Uribana

Por Venezuela Real - 14 de Abril, 2007, 17:27, Categoría: Derechos Humanos

MANUEL CABALLERO
El Universal
15 de abril de 2007

Amenazar con Uribana, o el regreso de la pena de muerte

En mi niñez, los más pequeños de la familia soñábamos con el día en que, terminadas las clases, alguien pronunciaba la palabra mágica : Uribana. Allí tenían una (pequeña o grande, nunca la medimos) posesión unos amigos de la casa, cuyos muchachos estudiaban con nosotros y eran ahijados de nuestros padres y tíos. La mejor parte de nuestras vacaciones era cuando, tomando el trencito que iba hasta Duaca, íbamos a pasar uno o dos días allí.

Era un lugar pacífico, cercano a una ciudad pacífica, Barquisimeto, y en un país, Venezuela, pacificado, se decía y se sigue diciendo, por Juan Vicente Gómez. Hasta donde puede alcanzarnos la memoria, el único acto de violencia que presencié (aparte de las "pelas" que recibían algunos insoportables arrapiezos) fue en una fiesta dominguera. Dos convidados, un poco pasados de "cincuenta y seis" (el terrible cocuy de penca elaborado en caseros alambiques clandestinos) se liaron a golpe y uno de ellos desenfundó una navaja.

Se acabó la pelea

Fue inmediatamente desarmado por el dueño de la casa; y allí se acabó la pelea y de paso la fiesta. Estas evocaciones bucólicas e infantiles suelen tener mucho de agregado por la imaginación y la memoria. Pero dudo mucho que, con todo el caramelo con que la memoria pueda recubrirlo, dentro de medio siglo a un niño de hoy pueda el nombre de Uribana evocar una sociedad envidiablemente pacífica. Desde hace tiempo, pero alcanzando en los años del chavismo niveles de crueldad nunca antes visto, ya no se puede hablar de la de Uribana como de una cárcel. En verdad, el nombre que le corresponde es el de matadero, un sepulcro de los vivos en cuya puerta habría que grabar lo que para el Dante, estaba inscrito en la puerta del Infierno: que quienes allí ingresen deben perder toda esperanza.

Llamar "cárcel" a Uribana parte del mismo error, o si se prefiere, de la misma operación de encubrimiento que es llamar a Auschwitz un "campo de concentración" cuando era un campo de exterminio. La única diferencia es que esa condición los nazis la ocultaban, mientras que en el "Socialismo del Siglo XXI" se exhibe, y casi hasta con orgullo.

La pena de muerte

Cuando un energúmeno como Carlos Escarrá amenaza a algunos magistrados que pudieran oponerse no al "proceso" (que le importa bien poco) sino al "poseso" (como lo llama el terrible Zapata) con enviarlos a Uribana, demuestra por lo menos dos cosas. La primera es que, burla burlando, el régimen ha revertido una de las decisiones que de más orgullo debía llenarnos a todos los venezolanos: el de haber sido el primer país del mundo en abolir la pena de muerte. Por supuesto que las muertes en las cárceles venezolanas no son nada nuevo y recuerdo que hace algún tiempo, la prensa hermanaba dos signos de barbarie: en algún país islámico, unos terroristas secuestraron un ciudadano europeo (si mal no recordamos un periodista) y lo decapitaron, al tiempo que en Uribana unos presos amotinados hacían otro tanto con sus propios compañeros. Pero en ambos casos, se podía aducir que no eran culpables los gobiernos de los países donde eso se producía. Pero ahora sí, en Venezuela: porque Escarrá no es, que se sepa, un terrorista aislado, sino la voz en el Parlamento del Chávez de los días de histeria.
La histeria y la amenaza

La histeria, se sabe bien, puede ser contagiosa. Pero uno puede preguntarse qué crimen han cometido esos magistrados para amenazarlos con esa muerte tan horrible a que los promete el rollizo diputado adelantándose a los deseos de su rollizo Presidente. En verdad, la pena prometida nada tiene que ver con la presunta falta; y si nos apuran mucho, diremos que tampoco tiene mucho que ver con aquellos directamente amenazados.

Se trata de otra cosa, y merece párrafo aparte. En los años veinte y treinta del siglo XX, muchos viajeros que venían a Venezuela, y algunos diplomáticos se extrañaban de que los partidarios del régimen, incluso los menos salvajes, no mostraban ningún interés en negar los horrores del tratamiento a que se sometía a los enterrados vivos en La Rotunda, el Castillo Libertador y en Las Tres Torres, las tres prisiones más emblemáticas del gomecismo. Antes bien, no pocas veces eran los propios gomecistas quienes proponían el tema, y casi se jactaban de aquel horror. La conclusión era obvia: lo que se buscaba era provocar el terror entre los opositores, pero sobre todo, en la gente de la calle.
No interesa ocultarlo

Una cosa explica la otra: por qué el régimen reconoce que está aplicando de facto las penas infamantes, la tortura y la muerte; y por qué no tiene interés en ocultarlo, al punto de amenazar con ellos no ya tan siquiera a sus oponentes abiertos acostumbrados a la fanfarronería y a la cobardía del sargento (sabemos que detesta que lo llamen "teniente coronel"), sino a sus propios partidarios, por si alguna vez tuviesen la veleidad de separarse así fuese un milímetro de la caprichosa voluntad del jefe.

De lo que se trata es de extender de mil maneras el terror sin necesidad de aplicarlo, sin necesidad de sentir bajar hacia nuestro cuello el filo de una guillotina, para provocar así la autocensura. De tal manera que el Héroe del Museo Militar pueda jactarse de que "jamás ha levantado patíbulos", exactamente lo mismo que decía el general Gómez a los periodistas extranjeros. Lo mismo que el descendiente de uno de los más voraces validos de Gómez acostumbraba repetir hasta que se le amelló la untuosa pluma y el Gran Sultán lo regresó a su vida privada de vendedor de divanes.







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