Por un partido moderno, popular y progresista

Por Venezuela Real - 5 de Abril, 2007, 17:51, Categoría: Política Nacional

Antonio Sánchez García 
WebArticulista.com
01 de Abril de 2007

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Una de las muchas tragedias de la cultura política venezolana ha sido la ausencia de un referente liberal y democrático, capaz de introducir parámetros de conducta y comportamientos propios de la modernidad, asentados en la responsabilidad individual, la productividad y el despliegue de iniciativas privadas como ejes del desarrollo económico y social. Capaz de hacer descansar el progreso general de la sociedad en el esfuerzo productivo mancomunado, particularmente en la suma de esfuerzos de los diversos sectores productivos del país: empresarios, técnicos, empleados, trabajadores y obreros auténticamente productivos. Respaldados por un Estado discreto y reducido al máximo, que asegure y garantice normas jurídicas inapelables, que provea a las necesidades sociales de los sectores más desvalidos y los asista para que se emancipen de toda dependencia, de toda mendicidad, de todo clientelismo. Para que se emancipen sobre todo del Estado. Un Estado tan pequeño como sea posible y tan poderoso como seamos capaces de permitir. Un Estado capaz de asegurarles paz y confianza a sus ciudadanos, proteger a los más desvalidos y garantizar la integridad territorial.

Suena a Perogrullo. No lo es. Venezuela ha adolecido desde su nacimiento de una miserable socialización. Durante todo el siglo XIX prácticamente sin la existencia de un Estado centralizado, objetivado más allá de los grupos y caudillos, con su propia dinámica y su propia funcionalidad. Y luego, cuando gracias a la acción del penúltimo de nuestros “gendarmes necesarios” que puso en pie una hacienda pública y unas fuerzas armadas profesionales se levantara un artilugio que se le asemeje, ha crecido más por el impulso mecanicista y represor de un aparato estatal todopoderoso y manirroto que por la sumatoria de la libre iniciativa de sus individuos. Desde la irrupción del petróleo con Gómez y la constitución por el gomecismo de lo que Fernando Coronil llamó el Estado mágico, esa ha sido nuestra desgracia. Ser una sociedad cautelada, vigilada, adormecida y mal criada por un Estado macrocefálico, gelatinoso y desarticulado. Pero tremendamente eficiente a la hora de reprimir a los oponentes y enriquecer y pervertir a su clientela. De allí esa realidad invertebrada – para usar el concepto de Ortega y Gasset – que ha sido Venezuela.

Una sociedad conformada a garrotazos, estructurada desde arriba, mantenida y alimentada con el chorro de divisas del esfuerzo tecnológico de unos pocos bajo una lluvia de petrodólares que a veces nos inundan, causando espantosos desafueros como los que hoy se viven, o a veces se extinguen, creando las sequías que causan nuestras crisis cíclicas. Causando los desatinos políticos que hoy sufrimos. La tragedia del eterno retorno a lo mismo.

Una realidad vergonzosa y vergonzante: la clásica cultura del garrote o de la dádiva propios de sociedades mineras y recolectoras. Subordinada en todos los ordenes de la vida social al imperio de un Estado que nunca ha sido suficientemente internalizado en la conciencia colectiva como imperativo moral y marco normativo. Una simple taquilla que reparte al mejor postor, según quien se apodere de sus instancias de dirección y su caja de caudales. Una pesadilla.

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En una reciente entrevista, el politólogo Naudy Suárez hacía mención de esa terrible, de esa trágica falencia: en Venezuela no ha existido nunca una auténtica ciudadanía. La sociedad venezolana pasó de la catalepsia gomecista y el imperio del caudillismo decimonónico a formas clientelares de democracia que permitieron el crecimiento descontrolado y abusivo de los poderes del Estado. La lucha política no ha tenido otro objetivo que la pugna de los diversos sectores de la sociedad para hacerse con el aparato de Estado y ponerlo al servicio de la satisfacción de sus particulares intereses. No ha habido otro proyecto político en Venezuela que hacerse con el Poder para disponer de monstruosos recursos y repartirlos según un catálogo de compromisos. Sin un programa nacional y patriótico de largo plazo. Sin un proyecto de nación. Sin sectores verdaderamente exigentes. Bajo la urgencia de un empresariado incapaz de crecer y desarrollarse con su propia agenda, pronto a subordinarse y someterse de manera servil y mendaz al partido, al grupo o al caudillo que detenta los instrumentos del Estado y gobierne blandiendo la espada. O las llaves de la inmensa caja fuerte del petróleo. Como sucedía en los gobiernos anteriores con cierta mesura y mala conciencia. Como sucede con éste con la mayor inescrupulosidad, sin mesura ninguna. Hemos sido un país de mini emperadores.

No sólo el empresariado ha pecado de carencia de visión, de vocación nacional, de patriotismo. Y lo sigue demostrando en esta hora turbia y menguada, incapaz de levantar una alternativa a quien los está nutriendo o castigando, enriqueciendo o humillando, elevándolo a las máximas alturas de la riqueza o hundiéndolos en los abismos de la quiebra, el caos, la disolución. También los distintos sectores sociales, desde las clases medias hasta los trabajadores y obreros: todos preocupados, desde siempre, exclusivamente en atender a la parte que les corresponde en el reparto. Decididos a permitir lo peor si a cambio hay recompensas. Como siempre ha sido. Para vergüenza nacional.

