El Estado parapléjico

Por Venezuela Real - 19 de Abril, 2007, 13:53, Categoría: Cultura e Ideas

COLETTE CAPRILES
El Nacional
19 e abril de 2007

En los primeros tiempos, la palabra clave fue refundación. Con unos pocos flashes históricos en la cabeza, en los que se mezclaban peplum films evocadores de la antigüedad clásica y de las glorias republicanas, con los ajustados pantalones y largas casacas de los patriotas latinoamericanos, la nueva élite puso toda su esperanza en que la escritura y proclamación de una nueva constitución podían desarmar el pasado y abrir las puertas de un mundo nuevo, sin fisonomía conocida, pero tierra fértil para la invención de otro orden político. Se trataba de una especie de esquema deductivo: si las premisas profundas cambian, todo lo demás se derrumbará por implicación.

Pero el secuestro del debate constituyente no fue suficiente: en realidad, el resultado plasmado en la Constitución de 1999 muestra que los nuevos gobernantes no supieron darle forma a un proyecto nuevo, a un modelo sociopolítico distinto: se conformaron con introducir en la nueva carta magna algunos mecanismos para consolidar su base de poder, porque ni tenían proyecto alternativo madurado ni tenía la sociedad venezolana otras aspiraciones que las más conservadoramente reformistas.

El proyecto bolivariano, colcha de retazos ideológicos, debía desarrollarse entonces con reglas ajustadas al juego político de la democracia representativa, limitación que obligó a provocar las crisis de 2002. Ese punto de quiebre trae muchas enseñanzas para los aprendices del poder: había que hacerse, a las volandas, de alguna construcción ideológica que marcara el adentro y el afuera del proyecto. Comienzan, hacia mediados de 2003, las referencias al socialismo y la exhibición del vínculo con la revolución cubana (una forma latinoamericana de beatificación), justo en la medida en que el control omnímodo de la industria petrolera eliminaba todas las restricciones sobre el presupuesto del Gobierno y su voluntad expansiva.

Y se desarrolla, mientras tanto, un enfoque opuesto al primero: la consolidación del poder vendrá por vía inductiva, por así decirlo. Comienza la multibillonaria construcción del Estado Paralelo. En vista de que las instituciones públicas mostraban una resistencia inercial ante la desarticulada voluntad presidencial, que probaba a cambiar ministros como tratamiento ante la decepción popular, se activa la creación de una realidad paralela que focaliza los recursos y los discursos sobre los grupos más vulnerables y más redituables electoralmente. En un par de años, las estructuras de los poderes públicos se duplicaron, y a cada polvorienta institución le corresponde ahora su sombra informal, su gemela misional conectada sin interposiciones al centro neurálgico del poder, reggaetón de los billones mediante.

Atravesado el dócil Rubicón electoral, se pone de manifiesto que el estado paralelo se ha vuelto parapléjico. Sus logros, los numeritos de las políticas públicas, son tan desproporcionados con respecto al número de ceros de su presupuesto, que resulta imposible ignorar el descontento sibilino, inarticulado pero tan temible como el temblor estremecedor de un rebaño en desbandada, que cunde entre quienes debían ser sus destinatarios.

De modo que se llega al tercer acto de la función: se trata ahora de penetrar las caparazones institucionales que quedan. Lo que hubiera podido ser un desenlace lógico de la etapa anterior, a saber, la institucionalización de la estrategia misional, resulta que queda invertido: el objetivo es la des-institucionalización.

La consigna es la invasión y la penetración, considerando que todo lo que está fuera del control presidencial constituye una amenaza y debe desaparecer. No encontraremos, conviviendo, al sistema de educación formal con programas de fast-education (tan tóxica como la fast-food), sino que se pretende reducir el sistema formal al express, colonizando el sistema universitario. No encontraremos juego político en el interior del campo chavista.

Toda fuente de variabilidad, de incertidumbre, está ahora mismo siendo estrangulada sin ningún pudor.

No es tanto, pues, una salida del closet ideológico lo que está aconteciendo: es que la concepción autocrática del poder se siente a sus anchas en el discurso estalinista, porque las estrategias previas no son ya útiles. Se adopta la fórmula comisarial como enlace entre la sociedad y el Gobierno, confiando en que el proyecto de consejos comunales pueda efectivamente destruir las instituciones intermedias.

Es como la inscripción que llevaban muchos mapas renacentistas al representar el mundo conocido como una especie de gran isla central rodeada del ominoso mar Océano: "Más allá hay monstruos", ponían los cartógrafos en medio del vacío oceánico. Así ve el Gobierno su mundo: como una ciudadela frente a la que cualquier cosa distinta, cualquier pluralismo, cualquier diversidad, aparece como monstruosa.





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