Tranquilamente hacia la nada

Por Venezuela Real - 29 de Marzo, 2007, 11:20, Categoría: Política Nacional

ARMANDO DURÁN
EL NACIONAL -
26 de Marzo de 2007     

A sí, suavemente, como quien no quiere la cosa, sobre Venezuela se extiende la larga sombra de su ocaso democrático. Sin que la mayoría de los ciudadanos, huérfanos quizá de conducción política, tal vez debilitadas sus defensas por la comodidad (que otros lo hagan), el miedo (los efectos de la intimidación permanente no tienen límites conocidos) y esa suerte de somnolencia (¡qué bella es la vida!) producto de la indigestión petrolera, parezca estar dispuesta o en condiciones de reaccionar frente al vertiginoso y radical cambio de las estructuras del Estado y la sociedad.

No vale la pena enumerar los factores que poco a poco convierten a Venezuela en otro país. La lista es demasiado larga y excesiva, pero para resumir la magnitud insondable de ese futuro basta destacar algunos hechos que están a la vista de quien tenga ojos para verlos.

Por una parte, la firme voluntad totalizadora que se le impone al país desde Miraflores. Ejemplos palpables de esta realidad son, tanto el carácter secreto de los trabajos de la comisión encargada de redactar en el mayor de los misterios la nueva y roja rojita constitución, como las tareas de vigilancia y represión que tendrán los Consejos Autónomos, último modelo de los cubanos Comités de Defensa de la Revolución, que ya comienzan a organizarse a gran velocidad en todo el país y en cuyas manos, elegidas "democráticamente" por la comunidad, reposará muy pronto el incierto destino de cada uno de los venezolanos. La guinda de este control estatal absoluto son los objetivos políticos e ideológicos que a partir del próximo año escolar definirán la naturaleza de la educación en Venezuela con la intención de arrebatarle a los venezolanos del día de mañana la mala costumbre de pensar y actuar en libertad.

Por otra parte vale la pena destacar que los vicios más groseros del pasado han sobrevivido y aumentado con impunidad muy poco revolucionaria en estos últimos años. El hampa se ha adueñado de las calles del país, sobre todo de las calles y callejones de los sectores más humildes de Venezuela, condenando a los pobres de esta tierra a vivir, mientras puedan hacerlo, atrincherados en sus viviendas y preguntándose asombrados por qué el presidente Hugo Chávez elude sistemáticamente referirse al tema de la inseguridad personal.

Igual ocurre con la corrupción.

Irrefrenable, invade incluso los programas sociales estrellas del régimen, y en buena medida se constituye en la principal culpable del progresivo deterioro de misiones como Mercal y Barrio Adentro. En realidad, gracias a la corrupción, nada funciona en el inmenso aparato del Estado, donde a pesar de los discursos y las arengas presidenciales, sus pesados engranajes sólo persiguen el propósito de enriquecer a sus operadores. El resultado de este fenómeno es la ostentación más desfachatada de la riqueza súbita y fácil, símbolo escandaloso de la Venezuela actual y por venir. Los vehículos más costosos, las viviendas más lujosas, los yates más lucidos y airosos.

Y la miseria más vergonzosa. En medio de una presunta revolución socialista. ¡Por Dios! Una contradicción que nunca, absolutamente nunca jamás ha exhibido ningún otro régimen revolucionario.

La razón de este múltiple desliz, por supuesto, hay que buscarla en la improvisación y el pragmatismo que han banalizado desde sus inicios la marcha del proceso. También del modelo anacrónico y rancio que aspira a imitar y, naturalmente, del oportunismo de muchos de sus dirigentes, tal como se ha puesto en evidencia estos días con la desbandada generada en Podemos por la decisión presidencial de crear un único partido de la revolución y con la conveniente prudencia que ha moderado rápidamente las reacciones iniciales de Patria Para Todos.

Pero más allá de las circunstancias del día a día, el fondo de la crisis (de la crisis del gobierno y de la oposición) es consecuencia directa de ciertas especificidades de la revolución chavista. El alzamiento militar del 4 de febrero no fue contra una dictadura feroz, sino contra la democracia como sistema. Tampoco fue una rebelión popular, sino un pronunciamiento cuartelario, obligado más tarde a conquistar el poder político por la vía estrecha del voto. De ahí sus escrúpulos democráticos, como los llama Manuel Felipe Sierra, pero también la falta de vigor combatiente en las filas de la oposición. Si a Chávez le ha resultado más práctico avanzar en medio de cierta ficción democrática hacia su ambicioso objetivo de hegemonía absoluta, a sus adversarios les ha parecido igualmente práctico aferrarse a esa ficción democrática que les ofrece el régimen, aunque su objetivo siempre haya sido infinitamente más modesto.

Y así, por este camino trillado, sin sobresalto alguno, gracias al empeño de unos y otros, como por inercia y por molicie, inexorable y tranquilamente vamos hacia la nada.





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