Asignaturas pendientes (y III)

Por Venezuela Real - 15 de Abril, 2007, 13:57, Categoría: Cultura e Ideas

TULIO HERNÁNDEZ
EL NACIONAL
15 de abril de 2007

Presento hoy la última entrega de un ciclo que iniciamos dos domingos atrás sobre el tema de las deudas y desigualdades históricas acumuladas en los países que vivieron las experiencias del esclavismo y el desprecio colonial hacia la humanidad negra e indígena. Y lo cerraremos reflexionando sobre las vías democráticas y las autoritarias para saldar lo que hemos llamado "asignaturas pendientes" de nuestras sociedades con una buena parte de sus miembros.

El tema tiene que ver con la memoria y con las maneras como un colectivo o una persona se confronta con la ofensa histórica de la que ha sido víctima. El periodista colombiano Javier Darío Restrepo, citando a Galo Bilbao, reconoce la existencia de "una memoria victimista, que llora para actualizar el dolor, y una memoria sanadora, que recuerda la injusticia para que no se repita". Una diferenciación sencilla pero sabia.

La memoria victimista conduce inexorablemente al odio, la venganza, el resentimiento, la división de la sociedad y del mundo entre buenos y malos.

Su cultivo supone siempre el inicio de una nueva ofensa, nuevas exclusiones, otros crímenes, contra quien se supone nos ha producido la lesión.

Se trata de un tipo de memoria que se halla atrapada en un ciclo interminablemente secuestrado por el pasado y la venganza.

La memoria sanadora, como su nombre lo indica, conduce en cambio al restablecimiento de la salud, al perdón y a la reconciliación, a la posibilidad de reiniciar una historia en común, entre ofensores y ofendidos, pero no al precio de olvidar la ofensa, las lesiones o la injusticia cometida sino todo lo contrario teniendo como condición clarificar el pasado y revelar sus causas, identificar plenamente los crímenes, cualquiera que sea su naturaleza, reconstruir los hechos para que la injusticia no se repita contra nadie, ni siquiera contra el ofensor o sus descendientes.

A la práctica de la memoria victimista corresponden algunos de los fenómenos de genocidio, terrorismo y conservadurismo cultural más crueles porque por su naturaleza se presta para ser usada como memoria manipulable que oculta o destaca injusticias de acuerdo con un interés ideológico.

Procesos como el desatado por Mao en la llamada evolución China, basados en sentencias elementales del tipo "la cultura occidental es mala, hay que erradicarla", "los intelectuales son pequeño burgueses, hay que reeducarlos en el campo", o prácticas terroristas como las desatadas por Sendero Luminoso y su líder mayor, Abimael Guzmán, en cuya lógica se justificaban los más horrendos crímenes como una manera de hacer justicia a la memoria herida del milenarismo andino, tienen siempre en común el asignarle el monopolio de la barbarie a un enemigo histórico y el de la justicia, el heroísmo y la bondad al bando al que se pertenece.

A la práctica de la memoria sanadora corresponden experiencias políticas como las de Mandela, Luther King o Ghandi en las que los objetivos fundamentales que las mueven son los de corregir una situación de injusticia –el apartheid, la discriminación racial, el colonialismo británico– pero no para practicarlos al revés, lesionando o excluyendo a los blancos, por ejemplo, ni para instaurar nuevas versiones de la supremacía racial, sino para restituir un orden de convivencia en lo posible digno y justo para todos. Lo recordaba siempre Mandela desde la presidencia: "Nuestras heridas no hablan sólo de nuestro sufrimiento, hablan de lo que ningún ser humano debe padecer más nunca en ningún lugar".

Por eso el tema de las comisiones de la verdad ha sido tan útil para lograr desanudar el pasado y echar a andar de nuevo en mejores condiciones para todos. En el escrito ya citado, Javier Darío Restrepo rescata la importancia que tuvo el trabajo de la Comisión de la Verdad en Suráfrica, entre 1996 y 1998, al poner frente a frente a ofensores y ofendidos y a revelar los crímenes con, las palabras son suyas, "la misma providente crueldad del médico que antes de curarla, descubre la herida, la lava y desinfecta para garantizar una cicatrización limpia".

Pero para que algo semejante ocurra hay que disponer de una filosofía de vida que parta de la voluntad de convivir con el otro como principio fundamental, de lo contrario, en nombre de las reivindicaciones étnicas o de clase, se pasa a propuestas éticas de la muerte como aquella de Abimael Guzmán recogida en uno de sus poemas en Tiempos de guerra: "No podemos fallar/ Si nuestra sangre/ y vida/son reclamadas/ llevémosla/ de la mano/ para entregarlas". ¿Suena conocido?







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