBRE
EL NACIONAL
27 de Marzo de 2007     

Hay un aspecto lúdico de la historia en el cual nos podemos complacer quienes no somos profesionales de esa disciplina. Se trata de establecer paralelismos y comparaciones que, sin tener un fundamento firme, permiten reflexionar y aventurar conclusiones, aunque nosotros mismos no estemos muy seguros de su racionalidad. Un amigo me dijo, a mediados de los años 90 del siglo pasado, que cada 50 años Venezuela cambiaba de régimen. Su conclusión, que entonces parecía arbitraria, era que pronto terminaría la democracia que habíamos vivido a partir de 1958.

Como el tiempo le dio la razón, me gustó el juego.

Su descripción del periplo de períodos históricos que han durado medio siglo me recordó una anécdota que escribió mi recordado amigo Efraín Mazzei Gabaldón. Cuenta Efraín que un médico trujillano participó en un congreso científico en París, en el cual una eminencia europea disertó sobre una extraña dolencia. El trujillano intervino y dijo que él había atendido en Boconó un caso similar. Los especialistas, muy interesados, lo interrogaron sobre los detalles. Y él contestó: "Muy sencillo, se fue muriendito, muriendito, hasta que se murió". De igual manera, algunos fenómenos históricos se van extinguiendo poco a poco hasta que desaparecen, sin que uno sepa cómo. Pero terminan muertos.

La reflexión y la anécdota me vinieron a mente mientras leía sobre Cipriano Castro. De pronto caí en cuenta de que la instauración de los nuevos regímenes que han dominado a esta república se ha iniciado con una etapa de transición de menos de 10 años que desaparece, es negada o derrocada y da lugar a un período más estable y duradero. Lo que me llevó a la conclusión un poco esperanzada (wishful thinking, en inglés) de que el lapso personalista con que se ha iniciado la llamada quinta república debería estar llegando a su fin.

En 200 años de independencia Venezuela ha cumplido cuatro etapas: la república conservadora, que comenzó con la emancipación; el régimen federal, de la segunda parte del siglo XIX; la hegemonía andina, que abarcó la primera parte del siglo XX; y la democracia liberal, que ocupó la segunda parte de ese siglo. En todas ellas ha habido un período inicial incapaz de subsistir. En la primera, el de la Gran Colombia, que sucumbió en 1830. En la segunda, el del Mariscal Falcón, reemplazado por el régimen de Antonio Guzmán Blanco; en la tercera, el de Cipriano Castro, quien fue proscrito a partir de 1908; en la cuarta, el de Pérez Jiménez, que se acaba en enero de 1958.

A esta última etapa Luis Castro Leiva la llamó "el octubrismo", uniendo en un solo concepto a los militares y civiles de la revolución de 1945.

Ahora estamos viviendo una quinta república que se inicia con el siglo XXI. Ha logrado enterrar a la democracia que soñaron y llevaron a realidad los estudiantes de boina azul de la generación universitaria del 28 y la ha reemplazado por el proyecto de boina roja de las promociones finiseculares de la escuela militar. Pero, como en el caso de Cipriano Castro, sólo ha logrado destruir lo anterior sin que se pueda vislumbrar un nuevo orden. Por ello, siguiendo con el juego de las analogías, es posible intuir que a esta etapa de transición le queda poca vida. Que su canto de cisne, por ejemplo, pudiera ser el partido único, que no llega a cuajar. Da la impresión de que – como en las cuatro repúblicas anteriores– no se volverá al pasado pero que, al igual que en ellas, el proyecto inicial, inconsistente y algo aventurado, será devorado por la necesidad histórica.

Que la revolución –si acaso sea posible darle ese nombre– destruirá a sus precursores.

Si ese es el caso, el nuevo régimen, que debería durar por 4 décadas, hará borrón y cuenta nueva de la última década e iniciará, más temprano que tarde, una rectificación (restauración o rehabilitación) que caracterizará la evolución de la sociedad venezolana en la primera mitad de este siglo. Habrá pasado la etapa de transición, la cual será sólo una curiosidad para los historiadores.

Algunos especularán con la analogía entre el cabito y el teniente coronel. Otros sobre el parecido entre el nuevo ideal nacional y el socialismo del siglo XXI. Los más dirán que cada 50 años nos aquejan dolores de parto. Pero habremos superado la pesadilla de la improvisación y la ignorancia.

Queda la interrogante de si acaso ese cambio constituirá una "evolución dentro de la situación" –como fue el reemplazo de Castro por parte de Juan Vicente Gómez– y significará una profundización del autoritarismo, o si será la recuperación del diálogo, el repudio a la arbitrariedad y la reivindicación de las banderas cívicas y populares que representaron el espíritu del 23 de Enero y la caída de Marcos Pérez Jiménez y sus militares en 1958.

Esa disyuntiva es la que enfrenta la Venezuela actual.

Porque el fin de este personalismo, de acuerdo con las analogías históricas, parecería inevitable.








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