El primer motor de la revolución socialista: la Ley Habilitante

Por Venezuela Real - 17 de Abril, 2007, 9:30, Categoría: Política Nacional

ASDRÚBAL AGUIAR
EL UNIVERSAL
17 de abril de 2007

La idea en la Constitución fue la de hacer de Chávez un gobernante-legislador "Los partidos que quieran manténganse, pero saldrían del Gobierno. Conmigo quiero que gobierne un partido. Los votos no son de ningún partido, esos votos son de Chávez y del pueblo"

Los "cinco motores" de la revolución socialista, que Hugo Chávez -asumiéndose como intérprete último de la voluntad popular- refiere de constituyentes, entre estos el motor primero, la Ley Habilitante, avanzan, lo repito, sin solución de continuidad. Integran ellos una estrategia que ancló sibilinamente en 1999, al aprobarse la Constitución, asiento original del modelo autoritario y socialista en curso e inspirado en la Constitución cubana de 1976 y en su visión dogmática de la política.

No por azar en su discurso de toma de posesión para otro período constitucional, el tercero, Chávez dijo que para "radicalizar y profundizar" la revolución los "motores" encuentran su base en el poder constituyente que otra vez y de nuevo invoca después de "2 mil 898 días".

En la práctica, al afirmar esto puso de relieve que la organización constitucional republicana que tanto discutiera la Asamblea Constituyente y que aún rige entre nosotros, tenían, para él, carácter provisorio. Se trataría de una provisionalidad sostenida sobre el engaño -el célebre "por ahora"-- y que se le consideró necesaria hasta alcanzar el objetivo final: el Socialismo del Siglo XXI. "Es recurrencia permanente para que la revolución nunca termine. Nunca puede ser congelado [el poder constituyente, léase la "voluntad del pueblo", mismo] por el poder constituido", reveló Chávez en su discurso ante la Asamblea el pasado 10 de enero.

Dentro de tal concepto, pues, la idea de las instituciones democráticas es apenas un comodín declinante, en espera de su sucedáneo o forzado complemento: la Revolución Socialista. Es un obstáculo que ha de ser eliminado para alcanzar lo que en juicio de Chávez sería el predicado ideal: el establecimiento de una de relación de domino -telúrica y hasta mágica- suya, sin mediaciones ni representaciones inconvenientes, con el pueblo; pueblo que ha de fraguar como tal en él, su líder y conductor.

Ha lugar así, también y bajo esta suerte de "socialismo a la venezolana", a una reedición coetánea del caudillo o gendarme latinoamericano: quien, a la manera del "hombre fuerte y bueno" que fuera el General Juan Vicente Gómez -según la opinión de Victorino Márquez Bustillos- le dice a sus hijos cómo portarse y comportarse. La fórmula, no cabe duda, es de suyo antigua y nada propia de los comunistas, como lo muestran las experiencias de Hitler, Mussolini y el mismo Perón.

De allí que, al debatirse la última Constitución y considerarse el asunto de las leyes habilitantes, (admitidas -no lo olvidemos- por el constitucionalismo democrático a fin de que el Jefe del Estado, previa autorización parlamentaria, legisle extraordinariamente mediante decretos con fuerza de ley dictados en circunstancias igualmente extraordinarias, económicas o sociales) el proyectista de aquélla -Cháve-- intentó caracterizar a tales leyes como "leyes de base": Leyes de base que, por ser de base y como lo indica el DRAE, habrían de ser el fundamento o apoyo en el que descansen las otras leyes de la República.

La idea que medró en la Constitución actual, pues, fue la de hacer del Presidente una suerte de gobernante-legislador, un constituyente perpetuo más allá del foro deliberante y con mengua de la función parlamentaria plural de la democracia, tal y como lo sugiere el texto del articulo 235 del proyecto conocido en primera discusión por la Constituyente. No por azar, en las primeras de cambio, Chávez se empeño en cerrar el Congreso bicameral electo junto a él en 1998, transformándolo luego en una Asamblea unicameral de eunucos, como lo ha mostrado la experiencia de los últimos 8 años.

La denominación de "leyes de base", ciertamente, no corrió con suerte. Otra vez y en el texto constitucional finalmente adoptado se habló de leyes habilitantes; pero el objetivo del proyectista se cumplió cabalmente. Y, a diferencia de las habilitantes conocidas, la Constitución de 1999 les restó a dichas leyes su justificación extraordinaria y necesario acotamiento a circunstancias y materias de excepción. Por lo mismo, no ha de sorprender que hoy tenga lugar otro vaciamiento del parlamentarismo democrático y la fragua "secreta" de leyes que sólo conoce quien las legislará mediante Decreto y con fundamento en la última habilitación -la tercera de su mandato- que recibiera de la Asamblea Nacional; ello, con vistas a incidir en los elementos dogmáticos y constitucionales del texto fundamental señalado y empujar a la República hacia los predios del socialismo.

En La Nueva Etapa, en 2004, Chávez es consecuente con el propósito constitucional. En ella revela su disposición a "consolidar... un nuevo sistema social, una nueva organización popular, más allá de los partidos políticos" y anunció, entonces, su decisión de "rediseñar la estructura funcional del Estado en todos sus niveles" y realizar un "marco jurídico que permita construir la nueva institucionalidad revolucionaria municipal, estadal y nacional". La reciente Ley Habilitante, en suma, no es circunstancial.

Nada distinto de lo anterior -y es lo que cabe observa-- ocurrió en el modelo constitucional cubano que ahora inspira a la acción de Chávez, como bien lo explica la jurista Martha Prieto Valdés: "Nuestro diseño político -señala- se organiza sobre la base de la unidad de poder o unidad de acción política; se aparta de la clásica tríada montesquiana (sic), así como del sistema del "chek and balance" que los padres fundadores del texto norteamericano idearon, y de otras pluralidades de poderes instituidos" [como ocurría en la democracia que conocimos los venezolanos y que disfrutan la mayoría de los países del Continente].

De tal forma que, al lector menos prevenido de la Constitución comunista de Cuba le será fácil constatar que si bien existe una suerte de parlamento denominado Asamblea Nacional de Poder Popular, próximo al nuestro -monocolor y sirviente- y con la igual calificación que Chávez se apresurara dar recién a sus Ministros para llamarlos en lo adelante Ministros del Poder Popular, por otra parte dicha Asamblea apenas se reúne accidentalmente. Durante su receso legisla por su cuenta y en su nombre el Presidente del Consejo de Estado. "No existe el rejuego político partidista entre los diputados, o entre éstos y el Gobierno", precisa Prieto Valdés.

Fidel Castro, del mismo modo en que se lo plantea Chávez, una vez electo como fuera Presidente del Consejo de Estado cubano por la Asamblea del Poder Popular que no por el pueblo de modo directo, durante el receso de ésta muta en legislador y dicta las leyes como nuestro gobernante lo hace; le dice a la Asamblea cuándo debe sesionar y al efecto la convoca; y determina el momento en que deben renovarse los diputados a la Asamblea, una vez como resultan incómodos al propio Régimen.

En La Nueva Etapa, mucho antes del encendido de los motores de la revolución socialista, Chávez dijo, al definir su estrategia para el "rediseño de la estructura funcional del Estado", que su objetivo específico era "establecer nuevas dinámicas parlamentarias" y al efecto, como herramienta, provocaría la "reforma del reglamento de la Asamblea Nacional y de los procedimientos legislativos". Nada más.









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