No hemos llegado a este albañal empujados a redropelo de nuestros anhelos. Hemos sido nosotros mismos los responsables. Cada país tiene el gobierno que se merece. La Venezuela petrolera que ayer se mereció a Gómez y a Pérez Jiménez se merece hoy al teniente coronel Hugo Rafael Chávez Frías. Desaparecida la generación del 28 y desnortados sus herederos, esto es lo que ha quedado: esta asamblea nacional, este poder moral, estas fuerzas armadas, estos tribunales de justicia. Juzgue usted mismo su integridad, su inteligencia, su dignidad, su moralidad.

Que Dios se apiade de los enjuiciados.

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Pero sería injusto no advertir que a pesar de los pesares, e incluso a redropelo de la voluntad de las elites políticas, académicas, religiosas, militares y empresariales, una nueva sociedad ha comenzado a prefigurarse. Tan cercana a los principales centros de poder del mundo desde los tiempos coloniales, como lo señalaran los ilustres viajeros que nos visitaran – Humboldt, Segur -, Venezuela se ha visto favorecida desde siempre por esta particular apertura a las grandes y contemporáneas corrientes del pensamiento y la modernidad.

Y sin duda: de la revolución de octubre y el desarrollismo de los cincuenta, pero sobre todo gracias a las corrientes inmigratorias favorecidas en esos mismos años, así como por el efecto benefactor de las libertades democráticas impulsadas por los partidos del establecimiento y los liderazgos que los promovieron así como por el desarrollo económico concomitante comenzó a conformarse una nueva sociedad en Venezuela. Realidad que no logró permear al conjunto social, es cierto, dejando amplios bolsones de retraso y marginalidad. Pero que la empujó a la modernidad. Si bien dejándola dividida en dos grandes pedazos en permanente desajuste, mantenido en sordina gracias a la acción apaciguadora de los partidos del sistema y un dólar a 4:30. De la subvención estatal y de la acción de estos partidos policlasistas encargados de cohesionar lo que carecía de auténtica soldadura interior. Partidos clientelares, populistas, demagógicos y estatistas.

Es la realidad que desde la crisis económica y financiera de los ochenta y los golpes de Estado de los noventa – militares y constitucionales, armados y legales, uniformados y togados - nos ha reventado en el rostro. Golpes de Estado que seguían la vieja práctica tribal de la auto mutilación, en la que la sociedad caudillesca que es Venezuela ha sido verdaderamente pródiga. Somos el país con la mayor cantidad de revoluciones en la historia de América Latina. Es el nombre que le hemos dado a los cíclicos desafueros auto mutiladores que han jalonado la historia de la república. Se los cuenta por decenas, por cientos. Con las más rocambolescas adjetivaciones. La última: bolivariana.

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Posiblemente el peor de todos ellos. Porque encuentra a los protagonistas en su máximo nivel de conciencia y desarrollo. Si es que a esta alteración moral y psicológica se la pueda llamar “conciencia”. Y a su espasmódico extremismo, “desarrollo”. Con una peculiaridad que motiva este artículo: mientras el régimen imperante cuenta con ideología – en el sentido marxista: falsa conciencia - , organización – mesnadas financiadas con los ingresos petroleros - , caudillo y propósitos – una autocracia vitalicia -, la sociedad civil venezolana está inerme. Carece de partidos. Y particularmente de ese referente liberal, moderno y progresista del que siempre careció. De allí lo insólita de esta situación: una sociedad desarmada de los clásicos instrumentos de defensa democráticos entregada al arbitrio de un caudillismo de nuevo cuño apropiado de todos los instrumentos del Estado. Insólitamente semejante a esa situación que describía Sebastián Haffner en uno de sus ejemplarizantes estudios sobre el nazismo: el hombre en su inconmensurable soledad frente al monstruo agarrotado del Estado omnipotente.

Se hace cada día más acuciosa la necesidad de crear ese referente, capaz de echar a andar la única revolución a la altura del desafío de los tiempos. Capaz de liberalizar a la sociedad venezolana, permitir el despliegue de sus fuerzas productivas, incentivar la productividad e internalizar en el individuo su sentido de responsabilidad social y su pertenencia al Estado como a un conjunto de normas a ser obedecidas por encima de los caprichos, las apetencias, desafueros y ocurrencias de caudillos y grupos de presión.

Ese referente debe ser fundado. Reuniendo las parcialidades que yacen esparcidas, integrando los esfuerzos frustrados de tantos años, recomponiendo el tejido social de los viejos partidos y permitiendo la emergencia del nuevo: un partido popular, patriótico, nacional, moderno y progresista. Liberal, en el mejor y más auténtico sentido del término. Y libertario, como la sociedad civil venezolana lo exige.

Y agregaría, para que nadie tenga la menor duda, así sea recurriendo a una terminología demodé e inapropiada y a riesgo de ser malinterpretado: un partido de centro derecha. Sin vergüenzas, complejos ni mezquindades. Dios ayude a sacudir las conciencias de quienes podrían protagonizar su fundación y los auxilie con lucidez, voluntarismo y coraje. Para que pongan manos a la obra.








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