Diputados contra magistrados

Por Venezuela Real - 7 de Abril, 2007, 14:03, Categoría: Estado de Derecho

Elías Pino Iturrieta
El Universal
07 de abril de 2007

Estamos ante una materia que encontrará desembocadura en las órdenes del teniente coronel

A primera vista estamos presenciando una pugna de trascendencia entre los poderes Legislativo y Judicial, pero sólo a primera vista. Una mirada superficial diría que los diputados defienden su obra frente a una arbitrariedad dirigida contra la capacidad de la Asamblea Nacional para concebir las leyes y para que se obedezcan como frutos de una autoridad sobre cuya autonomía no puede encumbrarse otro poder.

Como el pueblo dotó a sus representantes de legitimidad para la redacción de las regulaciones positivas, al resto de los poderes se les niega el derecho de hacer lo que corresponde únicamente a ellos. De allí que luchen ahora por una división de las funciones del gobierno, a través de la cual se garantice un sistema de contrapesos cuyo corolario es la adecuada administración del bien común.

Enmarcado en tal escenario, el alegato de la Asamblea Nacional contra la decisión de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia en materia de recaudación de impuestos se convierte en uno de los episodios más genuinamente republicanos que haya vivido la sociedad en los últimos tiempos. Sin embargo, ¿obedece el reclamo a un resorte de republicanismo como el que se advierte a vuelo de pájaro?

Demasiada virtud como para no registrar los remiendos en una apreciación más pausada; demasiado Montesquieu en el imperio de un mandón tropical; demasiados códigos en la rutina del capricho para no alimentar infinitas dudas frente a lo que parece un capítulo estelar de la verticalidad contra las desviaciones. Las palabras de los diputados más belicosos apoyan las cavilaciones debido a que han volado como dardos contra la reputación de los magistrados. Ni siquiera admiten la posibilidad de una equivocación en su dictamen, o la existencia de un error susceptible de enmienda sin desplazarse del civismo. Sólo advierten movimientos inconfesables como los que dirigen la conducta de los habitantes de los bajos fondos. No los ven como togados relucientes sino como sujetos manejados por intereses personales, y así lo pregonan sin recato. Es realmente curioso, pero también patético, que una disputa supuestamente orientada a dilucidar la competencia de altos poderes del Estado en una materia que incumbe a la ciudadanía termine en dicterios sin vínculos con lo propiamente institucional. El debate que las voces de la representación popular convierten en lucha libre es un eficaz fertilizante para el terreno de las sospechas.

Uno de los diputados quiso conceder visos de epopeya a la escaramuza por el Parlamento mancillado. Tal vez pensando en una socorrida frase de Miranda, desembuchó la suya propia contra la decisión de los magistrados. "Es una puñalada en el corazón de la revolución", exclamó. Es probable que procurase así una tonalidad de historia patria o un parche de retórica romana para el torneo de insultos que ya pasaba de castaño a oscuro, pero terminó descubriendo lo que ya se atisbaba entre los pescozones: que era un problema de fidelidad a un movimiento político, en lugar de una aleccionadora controversia sobre la autonomía de los poderes públicos. Porque, de lo contrario, el acero hubiera saltado de la cursilería en la cual se encontraba agazapado para levantarse contra el hígado de la legalidad o contra el esófago de la jurisprudencia -comparaciones sugeridas por la metáfora del parlamentario, claro está-, pero jamás para convertir en papilla a un órgano vital del "bolivarianismo". Es así como una jerigonza pone las cosas en su lugar.

Pudiera colegirse entonces que "la revolución está herida de muerte", si uno tiene ganas de debutar en el vodevil de las altisonancias, pero en realidad se trata de una pugna de banderías dentro de un movimiento que busca mejores lealtades para afianzarse en el trono. De lo contrario el contenido de la discusión sería distinto. De lo contrario se hubiera asomado desde cualquier rincón un perfil de republicanismo. Gracias a la distancia concedida por el acuñador de locuciones célebres, cabe preguntar por la responsabilidad de quienes revistieron con una toga a los jueces que, según afirma, ahora la cambian por el cuchillo para atentar contra la familia. ¿No hablamos de un diputado que, en lugar de denunciar una desviación del sistema republicano de gobierno, se duele por la "revolución" traicionada? ¿No hablamos de los otros diputados que, como se sabe, atropellaron los reglamentos de selección para apresurar una nómina de jueces que ahora resultan incómodos para el "proceso"? En consecuencia, estamos ante una materia que no encontrará desembocadura en las páginas de Montesquieu sino en las órdenes del teniente coronel. No olvidemos que ya se le otorgó la cualidad de legislador porque sólo él ve por la salud de la causa y es el centinela de su corazón.








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